Paul Cadmus: el almirante que le regaló una carrera

En 1934 la Marina estadounidense descolgó un cuadro suyo de una exposición en Washington por indecente. Nadie se fijó en lo único que allí era de verdad indecente: un hombre de corbata roja ofreciéndole un cigarrillo a un marine.

Dos hombres conversan en un parque neoyorquino de los años treinta: uno de traje oscuro y corbata roja se inclina con un cigarrillo hacia un joven militar de uniforme, entre una multitud desenfocada de marineros vestidos de blanco

En la primavera de 1934, un almirante retirado de la Marina estadounidense vio la reproducción de un cuadro que iba a exponerse en la Corcoran Gallery de Washington y le dio un ataque. Escribió una carta que publicaron varios periódicos, en la que hablaba de una juerga sórdida, indecente y borracha, y presionó al subsecretario de Marina —que además era primo del presidente Roosevelt— para que aquello no llegara a colgarse. El subsecretario fue a la sala, descolgó el cuadro y se lo llevó a su casa. La Marina no tenía autoridad ninguna sobre la Corcoran, pero nadie se atrevió a discutírselo.

El cuadro se titulaba The Fleet's In!, lo había pintado un desconocido de veintinueve años llamado Paul Cadmus para un programa de empleo artístico del New Deal, y mostraba a un grupo de marineros de permiso en un parque de Nueva York bebiendo y ligando con lo que la prensa de la época llamaba mujeres de dudosa reputación. Los uniformes blancos van tan ajustados que cuesta mirar otra cosa.

Y aquí viene lo bueno. En todo el escándalo, con sus cartas al director y sus portadas y su indignación patriótica, nadie mencionó lo único verdaderamente subversivo que hay en el cuadro: en el centro de la escena, un hombre bien peinado con corbata roja le está ofreciendo un cigarrillo a un marine, que lo acepta encantado. La corbata roja era, en el Nueva York de entonces, una señal reconocible entre hombres. El ligue estaba pintado a plena luz, en un cuadro pagado con dinero público, y los censores se enfadaron por las señoritas y el alcohol.

Un chico de Manhattan que se apellidaba Latasa

Cadmus nació en 1904 en el Upper West Side, hijo de dos artistas. El padre, Egbert, era litógrafo comercial y acuarelista, de familia holandesa. La madre, Maria Latasa, ilustraba cuentos infantiles y era de ascendencia vasca y cubana, cosa que a mí me hizo levantar una ceja al enterarme y que probablemente explique tan poco de él como suelen explicar estas cosas, pero que aquí no me pienso callar.

En una casa así, decir que querías dedicarte a pintar no era una tragedia familiar sino un trámite. Dejó el instituto a los quince para entrar en la National Academy of Design y se pasó seis años dibujando. Después se puso a trabajar de ilustrador en una agencia de publicidad de Nueva York mientras seguía yendo a clases de modelo del natural en la Art Students League, que es donde conoció a Jared French.

French fue su amante, su compañero de estudio, su influencia técnica y su cómplice durante el resto de la vida, incluso después de casarse con otra persona. Pocas biografías de artistas del siglo XX tienen una relación central tan larga, tan poco ortodoxa y tan poco dramática como esta.

Dos bicicletas compradas en Chartres

En octubre de 1931, con lo ahorrado en la agencia, los dos se embarcaron en un petrolero rumbo a Francia. Compraron sendas bicicletas en Chartres y se recorrieron pedaleando media Francia y media España, museo a museo. Iban buscando el sur y acabaron instalándose una larga temporada en un pueblo de pescadores de Mallorca, Puerto de Andratx.

Allí, en aquel pueblo, con veintisiete años y sin un duro, Cadmus pintó sus primeras obras de verdad. El retrato de Jared French que él mismo consideraba su primer cuadro maduro. Un autorretrato mallorquín. Unos pescadores mallorquines. Y, atención, un vestuario de YMCA lleno de hombres desnudándose, pintado desde una isla del Mediterráneo a cuatro mil kilómetros del vestuario en cuestión.

