El valor del dinero, la casa de mis padres y una cuenta que no cuadra

Mi madre pagó su casa en cinco años y lo contaba como una lección de sacrificio. Medio siglo después esa misma cuenta se ha vuelto imposible, y no es precisamente por falta de ganas.

Billetes antiguos de pesetas y monedas junto a euros y unas llaves de casa sobre una mesa de cocina

«Yo pagué la casa en cinco años», decía mi madre, y lo decía con una mezcla de orgullo y de reproche velado que tardé décadas en descifrar. El orgullo era suyo, ganado a pulso, y no se lo discuto. El reproche, en cambio, iba dirigido a un futuro difuso en el que sus hijos —y los hijos de todo el mundo— nos habríamos vuelto, según ella, un poco blandos. Un poco poco dispuestos al sacrificio. Y durante mucho tiempo me lo creí.

Luego aprendí a hacer cuentas. Y las cuentas, que no tienen ninguna intención de ofender a nadie, cuentan otra historia.

La posguerra de mi padre y los mendrugos contados

Antes de la casa y de la hipoteca hay que hablar de mi padre, que creció en una España que hoy nos suena a documental en blanco y negro. Su infancia transcurrió en plena posguerra, con la cartilla de racionamiento como documento de identidad del hambre y el estraperlo como economía sumergida antes de que la palabra "economía sumergida" existiera. Me contaba lo de los mendrugos de pan contados no como una queja, sino casi como un dato técnico: había tanto pan, se repartía así, y punto.

Aquella fue, sin duda, una de las épocas más duras de la historia reciente de este país. No idealizo nada de ella. Quien creció racionando el pan no tiene ninguna necesidad de que un señor de cincuenta años venga a explicarle lo que era pasar apuros. Mi padre y mi madre vivieron una escasez que mi generación solo conoce de oídas, y esa memoria merece respeto antes que cualquier análisis.

Pero precisamente por eso conviene mirar lo que vino después, porque ahí está el malentendido que se ha ido transmitiendo de sobremesa en sobremesa hasta llegar a nosotros convertido en sentencia moral.

El milagro incompleto del desarrollismo

Después de aquellos años de mendrugos llegó otra cosa muy distinta. La calidad de vida empezó a mejorar y, sobre todo, estalló el empleo. En un Bilbao de altos hornos, astilleros y talleres, un obrero podía tener peores condiciones laborales que hoy, menos derechos y menos vacaciones, y aun así disfrutar de algo que ahora suena a lujo: trabajo de sobra. Trabajo, además, con horas extras disponibles casi a voluntad para quien quisiera arrimar el hombro y llevarse un sobre más gordo a fin de mes.

Ese es el matiz que se pierde en la versión heroica del relato. No es que aquella generación fuera de una pasta moral superior. Es que jugaba en un tablero donde el esfuerzo tenía retorno directo: echabas horas y el dinero aparecía. La escasez de derechos convivía con una abundancia de oportunidades que a nosotros nos cuesta hasta imaginar.

Y con ese telón de fondo, un solo sueldo bastaba para sostener una casa entera. Literalmente uno, porque en aquella época lo habitual era que trabajara el marido y que la mujer llevara la casa, con todo el trabajo invisible y no remunerado que eso suponía. Una sola nómina industrial daba para mantener a un matrimonio, criar a un hijo y, poco después, a un segundo. A mí.

La hipoteca de diez años que se pagó en cinco

En 1970, años antes de que yo naciera, mis padres compraron el piso en el que me crié. Para hacerlo pidieron una hipoteca a diez años, y mi madre siempre pronunciaba ese "diez años" con cara de estar mencionando una condena larguísima, algo temerario, casi una imprudencia de juventud. Diez años atados al banco le parecían una eternidad.

Y entonces venía el remate del que estaba tan orgullosa: la pagaron en cinco. La mitad del plazo previsto, gracias al sacrificio, a la dedicación y a apretarse el cinturón. Contado así, es una historia preciosa de voluntad y disciplina, y no seré yo quien niegue que mis padres se dejaron la piel. Se la dejaron.

