Jiraiya, el anónimo que heredó las portadas del bara japonés
Trabaja en publicidad, no da la cara, no circula ninguna foto suya y firma con el nombre de un bandido mágico del folclore. Renunció a ser mangaka porque el ritmo semanal no le dejaba vivir, y volvió al cómic a los treinta y uno por la única puerta donde podía dibujar lo que de verdad quería dibujar.

Nunca he sido gran lector de manga. Lo dejé escrito hace unas semanas hablando de Fallen Angels y sigue siendo verdad: el formato no me atrapa especialmente y, sobre todo, el dibujo sin colorear me deja frío. Un buen coloreado me gana casi cualquier discusión sobre estilo. Y sin embargo tengo en una balda Habitación para cinco, un tomo que releo de vez en cuando y que jamás he sentido como manga.
Tardé años en enterarme de quién estaba detrás de aquel nombre y de en qué tradición encajaba. Cuando por fin até cabos, resultó que la explicación de por qué a mí no me parecía manga estaba en el propio método de trabajo del autor, y que ese autor era una de las figuras centrales de todo un género que aquí apenas hemos visto pasar.
Un seudónimo tomado de un ladrón mágico
Jiraiya es un nombre prestado. En el folclore japonés, 児雷也 —«hijo del trueno»— es un bandido benévolo que se vale de la magia, un personaje de esos que llevan siglos circulando por cuentos, kabuki y estampas. Detrás del seudónimo hay un ilustrador nacido en Sapporo en 1967, en una familia obrera, que en su vida civil trabaja como diseñador de publicidad comercial y mantiene esa identidad completamente separada de la otra.
Y la mantiene en serio. No da entrevistas con cámara, no aparece en actos públicos, no circula ninguna fotografía suya. Quienes han escrito sobre él lo describen directamente como alguien que sigue sin salir del armario en su vida cotidiana. Ahí está la contradicción que sostiene toda su obra y que a mí me parece lo más fascinante de su figura: el hombre que dibuja los cuerpos masculinos más expuestos del cómic japonés contemporáneo es el que nunca ha enseñado el suyo, ni siquiera la cara.
El mangaka que renunció a serlo
La parte de su biografía que menos se cuenta es la que más me interesa, porque explica por qué acabó dibujando lo que dibuja. A finales de los ochenta, siendo veinteañero, descubrió Sabu, una de las revistas gays japonesas de la época, y le impactó especialmente el trabajo que publicaba allí un tal Gengoroh Tagame. Retengamos ese nombre, porque vuelve.
Por entonces él quería ser mangaka, y llegó a serlo: trabajó para Shogakukan, que es una de las grandes editoriales del país. No le funcionó. El ritmo del manga comercial, con entregas semanales o quincenales sin tregua, le resultó incompatible con la manera en que él quería trabajar, así que lo dejó y se pasó al diseño gráfico. Y ahí llegó la segunda frustración, más de fondo: la ilustración comercial no le daba prácticamente ninguna ocasión de dibujar el tipo de hombre que a él le interesaba dibujar, que era el grande, el corpulento, el musculado.
Así que en 1998, con treinta y un años, mandó trabajo a una revista llamada G-Men y se lo publicaron. Volvió al cómic por la única puerta que le permitía dibujar lo que quería. Ese es, si uno lo piensa, el mismo movimiento que hicieron casi todos los autores que van apareciendo en esta etiqueta: no es que eligieran el circuito gay pudiendo elegir otro, es que era el único sitio donde podían hacer su trabajo entero.
G-Men, o la revista que quiso llevar la contraria
G-Men había nacido en abril de 1995, cofundada precisamente por Tagame, y con una intención bastante definida. Durante los ochenta el manga gay japonés se había ido escorando hacia una estética emparentada con el yaoi: chicos estilizados, delgados, casi adolescentes. G-Men apostó por la fantasía contraria, la del hombre adulto, corpulento, con vello, con peso y con oficio manual. La misma pulsión que en Occidente tiene su icono en Tom of Finland, solo que nacida en Tokio y con un vocabulario visual propio.
En 2001, cuando Tagame dejó la revista, el testigo de las portadas pasó a Jiraiya, que las firmó desde el número 63 hasta el 124, en 2006. Es decir: el chaval que en los ochenta se quedó enganchado mirando los dibujos de Tagame en Sabu acabó, quince años después, heredando literalmente su puesto en la portada de la revista que aquel había fundado. Cinco años sosteniendo en solitario la imagen pública de una cabecera entera dicen bastante de hasta qué punto su manera de dibujar se había convertido en la cara del género.