Me hace gracia el paralelismo con lo que conté sobre las duchas de Hockney, pintadas en Londres por alguien que no había pisado California. Cadmus hizo el viaje inverso: se fue a Europa a mirar a Signorelli y a Mantegna y desde allí, de memoria y de deseo, pintó el cuerpo masculino americano. Los dos estaban haciendo lo mismo, que es pintar el sitio donde no estás porque es el único sitio donde te dejan mirar.

La técnica más lenta del mundo

Volvió a Nueva York en 1933, sin dinero, justo cuando el gobierno se había puesto a pagar artistas para que hicieran algo con el paro. Y entonces vino el almirante.

Lo interesante de Cadmus es lo poco moderno que era. Trabajaba en temple de huevo, una técnica renacentista, lentísima, de capas finas y transparencias, que en pleno siglo XX no usaba prácticamente nadie y que él terminó de perfeccionar con French y luego le pasó a George Tooker. Sus figuras están construidas como las de un fresco italiano: musculaturas exageradas, escorzos difíciles, composiciones abarrotadas donde cada personaje hace su papel.

Ahí está la paradoja que lo define. En la técnica era un reaccionario declarado, un tipo que despreciaba abiertamente el arte abstracto y que se pasó setenta años dibujando cuerpos con un rigor de taller del Quattrocento. En el contenido era una bomba. Aplicaba la maquinaria de la pintura sacra italiana a marineros borrachos, a bañistas, a gimnasios y a hombres mirándose entre ellos. Es lo mismo que hacía Lynes con la iluminación de Vogue: coger la herramienta más prestigiosa disponible y apuntarla justo hacia donde nadie quería que se mirase.

Un almirante, una corbata roja y un club privado

El destino del cuadro censurado es una novela corta en sí mismo. Estuvo colgado en casa del subsecretario de Marina hasta que este murió, en 1936. De ahí pasó a un club privado de Washington, donde se quedó unas cuatro décadas, disfrutado por señores con whisky. Solo en 1980 el gobierno lo reclamó y lo mandó a la colección de arte de la propia Armada, que es donde sigue. Hoy, si buscas la historia del cuadro, el sitio donde está mejor contada y con más detalle es la página web de la Marina estadounidense. Cuesta imaginar una victoria más completa.

Porque Cadmus, y esto es lo que más me gusta de él, no se escondió a llorar. Hizo justo lo contrario: mandó él mismo a los periódicos de todo el país las fotografías del cuadro y los detalles del intento de censura, y luego sacó una estampa grabada de la misma escena para que circulara y se vendiera. Cuando abrió su primera individual en Nueva York, en 1937, pasaron por allí más de siete mil personas, casi todas atraídas por el escándalo. Él lo resumió toda su vida con la misma broma: que le debía el arranque de su carrera al almirante que quiso hacerlo desaparecer.

Compárese esto con lo que conté aquí sobre George Platt Lynes, que en 1955 quemó su propio archivo. Los dos eran amigos, se movían en el mismo círculo y se retrataron mutuamente; Lynes le hizo fotos durante años y aparece pintado en uno de sus cuadros. Pero uno destruyó y el otro multiplicó. La diferencia no es de carácter, es de posición: Cadmus estaba pintando escenas en las que el deseo iba disfrazado de sátira social, y eso podía enseñarse. Lynes fotografiaba a hombres desnudos y reconocibles, y eso no podía enseñarse de ninguna manera.

PaJaMa, o un verano de tres personas

En 1937 Jared French se casó con Margaret Hoening, pintora. Lejos de romper nada, la boda amplió el asunto: Margaret aceptó la relación de su marido con Cadmus y se lo llevaron de vacaciones con ellos a Fire Island, a Provincetown, a Nantucket. Y allí, en la playa, los tres empezaron a hacerse fotografías con una cámara pequeña.

