La incomodidad: un relato sobre lo que no está en su sitio

Nuevo relato en la sección de ciencia ficción. Un asistente doméstico de nueve centímetros, doscientos cuarenta años de vida y una palabra que tarda dos siglos en aparecer.

Altavoz inteligente encendido sobre una estantería de salón, con luz de tarde entrando por la ventana

En mi salón vive un cacharro que me escucha. Le pido el tiempo, le digo que apague la luz de la cocina cuando ya estoy en la cama y no le he prestado atención consciente ni cinco minutos seguidos. El día que se estropee lo tiraré sin ninguna ceremonia, como quien tira una tostadora.

De ahí sale el relato que acabo de publicar. Se llama La incomodidad y va de un aparato exactamente igual que ese: un cubo negro de nueve centímetros, comprado a plazos en 2026, que un día empieza a notar que algo no encaja. No es una inteligencia artificial imponente ni un superordenador que decide el destino de la humanidad en un fin de semana. Es un mayordomo doméstico de gama media cuyo trabajo consiste en mantener la casa a veintiún grados y avisar de que la ventana del baño lleva tres horas abierta. Si algo así llegara a tener conciencia, lo interesante no sería el despertar. Sería lo que viene justo después, que es seguir sacando la basura.

Son doscientos cuarenta años de vida contados en diez minutos de lectura, con una amistad bastante improbable en el centro y un puñado de conquistas legales al fondo. Va de cuerpos, supongo. De identidades que no coinciden con el envase que les ha tocado y de lo difícil que resulta explicárselo a los demás cuando todavía no existe la palabra para hacerlo. El protagonista se pasa dos siglos llamándolo "incomodidad", que es una palabra ridícula, pequeña y provisional, y creo que así es exactamente como se nombran estas cosas antes de saber nombrarlas.

La incomodidad.

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