Sebas Martín lleva veinte años dibujando al mismo hombre en tiempo real
Trabajó en publicidad, en radio, en un almacén y en un circo antes de dedicarse al cómic ya de mayor. Desde entonces dibuja a Salvador, un gay barcelonés que ha ido envejeciendo a la vez que el país: del Orgullo de principios de siglo al matrimonio igualitario, de la pandemia al infarto y las meriendas.

Cuando escribí sobre Claro que sí puse a Sebas Martín en la nómina de autores españoles de la revista, como un nombre más entre otros. No era un nombre más: la fundó él y la dirigió como redactor jefe. Pero al ponerme a mirar su trayectoria en serio me encontré con algo que me interesa bastante más que el cargo, y es lo que ha estado haciendo antes y después de aquella cabecera.
Lleva veinte años dibujando al mismo hombre. Y lo ha hecho en tiempo real, al ritmo al que le pasaban las cosas al país.
Un currículum que no lleva a ninguna parte y que lleva justo aquí
Sebastián Martín Sánchez nació en Barcelona en 1961. Antes de dedicarse a esto se ganó la vida en publicidad, en televisión, en radio, en hostelería, en un almacén, en interiorismo y —esto no me lo esperaba— en un circo. Dibujaba y contaba historias desde crío, pero como de eso no se come, fue haciendo lo que iba saliendo durante veinte años largos.
No se lanzó de lleno al cómic hasta rondar los cuarenta, empujado por un par de premios que le llegaron a finales de los noventa. Él mismo lo cuenta con bastante sorna en las notas biográficas que firma: se describe como caballero de edad, matiza que no ha conseguido ser solvente, y atribuye la decisión de dedicarse a la historieta a su propia inconsciencia. Esa voz, la de alguien que se toma su oficio muy en serio y a sí mismo nada en absoluto, es exactamente la misma que se oye después en sus páginas.
Merece la pena subrayar lo que significa empezar tan tarde. Cuando aparecen sus primeros libros, él ya ha vivido el franquismo de adolescente, la Transición de veinteañero y los ochenta y noventa enteros de adulto. No dibuja lo que ha leído: dibuja lo que le ha pasado.
Poblenou, antes y después
Creció en Poblenou y sigue viviendo allí, que es un dato aparentemente doméstico pero que resulta bastante elocuente en Barcelona. Pocos barrios de la ciudad han cambiado tanto y tan rápido en el tramo que él lleva viviendo ahí: de barrio industrial de toda la vida a laboratorio urbanístico y objeto de deseo inmobiliario, con todo lo que eso arrastra por el camino.
Un hombre que se queda en el mismo sitio mientras el sitio se convierte en otra cosa acaba teniendo un punto de vista particular sobre el paso del tiempo. Y eso, sospecho, tiene que ver directamente con lo que hace en sus tebeos.
Salvador envejece con nosotros
Su personaje se llama Salvador, es un gay barcelonés y lleva protagonizando sus novelas gráficas desde mediados de los dos mil. Lo importante no es que sea recurrente, que hay muchos personajes recurrentes. Lo importante es que no está congelado: envejece, y envejece al mismo ritmo que sus lectores.
Estoy en ello, publicada por La Cúpula en 2005, arranca con un recuerdo de infancia de Salvador, la verbena de San Juan del 68, y de ahí salta de golpe a unas Ramblas tomadas por la celebración del Orgullo en pleno siglo XXI. Salvador acaba de romper con Sean, no consigue engancharse a nadie y recorre la ciudad reencontrándose con gente mientras vuelve a Barcelona su primo Quique. Ese salto, del franquismo a la calle llena de banderas dentro del mismo hombre y sin una sola línea de discurso explicativo, es de las cosas mejor resueltas que he leído en cómic español sobre lo que hemos recorrido.
Y ahí no se quedó. La segunda entrega transcurre en el verano de 2005, que es cuando España aprueba el matrimonio igualitario, y Salvador anda dando clases en una academia y aspirando a una estabilidad emocional que no termina de llegar. Después vinieron más libros, y con ellos la crisis, la pandemia —hay un tomo entero cuyo título ya avisa de que va de un novio, un virus y la madre que lo parió— y, más recientemente, un Salvador que sobrevive a un infarto, cambia las cervezas por las meriendas y se instala en una vida tranquila con su cuadrilla de siempre.
Puesto en fila, ese conjunto no es una serie de historietas costumbristas. Es una crónica emocional de veinte años de vida gay en España escrita según iba pasando, sin la comodidad de la perspectiva. Cuando dibujó el Orgullo de principios de siglo no sabía que tres años después habría boda; cuando dibujó la boda no sabía lo que venía detrás. Los que hemos vivido ese mismo tramo tenemos ahí un espejo bastante fiel, con la ventaja añadida de que está contado con humor y no con solemnidad de aniversario.
Correr delante de los grises
Hay una declaración suya reciente que ata al autor con el personaje mejor que ninguna interpretación mía. Contaba que de joven corrió delante de los grises en los setenta, y que siente el deber de explicarlo ahora que hay quien parece querer volver atrás.
Ahí está todo. El hombre que dibujó a Salvador recordando una verbena del 68 antes de plantarlo en una calle llena de banderas es alguien que ha recorrido esa distancia con las piernas, huyendo de la policía franquista siendo un chaval. No es una obra autobiográfica en sentido estricto, pero desde luego no salió de la nada. Y explica por qué la crónica no se le queda en anécdota simpática: sabe perfectamente cuánto costó cada tramo del camino.
El editor que apostó y perdió
Con ese recorrido detrás llega el episodio por el que yo di con él. En los dos mil montó Claro que sí y la dirigió como redactor jefe, y lo que se sentaba en aquel sumario no era poca cosa: Ralf König, Howard Cruse, Patrick Fillion, Jiraiya. Es decir, un dibujante de Poblenou reuniendo desde Barcelona a lo más granado del cómic gay alemán, americano, canadiense y japonés, con contactos que se había ganado él mismo publicando.
Duró cuatro números y dos antologías. Visto desde fuera parece una cabecera fugaz más; visto desde dentro es un editor que apostó fuerte y perdió, que es una cosa bastante distinta y bastante más respetable. Que aquella revista existiera siquiera explica que varios de los autores de los que he ido escribiendo en esta etiqueta llegaran hasta aquí, y por eso su nombre me ha ido apareciendo una y otra vez sin que yo lo buscara.
Conviene añadir que en sus libros lo hace absolutamente todo: argumento, guion, lápiz, tinta, grises y, cuando toca, color. No es un autor con equipo. Es un señor con una mesa.
Lo que queda cuando se apaga el quiosco
Sebas Martín está considerado, junto a Nazario, uno de los primeros autores de cómic gay en España, y ese es el titular que suele acompañarle. A mí me interesa más lo otro: que sigue publicando, que Salvador sigue vivo y ha ido cumpliendo años como los cumplimos los demás, y que dentro de veinte más esos tomos van a seguir contando qué se sentía aquí en cada momento concreto mucho mejor que cualquier reportaje escrito a posteriori.
Con esto se cierra de momento el recorrido español y europeo de la etiqueta —Nazario, la revista que dirigía él, los tomitos de Cuho y Cantero— antes de cruzar el océano. Y me quedo con la imagen de alguien que estuvo veinte años haciendo de todo, que empezó tarde, que montó una revista que se hundió, y que aun así lleva dos décadas anotando puntualmente lo que nos pasaba mientras nos pasaba.