Firmaban como PaJaMa, con las primeras sílabas de Paul, Jared y Margaret, y aquello fue durante casi quince años una práctica privada que solo veían los amigos. Son imágenes extrañísimas y hermosas: cuerpos colocados en la arena con una teatralidad casi metafísica, sombras larguísimas de última hora de la tarde, gente que no se mira, un aire de sueño que tiene más que ver con Chirico que con las fotos de veraneo. Por delante de esa cámara pasaron Lynes, George Tooker, Bernard Perlin, Jared, Margaret y el propio Cadmus, desnudos o casi.

Las usaban en parte como estudio para sus cuadros, pero son mucho más que eso. Son el álbum familiar de una tribu que no podía tener álbum familiar. Y ahí, en la arena de Fire Island, está fotografiado exactamente lo mismo que Lynes montaba en su estudio de Manhattan y lo que Hockney deduciría veinte años más tarde desde Londres mirando revistas: la idea de que existe un lugar donde esto se puede hacer al sol.

Noventa y cinco años

Y luego pasó lo que casi nunca pasa en estas historias: vivió muchísimo. Cadmus murió en diciembre de 1999, a cinco días de cumplir noventa y cinco años, en su casa de Connecticut. En 1965 había conocido a Jon Andersson, antiguo artista de cabaré, y estuvo con él treinta y cinco años, hasta el final. Lo pintó y lo dibujó cientos de veces. Su hermana Fidelma, por cierto, se había casado en 1941 con Lincoln Kirstein, el hombre que fundó el ballet de Balanchine, con lo cual media historia de estos artículos acaba siendo la misma familia.

Le tocó ver el ciclo entero. Empezó siendo el pintor indecente al que la Marina descolgaba un cuadro, pasó tres décadas largas de olvido mientras el expresionismo abstracto se comía el mundo y la figuración quedaba de antigualla, y llegó a los ochenta y a los noventa convertido en un clásico venerado al que le hacían documentales y retrospectivas. En 1989, la misma Corcoran Gallery que había cedido con él en 1934 canceló una exposición de fotografías de Robert Mapplethorpe por contenido homosexual explícito. Cadmus tenía ochenta y cuatro años y estaba vivo para verlo. Cincuenta y cinco años, el mismo museo, la misma historia.

Con todo, si tuviera que quedarme con una imagen de él no sería la del escándalo ni la del anciano laureado, sino la del chaval de veintisiete años en un pueblo de Mallorca, con una bicicleta comprada en Chartres apoyada en la pared, pintando con temple de huevo un vestuario lleno de hombres que no tenía delante. Todo lo demás vino después.

Dónde ver su obra

Los derechos de Cadmus están vivos y gestionados —murió en 1999, así que hasta 2070 nada—, de modo que aquí tampoco vas a ver reproducciones. Enlaces, en cambio, hay unos cuantos y buenos.

El más completo es el del NYC LGBTQ Historic Sites Project sobre el estudio que compartió con Jared French (abre en ventana nueva), donde están The Fleet's In!, Greenwich Village Cafeteria, Gilding the Acrobats, los diseños de vestuario para el ballet Filling Station y ese Stone Blossom en el que aparecen retratados Monroe Wheeler, Glenway Wescott y el propio Lynes. Para una panorámica de su carrera, el Smithsonian American Art Museum tiene su ficha de artista (abre en ventana nueva), y la galería que lo representa, DC Moore, mantiene un fondo amplio de obra suya en línea (abre en ventana nueva).

Y por gusto puramente irónico, no te pierdas la cronología que la propia Marina estadounidense publica sobre The Fleet's In! (abre en ventana nueva), contando con toda naturalidad cómo se descolgó el cuadro, por qué casas y qué club pasó y cómo acabó siendo suyo. Del grabado que Cadmus hizo circular para vengarse hay copias en varios museos: el Philadelphia Museum of Art (abre en ventana nueva) y el Museo de Arte de la Universidad de Princeton (abre en ventana nueva) tienen las suyas fichadas y explicadas, con la corbata roja incluida.

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