Fotografías recortadas, pegadas y luego dibujadas
Y aquí está la explicación del malentendido con el que empecé. Jiraiya no dibuja de memoria ni copia de un solo modelo. Trabaja a partir de fotografías reales de partes del cuerpo de hombres distintos: las recorta, las combina hasta montar una sola figura que no corresponde a ningún hombre concreto, y hace el boceto a mano sobre ese collage. Después lo remata en Photoshop, Illustrator y QuarkXPress, buscando un sombreado que persigue el volumen fotográfico antes que la línea limpia.
Fue, además, uno de los primeros autores del manga gay en apostar de lleno por la ilustración digital, en un momento en que el género seguía instalado en la tinta y la trama. El resultado tiene nombre propio en japonés, gachimuchi, que viene a significar musculado y rellenito a la vez, y una textura que no se parece en nada al trazo plano que yo asocio con el manga de toda la vida. Técnicamente no hay color. Pero hay tanto degradado y tanta luz calculada sobre el músculo que el ojo lo lee más como una fotografía revelada que como una viñeta entintada.
Sospecho que por eso me enganchó sin que saltara ninguna alarma. No estaba leyendo lo que llevaba años evitando; estaba leyendo a alguien que había resuelto por su cuenta justo el problema que a mí me echaba para atrás.
Historias cortas, y bastante menos duras de lo que uno espera
Su obra recopilada cabe en tres tomos publicados en Japón entre 2004 y 2009, todos ellos colecciones de historias cortas más que novelas gráficas: el primero es Gonin Beya, «la habitación de los cinco», que es el que llegó aquí a través de Ediciones La Cúpula. El relato que le da título va de cinco compañeros de dormitorio compartido, pero el volumen se mueve por registros bastante más amplios, del amor a la muerte pasando por el conflicto, con títulos que dan idea del terreno: hay uno que se llama, sin más, El novio de mi padre.
Frente a buena parte de sus contemporáneos en G-Men, más volcados en el sadomasoquismo y la dominación explícita, el tono de Jiraiya suele ser más ligero y hasta cómico. Sus hombres enormes se meten en situaciones que a menudo tienen más de comedia de vestuario que de fantasía dura, y hay un fondo de ternura bastante evidente en cómo los mira. Eso, que puede sonar a detalle menor, es lo que hace que su trabajo se pueda leer sin necesidad de entrar en un registro que no todo el mundo quiere transitar.
Del anonimato al escaparate de Nueva York
El arco final de su recorrido tiene algo de milagro moderno. Una editorial francesa, H&O —la misma que traducía al francés los cómics de Patrick Fillion, por cierto—, sacó una monografía con su obra en 2007. En 2014 su trabajo entró en Massive, la primera antología en inglés dedicada al manga gay, que fue la operación que puso a estos autores en el mapa fuera de Japón. Y ese mismo año, la firma neoyorquina Opening Ceremony lanzó para el mes del Orgullo una línea de productos con sus ilustraciones: ropa, complementos e incluso un juguete sexual de Tenga.
Merece la pena pararse en la imagen. Un diseñador de publicidad de Sapporo que no ha enseñado la cara en su vida, que firma con el nombre de un bandido de leyenda para que nadie relacione una cosa con la otra, acabó con sus dibujos colgados en los escaparates de una marca de moda internacional. El anonimato absoluto de un lado y la máxima exposición del otro, sostenidos a la vez, sin que ninguna de las dos cosas cediera.
Lo que cuenta y lo que no
Nada de esto lo sabía cuando compré el libro. Me llamó la atención la portada en una librería, lo leí de un tirón y lo dejé en la balda sin pensar en revistas japonesas, ni en herencias de portada, ni en collages fotográficos, ni en la doble vida de nadie. Esa es, creo, la mejor prueba de que el dibujo funciona: cuela sin pedirte crédito por nada.
Con Jiraiya la etiqueta cruza por fin el océano. Llevamos capítulos moviéndonos entre Marvel, DC, Europa y el underground español, y me hacía falta encontrar la puerta correcta para entrar en el manga sin escribir sobre algo que no me representa. La encontré, sin buscarla, en un tomo que llevaba años en mi propia casa firmado por un hombre que ha hecho de no dar la cara una parte de su obra.


