Patrick Fillion, el canadiense que le quitó la coartada al cómic de superhéroes
Lleva treinta años dibujando a los Boytoons, tiene editorial propia en Vancouver, ha publicado a dibujantes españoles y en España casi nadie sabe quién es. Fillion coge el vocabulario visual del tebeo de superhéroes y le retira el fingimiento, y funciona precisamente porque no se toma en serio a sí mismo ni un segundo.

Tengo en la estantería un tomo suyo titulado Heroes, y durante años ha sido el lomo que me haría girar un poco la cabeza si alguien se pusiera a mirarme la balda. No es un cómic: es una recopilación de ilustraciones, láminas sueltas, una detrás de otra. Se hojea, no se lee, y por eso no vuelves a él con la frecuencia con la que vuelves a un tebeo. También, hay que decirlo, porque uno arrastra sus propios pudores heredados sobre qué libros se enseñan y cuáles no.
Lo saqué otra vez hace poco y me di cuenta de que lo tenía mal clasificado. No como material menor, que es lo que yo pensaba, sino como el trabajo de un autor que lleva treinta años haciendo exactamente lo que quiere hacer, con una coherencia que en España casi nadie le reconoce porque casi nadie sabe quién es.
De un pueblo católico de Quebec a Vancouver
Patrick Fillion nació en Quebec en 1973 y creció en una comunidad pequeña y católica donde ser gay no traía nada bueno. La versión que él mismo ha contado tiene un detalle que me parece el más revelador de toda su biografía: dibujaba desnudos masculinos desde crío, y en el instituto hubo un profesor de arte que en lugar de corregirle el tema le animó a seguir dibujando lo que le salía de dentro. Un solo adulto sin prejuicios en el sitio y el momento adecuados, que es a menudo toda la diferencia entre alguien que se dedica a esto y alguien que lo deja.
En 1991 se mudó a Vancouver, entró en la comunidad gay de la ciudad y su trabajo cambió de registro. Lo que hasta entonces era insinuación pasó a ser afirmación. Ese es el mismo arco que se repite en casi todos los autores de los que llevo escribiendo en esta etiqueta: alguien que dibuja a escondidas en un sitio pequeño y que solo empieza a dibujar de verdad cuando llega a una ciudad donde no hace falta esconderse.
Boytoons: ponerle nombre a lo tuyo
A sus personajes los llama Boytoons. No es una etiqueta que le pusiera la crítica ni un término de la industria: se lo inventó él y lo usa desde entonces para todo, para el blog, para las antologías, para la manera de referirse a lo que dibuja. Ponerle nombre propio a tu propio territorio es una decisión de autor bastante más importante de lo que parece, porque a partir de ahí ya no estás haciendo una variante de otra cosa. Estás haciendo lo tuyo.
El censo de Boytoons da idea del tono: Camili-Cat, un felino alienígena; Naked Justice, un superhéroe cuyo enfoque de la moda es tan minimalista como su nombre indica; Deimos, un demonio; Zahn, Ghostboy, Diablo, Locus, Mako Finn. Superpoderes, músculo, ciencia ficción de saldo y una anatomía que ha renunciado por completo a fingir verosimilitud. Los cuerpos son imposibles en el mismo sentido en que lo son los de Tom of Finland, aunque el trazo sea otro: donde el finlandés trabajaba con volumen, sombra y una línea seca, Fillion trabaja con curvas, color saturado y esa limpieza brillante y digital del cómic americano de los dos mil.
Y hay una cosa que él ha dicho de forma explícita y que a mi juicio explica todo su proyecto: quiere crear iconos que la comunidad pueda sentir como propios y de los que pueda estar orgullosa. No dibujantes de fantasías sueltas, sino personajes recurrentes, con nombre, con mitología, con continuidad. Exactamente lo que Marvel y DC llevan haciendo desde siempre para todo el mundo menos para nosotros.
Retirarle la coartada al género
Aquí está, creo, lo que hace que su obra sea algo más que ilustración erótica competente. El cómic de superhéroes lleva ochenta años dibujando hombres embutidos en mallas que marcan cada músculo, cada vena y cada bulto, encuadrados desde abajo y en tensión permanente, y sosteniendo mientras tanto con cara de póker que ahí no hay ninguna carga erótica, que es todo aventura y sentido del deber. Fillion dibuja los mismos cuerpos con el mismo vocabulario visual y lo único que hace es quitar el fingimiento.
No inventa la exageración. Le retira la coartada. Por eso incomoda a cierta mirada, no porque sea distinto del tebeo de superhéroes, sino porque se le parece demasiado y encima lo dice en voz alta. La diferencia entre un héroe de Marvel y un Boytoon no está en el cuerpo dibujado, que es prácticamente el mismo: está en que uno pretende que no lo estás mirando por eso.
