El día que Michael Landon se hizo socorrista

Una conversación a la salida de una reunión, un edificio verde al que Bilbao llamó la casa de la pradera y un recuerdo televisivo que se torció por el camino hasta acabar en una playa de California.

Hombre vestido de granjero del siglo XIX corriendo por la playa con un salvavidas rojo

Hace un par de días, al salir de una reunión en el edificio de la Cámara de Comercio de Bilbao, una de las asistentes, muy joven, nos preguntó a otros dos si sabíamos que a aquel edificio se le llamaba la casa de la pradera. Lo preguntaba con esa mezcla de curiosidad y orgullo de quien acaba de descubrir un dato y quiere comprobar si es de dominio público o si ha encontrado un pequeño tesoro.

Los dos asentimos. Claro que lo sabíamos. En Bilbao ciertos apodos se heredan sin que nadie los explique, como se heredan las recetas o las rencillas de barrio, y este es de los que uno aprende sin recordar muy bien cuándo ni de quién.

Lo que no esperaba es que aquella pregunta inocente terminara con Michael Landon vestido de socorrista.

Un edificio verde en un Bilbao gris

Como la chica parecía de verdad interesada, me animé a alargar la explicación. Le conté que el edificio llamaba la atención por su color verde en mitad de un Bilbao que entonces era gris de verdad, gris de fábrica, de humo y de fachada ennegrecida. No era el gris elegante que hoy venden los catálogos de interiorismo, sino el gris de una ciudad industrial que todavía no sabía que algún día iba a ponerse guapa.

Y le conté que, justo en aquellos años, triunfaba en la televisión una serie llamada «La casa de la pradera». La asociación fue inmediata. Un edificio verde, una pradera verde, y un país entero pegado a la pantalla cada semana. El bilbaíno, que tiene poca paciencia para los nombres oficiales y mucha gracia para los motes, hizo el resto.

Ella asentía con la cortesía de quien escucha hablar de otra época. Y es que lo era. Le dije que era normal que nunca hubiera oído hablar de la serie, que yo la vi siendo muy pequeño y que mis recuerdos son difusos, casi de fotografía desenfocada.

Una familia en la pradera, o algo así

Lo que yo recordaba, más o menos, era una familia que vivía en el campo, en una casa de madera, en algún lugar del oeste americano. Un padre bueno y trabajador, una madre paciente, unas niñas con trenzas corriendo cuesta abajo por un prado lleno de flores, y una sucesión de desgracias rurales que se resolvían con esfuerzo, fe y alguna lágrima antes de los créditos finales.

Luego, ya en casa, me he puesto a comprobarlo y la cosa tenía matices. La familia Ingalls se instalaba en Walnut Grove, en Minnesota, que en el mapa de hoy queda bastante más al norte y bastante menos al oeste de lo que mi memoria infantil había decidido. Pero en la época en la que transcurre la serie, aquello era territorio de frontera, tierra de colonos recién llegados, y la propia serie se presentaba como una historia del Oeste. Así que mi recuerdo no andaba tan desencaminado, aunque conviene empezar este artículo con cierta humildad: todos recordamos las cosas un poco a nuestra manera.

Lo que no admite discusión es que aquella serie fue un éxito monumental. TVE empezó a emitirla en 1975, en las sobremesas de los domingos, justo después del Telediario, y durante años fue una cita fija en muchísimas casas. Luego, en los noventa, Telecinco la recuperó a mediodía y la descubrió otra generación. Fue un éxito de esos que ya no existen, porque ya no existe una sola cadena ni una sola hora en la que todo el mundo mira lo mismo. La casa de la pradera formaba parte del mobiliario de muchos hogares, tanto como el sofá o el aparador con la vajilla buena.