El problema no es el sacrificio. El problema es usar esa hazaña como vara de medir para juzgarnos a los que vinimos después, porque la vara está calibrada para un mundo que ya no existe.

Cuando hago la cuenta, algo no encaja

No sé cuánto costó exactamente aquel piso ni cuánto ganaba mi padre. Pero sé una cosa incontestable: en cinco años, un único sueldo alcanzó para pagar una vivienda entera y, de paso, cubrir las necesidades de una familia que iba creciendo. Ese dato, por sí solo, ya lo dice casi todo sobre lo que valía entonces el dinero y lo que valía el trabajo.

Ahora traslademos la misma proeza a hoy. Pongamos un piso modesto en Bilbao en 250.000 €, que es una cifra amable, porque la realidad del mercado anda más cerca de los cuatro mil euros por metro cuadrado y cualquier piso normalito de setenta u ochenta metros se planta por encima de esa cantidad sin despeinarse. Imaginemos ahora a alguien que gane 1.800 € netos al mes, un sueldo que en Bilbao está más bien por encima de la media. Con catorce pagas, esa persona ingresa 25.200 € al año. En cinco años, 126.000 €.

Es decir: cinco años de sueldo íntegro, sin gastar ni un céntimo en comer, vestirse, moverse o vivir, apenas cubren la mitad del piso. Y evidentemente nadie puede destinar el cien por cien de su nómina a la casa, porque existe esa cosa molesta llamada vida cotidiana. En el País Vasco, de hecho, el esfuerzo para acceder a una vivienda supera ya el veintinueve por ciento de la renta del hogar, de las ratios más altas de España. La cuenta de mi madre, sencillamente, lleva medio siglo caducada.

No es que no queramos sacrificarnos

Aquí es donde suele aparecer la frase lapidaria: "el problema es que ahora no estáis dispuestos a sacrificaros". Y lo entiendo, porque desde su experiencia era una conclusión razonable. Ella vivió un mundo donde apretar el cinturón cinco años equivalía a una casa pagada, así que la ecuación esfuerzo-vivienda le parecía una ley natural, tan estable como la gravedad.

Pero la voluntad no es el factor que ha cambiado. Lo que ha cambiado es la relación entre lo que se gana y lo que cuestan las cosas. Puedes ser la persona más ahorradora, más disciplinada y más sacrificada del planeta, que las matemáticas siguen sin dar. Cinco años de sueldo completo no compran hoy una casa; compran media, en el mejor de los casos y sin comer. No es una cuestión de carácter, es una cuestión aritmética.

Por eso me resisto a aceptar el reproche, aunque venga envuelto en el cariño de una madre. No estábamos menos dispuestos al sacrificio. Estábamos, y estamos, jugando en un tablero completamente distinto, con las mismas ganas y muchísimo menos margen.

Los intereses compuestos y las ganas de llorar

Y todavía no he entrado en la letra pequeña, esa que mi madre nunca tuvo que sufrir del mismo modo: los intereses compuestos de un préstamo hipotecario a treinta años. Porque una cosa es el precio del piso y otra, muy distinta y bastante más deprimente, lo que uno acaba pagando por él cuando el banco añade su parte durante tres décadas.

Reconozco que evito hacer esa cuenta a propósito. Sé, más o menos, que el día que sume de verdad cuánto habré desembolsado por mi casa al terminar la hipoteca, la cifra tendrá poco que ver con el precio de la etiqueta y bastante que ver con echarme a llorar sobre la calculadora. Hay conocimientos que uno prefiere administrar en pequeñas dosis, por pura higiene emocional.

Así que me quedo con lo importante. El valor del dinero no es una constante, sino una moneda que cambia de peso según la época que la sostiene. Mi madre tenía toda la razón en su mundo, y ninguna en el mío, y las dos cosas pueden ser ciertas a la vez. Su hazaña sigue intacta; solo que ha dejado de servir como vara para medirnos. Y quizá el mayor homenaje que puedo hacerle no sea repetir su cuenta, sino explicar, con todo el respeto, por qué ya no cuadra.

···
Otras entradas