Me gustaría que el Gran Bilbao se atreviera a ser una sola ciudad

Somos casi un millón de personas viviendo pegadas a la misma ría y nos contamos como treinta y cinco ayuntamientos distintos. Ya se intentó unirnos una vez y salió mal, pero eso debería servirnos de lección y no de excusa.

Vista aérea al atardecer de la ría de Bilbao con las luces encendidas de todos los municipios de la margen izquierda y derecha

Ayudé hace poco a un amigo con una mudanza a Getxo y descubrí que allí tienen contenedor de pilas. Nosotros no. También descubrí que los días de recogida son otros, que los contenedores tienen otro aspecto y que, para deshacerte de un sofá, hay que llamar a un teléfono distinto según en qué lado de la ría te haya tocado vivir. Doce kilómetros de diferencia y un sistema entero de reglas nuevas que aprender.

Desde entonces no consigo quitármelo de la cabeza. Porque si coges el metro en Kabiezes y te bajas en Basauri cruzas media docena de ayuntamientos sin enterarte de nada. Nadie te avisa. No hay ninguna señal, ningún cambio de paisaje, ninguna frontera visible. Solo cambian el color de las papeleras y el nombre del alcalde.

Somos una ciudad que se cuenta como treinta y cinco

Los números de aquí abajo son mareantes cuando los pones en fila. En el área metropolitana de Bilbao vivimos casi un millón de personas repartidas en treinta y cinco municipios. Ahí se concentra en torno al ochenta por ciento de la población de Bizkaia y la mitad de la de Euskadi entera.

Bilbao ronda los trescientos cincuenta mil habitantes. Barakaldo pasa de cien mil. Getxo anda por los setenta y cinco mil, y Santurtzi, Portugalete y Basauri se mueven entre los cuarenta y los cincuenta mil cada uno. Vistos por separado son ciudades medianas con problemas de ciudad mediana. Vistos juntos son una única metrópoli europea de primer nivel que casualmente tiene treinta y cinco alcaldes, treinta y cinco planes urbanísticos y treinta y cinco calendarios de recogida de basura.

Y no hablo de eficiencia contable, que es el argumento aburrido. Hablo de peso. Una ciudad de un millón de habitantes juega otra liga: negocia distinto con Madrid y con Bruselas, planifica su transporte de otra manera, atrae otro tipo de inversión y se piensa a sí misma a otra escala. Veinticinco municipios de cuarenta mil habitantes discutiendo entre ellos no son eso. Son veinticinco municipios discutiendo entre ellos.

Ya lo intentamos, y esa es la parte interesante

Lo que casi nadie recuerda es que esto ya existió. Entre 1946 y 1980 funcionó la Corporación Administrativa del Gran Bilbao, un organismo metropolitano creado para ordenar el conjunto de la ría. Duró treinta y cuatro años y el Parlamento Vasco la disolvió en cuanto llegó el autogobierno.

Fracasó, y merece la pena saber exactamente por qué, porque ahí está toda la lección. Primero, porque la presidía el Gobernador Civil y la vicepresidencia le correspondía al alcalde de Bilbao, con una representación tan desequilibrada que los intereses de los demás municipios quedaban sencillamente ignorados. Y segundo, porque nunca tuvo dinero propio para ejecutar casi nada de lo que planificaba. Fue un ente impuesto desde arriba, sin legitimidad democrática y sin caja.

Que salga mal así no demuestra que la idea fuera mala. Demuestra que se hizo de la peor manera posible, en el peor momento posible. Y sin embargo aquí seguimos, cuarenta y cinco años después, usando aquel fracaso como argumento definitivo para no volver a intentarlo. En la margen izquierda cuando alguien propone hoy un gobierno metropolitano lo que se oye no es eficiencia, es otra vez Bilbao mandando. Lo entiendo perfectamente. Pero un mal precedente no puede ser una condena perpetua.

Deusto sigue siendo Deusto

El otro argumento contra cualquier unión es el sentimental, y ese lo comparto de corazón porque yo soy de Uribarri antes que de casi ninguna otra cosa. Tengo amigos de Deusto que defienden su barrio con una convicción que ya quisieran algunos nacionalismos. La gente es de Portugalete, de Santurtzi o de Sestao, y eso no se negocia.

Solo que ese argumento, mirado de cerca, dice justo lo contrario de lo que parece. Deusto y Begoña eran municipios independientes, con su ayuntamiento y su iglesia, hasta que fueron anexionados a Bilbao en 1925 entre protestas vecinales. Antes había pasado lo mismo con Abando. Bilbao no es una ciudad con barrios: es una fusión de municipios que se pasaron medio siglo resistiéndose a fusionarse.