Tanto ha cambiado eso que este mismo verano Netflix ha estrenado una nueva adaptación de la historia de los Ingalls, y aun así la chica no había oído hablar de ella en su vida. Ni de la original ni de la nueva. Conocía el apodo del edificio, pero no aquello a lo que se refería, como quien sabe que una calle se llama de una manera sin tener la menor idea de quién fue el señor que le da nombre. Hoy una serie puede estrenarse a bombo y platillo y pasar completamente de largo por delante de millones de personas, algo impensable cuando solo había dos canales y un domingo por la tarde.

Y entonces llegó David Hasselhoff

Fue entonces cuando intervino el otro asistente, un hombre de unos setenta años. Es decir, alguien que vio aquella serie siendo ya adulto, con plena conciencia y sin la bruma que a mí me cubre la infancia.

Asintió con total convencimiento y dijo algo así como: «Sí, sí, la casa de la pradera. La de este... no sé cómo se llamaba, pero el que luego hizo Los vigilantes de la playa».

Se me congeló la sangre en las venas.

Durante un segundo larguísimo, mi cabeza se puso a comparar a Michael Landon con David Hasselhoff, como quien pone dos fotos una junto a otra buscando las siete diferencias. Confieso que a Landon lo recuerdo mejor por «Autopista hacia el cielo», aquel ángel con vaqueros que iba arreglando vidas ajenas por las carreteras de América, que por su papel de padre en la pradera. Y a Hasselhoff lo tengo mucho más presente por «El coche fantástico», por supuesto por «Los vigilantes de la playa», que quizá merezcan un artículo propio algún día, e incluso por su paso por el musical de «Jekyll y Hyde», que es de esas cosas que uno descubre y ya no puede olvidar.

Dos hombres y un mismo peinado

Lo curioso es que, pensándolo con calma, la confusión tiene su lógica. Los dos fueron galanes de la televisión norteamericana, los dos llenaron las tardes y las noches españolas de los setenta y los ochenta, y los dos lucían esa melena abundante y bien cuidada que por entonces parecía requisito para protagonizar una serie. Incluso trabajaron para la misma cadena en Estados Unidos. Si uno entorna los ojos lo suficiente, y deja pasar cuarenta años, puede que los dos rostros acaben fundiéndose en uno solo.

Aunque la trayectoria vital no podría ser más distinta. Landon pasó de hijo pequeño de los Cartwright en «Bonanza» a patriarca de la pradera, y de ahí a ángel de carretera, siempre en ese registro de buen hombre con principios que tanto gustaba entonces. Hasselhoff, en cambio, habló con un coche, corrió a cámara lenta por la arena de Malibú y acabó convertido en un fenómeno musical en Alemania. Imaginar a Charles Ingalls con bañador rojo y flotador naranja es un ejercicio que recomiendo a cualquiera que necesite reírse un rato.

La memoria, al final, no es un archivo ordenado, sino un cajón donde las cosas se van mezclando con los años. Uno guarda la sensación de una época, un par de caras, alguna melodía, y el resto lo rellena como puede. Por eso me cuesta reírme del todo de aquel señor: mi propia versión de la serie tenía el estado equivocado.

Cuándo no merece la pena corregir

Por un momento pensé en explicarle que no, que no eran la misma persona. Tenía los datos en la punta de la lengua y la tentación, que es enorme, de poner las cosas en su sitio. Pero algo me frenó.

Hay frases que se pronuncian con tal seguridad que cualquier rectificación rebota contra ellas. No por mala fe ni por cabezonería, sino porque el recuerdo forma parte de la persona, y discutirlo en mitad de la calle, a la salida de una reunión, se parece demasiado a llevarle la contraria a alguien sobre su propia vida. Ganar aquella discusión no me habría aportado nada, y le habría quitado a él un recuerdo que, equivocado o no, le hacía sonreír.

Así que me callé. La chica se quedó con su apodo confirmado, el señor con su Hasselhoff en la pradera y yo con esta historia, que no se me ha ido de la cabeza desde entonces. Cada vez que pase por delante de aquel edificio verde, no podré evitar imaginar a una familia de colonos corriendo por el prado mientras, al fondo, un socorrista con melena vigila que nadie se ahogue en el arroyo.

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