Y aquí viene el modo de empleo, sin el cual esto no funciona: no hay que tomárselo en serio. Los nombres, las poses imposibles, la solemnidad heroica llevada hasta el punto exacto en que se convierte en broma, todo está calculado para que te rías con ello, no de ello. Alguien que se creyera de verdad la épica de lo que está dibujando resultaría insoportable a las cinco páginas. Fillion sabe perfectamente dónde está el chiste, y ese control del tono es lo que después de años siguiéndole de lejos me parece su verdadero logro. No el trazo, que es reconocible pero no revolucionario. El tono.
Bryce Peters, o la prueba de que todo es deliberado
Si alguien tiene dudas de que la exageración es una decisión y no un límite, ahí está Boytoon Adventures, que Fillion firmó con el seudónimo de Bryce Peters. Para esa colección se cambió el estilo entero: fuera las curvas suaves y la anatomía ultradetallada, dentro una línea gruesa, angular y sintética, cuerpos preocupados por el volumen y no por el músculo, con el aire de los dibujos animados de sábado por la mañana con los que se crió medio mundo. Mismo universo, mismos personajes, otro idioma gráfico completamente.
Un dibujante que puede hacer eso no está atrapado en un tic. Está eligiendo. Y el hecho de que se inventara un nombre falso para firmarlo, cuando todo el mundo sabía perfectamente que era él, es otra vuelta de tuerca del mismo humor que recorre su obra entera.
De autopublicarse a publicar a otros, con acento español
Empezó como empiezan casi todos los que aparecen en esta etiqueta: por su cuenta. Desde mediados de los noventa sacaba sus propios cómics bajo el nombre de Class Enterprises, sin editorial detrás y sin más distribución que la que se pudiera montar él. Ya entrado el nuevo siglo aquello se convirtió en Class Comics, editorial de verdad, montada junto a su pareja, que es también su socio.
Lo interesante llega después, cuando deja de publicarse solo a sí mismo. Class Comics acabó sacando trabajo de una docena larga de dibujantes de varios países, y entre ellos hay dos españoles, Ismael Álvarez y David Cantero. Ahí está la ironía que me hizo querer escribir este artículo: un autor prácticamente desconocido en España publicaba a autores españoles en Vancouver mientras aquí no le sonaba a casi nadie. El cómic gay erótico ha circulado durante décadas por unos canales que no son los de la librería especializada de barrio, y eso ha hecho que una parte considerable de su historia nos haya pasado por encima sin enterarnos.
A Europa llegó por la vía habitual de este material: traducciones al francés en H&O y ediciones alemanas en Bruno Gmünder, que fue quien sacó sus recopilaciones de ilustración en tapa dura y por donde entró aquel tomo que tengo yo. Aduanas editoriales, más que descubrimientos.
El Tom of Finland de después, con matices
Es prácticamente obligatorio, al hablar de él, invocar a Tom of Finland, y no es un disparate: la genealogía existe y la exageración anatómica viene de ahí. Pero conviene decirlo con matices, porque a Tom le hemos construido encima, a posteriori, un aparato de museo con cartelas, retrospectivas y hasta sellos de correos, y en ese proceso se ha perdido lo primero que salta a la vista en sus dibujos, que es que sus tipos están contentos. Sonríen. No hay tragedia ni penitencia; hay una alegría bastante insolente para lo que se podía dibujar entonces.
Fillion está en esa línea, en la de la alegría insolente, mucho más que en la del canon solemne que le hemos colocado a Tom por encima. La diferencia de contexto es enorme, eso sí. Laaksonen dibujaba en un país donde su vida era ilegal y sus láminas circulaban de forma semiclandestina. Fillion dibuja en la Vancouver de los noventa, casado con su socio, con editorial propia y una web. Uno abrió el camino a costa de lo que le costó; el otro pudo recorrerlo a plena luz y dedicarse a jugar. Que el segundo pueda permitirse el humor es, en buena medida, el resultado del trabajo del primero.
Por qué merece la pena mirarlo
Si has llegado a Fillion de refilón y lo has descartado de un vistazo por exagerado, por explícito o por poco serio, te diría lo mismo que diría de Tom of Finland: no hace falta que todo te resulte cómodo para reconocer que hay ahí un cuerpo de obra coherente, sostenido durante treinta años, con un lenguaje propio y un sentido del humor que casi nadie tiene en el género.
Lo que a mí me ha cambiado, sacando otra vez ese tomo de la balda, no es la opinión sobre sus dibujos. Es haber entendido que el reparo con el que lo tenía guardado nunca fue mío del todo: era el mismo pudor heredado que lleva ochenta años permitiendo dibujar esos cuerpos siempre que nadie diga en voz alta para qué se están dibujando. Fillion lleva tres décadas diciéndolo en voz alta y encima riéndose. Bastante mérito para un tipo que, según cuentan quienes le conocen, es en persona bastante reservado.