Y aquí estamos cien años después. Deusto sigue siendo Deusto. Begoña sigue siendo Begoña. Nadie ha perdido un gramo de identidad por compartir ayuntamiento conmigo. Yo puedo quejarme de que en el centro se invierte más que en mi barrio, y de hecho me quejo, pero gracias a esa concentración de esfuerzo tenemos un Guggenheim que tira de todos nosotros, incluidos los pisos turísticos de Uribarri que tanto discutimos. Ser de un barrio y ser de una ciudad grande no solo es compatible: es que es exactamente lo que ya somos.

La paradoja que hay que mirar de frente

Ahora bien, si uno se pone serio con la idea aparece un problema divertido, y es que en Bizkaia el ayuntamiento metropolitano y la diputación foral serían prácticamente la misma cosa. Con casi un millón de habitantes de un total de un millón y pico en todo el territorio histórico, una ciudad del Gran Bilbao no sería una ciudad dentro de una provincia: sería la provincia con otro nombre.

Y a mí eso, lejos de asustarme, me parece la parte más prometedora del asunto. Porque significa que aquí no haría falta inventarse una capa administrativa nueva. Lo que habría que hacer es aclarar cuál de las que ya tenemos manda, y dotarla de un gobierno que votemos directamente. No sumar, sino ordenar.

De hecho, la mitad del trabajo está hecha y ni nos damos cuenta. El agua ya funciona así: un consorcio da servicio a ochenta y un municipios y a cerca de un millón de personas con una plantilla que cabe en un edificio. La Barik funciona igual en el metro, en el tranvía y en el cercanías, sin que a nadie le importe qué operador le lleva. Los residuos se tratan de forma conjunta en instalaciones forales que dan servicio a todo el territorio. Todo eso ya está unido, y funciona.

La integración está justo del revés

Lo que pasa es que fíjate en la forma que tiene todo esto. Lo unificado es exactamente lo que el ciudadano no ve jamás: las depuradoras, las plantas de tratamiento, los sistemas tarifarios. Y lo fragmentado es precisamente lo que tocamos cada día: el contenedor de la esquina, el día que hay que bajar la basura, el autobús urbano, el teléfono al que llamas por un mueble viejo.

Nadie sabe dónde acaba su bolsa de basura, pero todo el mundo sabe de qué color es su contenedor. Hemos construido la integración al revés de como tendría sentido. Y precisamente por eso creo que el camino no pasa por una gran fusión épica que provocaría manifestaciones en cinco municipios a la semana siguiente, sino por algo mucho más modesto y mucho más útil: empezar por unificar lo que la gente vive.

Un mismo sistema de recogida en toda la ría. Un mismo calendario. Un contenedor de pilas en cada barrio, se llame como se llame el ayuntamiento. Una red de autobuses urbanos pensada para el conjunto y no treinta y cinco redes que se ignoran en la frontera. Nada de eso quita identidad a nadie, nada de eso obliga a Portugalete a dejar de ser Portugalete, y todo eso se nota mañana por la mañana.

Una ciudad que todavía no se atreve a nombrarse

Erandio estuvo anexionado a Bilbao durante cuarenta años y se marchó en cuanto pudo, en 1983. Se cita mucho como prueba de que esto no funciona, pero conviene recordar que aquella anexión se hizo en pleno franquismo, sin negociar nada con nadie, para una expansión urbana que además nunca llegó a construirse. Se le anexionó un territorio para un plan que no se ejecutó y encima se le pidió que se sintiera parte de algo.

Deusto se quedó y Erandio se fue, y la diferencia no está en la identidad, que la tienen los dos de sobra. Está en si hubo un proyecto compartido detrás o solo un decreto. Las uniones impuestas se acaban deshaciendo. Las que llevan algo real dentro aguantan un siglo y acaban pareciendo naturales.

Así que no, no creo que esto sea imposible. Creo que es difícil, que exige un diseño honesto donde la margen izquierda no vuelva a sentirse la comparsa de nadie, y que requiere una generación política dispuesta a gastar capital en algo que no se inaugura con tijera y cinta. Pero somos casi un millón de personas viviendo pegadas a la misma ría, compartiendo agua, transporte, hospitales, atascos y aire, y seguimos comportándonos como si fuéramos treinta y cinco pueblos que casualmente se tocan.

Somos una ciudad. Solo que todavía no nos hemos atrevido a llamarnos así.

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