El DAT: la cinta digital que no nos dejaron tener

Sonaba exactamente igual que el disco original, y ese fue precisamente el problema. La historia del casete digital que la industria discográfica frenó a base de leyes, chips y un impuesto que todavía pagamos.

Rack de grabadores DAT profesionales en un estudio de grabación de los años noventa, con frontales metálicos, pequeños indicadores luminosos y una bandeja abierta

Grabar una cinta era un oficio. No lo digo con nostalgia impostada: era literalmente una tarea que llevaba su tiempo y sus decisiones. Elegir el orden de las canciones, calcular si el último tema entraba en la cara A o se cortaba a mitad, escribir los títulos con letra apretada en aquella cartulina diminuta, y sobre todo grabar en tiempo real, cuarenta y cinco minutos por cara sin poder hacer otra cosa. Si era del disco, salía limpia. Si era de la radio, salía con el locutor hablando encima de la entrada, que es una de las grandes frustraciones colectivas de mi generación.

Lo que nadie nos contó entonces es que mientras hacíamos aquello existía ya un formato capaz de resolverlo todo. Una cinta más pequeña que la normal que sonaba exactamente igual que el disco original. Exactamente. Sin pérdida, sin ruido de fondo, sin diferencia audible entre el original y la copia.

Y ese fue justo el motivo por el que no llegó a nuestras casas.

Una cinta que sonaba igual que el disco

El DAT, Digital Audio Tape, lo presentó Sony en 1987. Por fuera parecía un casete encogido; por dentro no tenía nada que ver, porque grababa en digital con la misma calidad que un compact disc. Podías copiar un CD a una cinta DAT y obtener no una versión parecida, sino los mismos datos. Copiar esa copia a otra cinta y volver a obtener lo mismo. Y otra vez. Y otra. La copia de la copia de la copia sonaba idéntica al disco de la tienda.

Puesto así parece un avance sin más. Pero conviene recordar lo que significaba en 1987. Hasta entonces, toda copia doméstica era una degradación: la cinta que te grababa un amigo sonaba peor que su disco, y la que copiabas de esa cinta ya sonaba directamente a sótano. Esa pérdida progresiva era, sin que nadie la hubiera diseñado, la protección natural del negocio musical. El DAT la eliminaba de un plumazo.

El pánico de la industria

La reacción fue inmediata y bastante desproporcionada. La patronal discográfica americana llegó a amenazar con demandar a cualquier fabricante que se atreviera a vender aparatos DAT en el país, y consiguió retrasar la llegada del formato años enteros mientras se peleaba en los despachos. Aquello no era una campaña de opinión: era un bloqueo en toda regla a un producto que ya existía y funcionaba.

El argumento era que si la gente podía hacer copias digitales perfectas, se acabaría el mercado de la música grabada. Suena conocido, ¿verdad? Es exactamente el mismo discurso que volveríamos a escuchar con el CD grabable, después con el mp3, después con las descargas, y que sigue apareciendo cada vez que alguien inventa una manera nueva de mover archivos. La diferencia es que aquí la industria ganó la primera batalla, y el formato pagó el precio.

Porque mientras se discutía, pasaba el tiempo. Y un formato caro que además está atrapado en un conflicto legal no entra en ninguna casa.

Copycode, o cómo estropear la música para protegerla

De todas las ocurrencias de aquellos años, mi favorita es Copycode. La propuesta, que llegó a convertirse en proyecto de ley en Estados Unidos, consistía en que las discográficas metieran un pequeño agujero en el sonido de todos sus discos, un hueco en una frecuencia concreta, y que los aparatos DAT llevaran un chip capaz de detectarlo y negarse a grabar.

Léelo otra vez, porque merece la pena. La solución para proteger la música consistía en empeorar deliberadamente todas las grabaciones del mundo, para siempre, incluidas las de quienes las compraban legalmente. Un organismo oficial se puso a analizarlo y llegó a la conclusión previsible: el agujero se oía perfectamente y encima no servía para impedir las copias. La idea murió ahí.

Hay además un giro de guion que resume la época mejor que cualquier análisis. La discográfica que empujaba Copycode con más entusiasmo era CBS. Y su oposición se fue calmando de manera notable a principios de 1988, justo cuando Sony, fabricante de aparatos DAT, compró CBS Records. Cuando el enemigo pasa a ser tu propia filial, el debate se vuelve mucho más razonable.

El chip que solo dejaba copiar una vez

El acuerdo final llegó a base de ceder. Los fabricantes aceptaron incorporar a los aparatos domésticos un sistema que marcaba las copias: podías hacer una copia digital del original, pero esa copia quedaba marcada de forma que ya no se podía copiar a su vez. Una generación y se acabó. Los aparatos profesionales quedaron fuera, claro.

Y en Estados Unidos aquello acabó cristalizando en una ley que, además de imponer el sistema, estableció un recargo sobre los aparatos y las cintas vírgenes que se repartía entre la industria musical. Es decir: pagabas un extra por cada cinta que comprabas, en concepto de las copias que quizá hicieras, dieras el uso que dieras al soporte.

Cuando el camino quedó por fin despejado, a principios de los noventa, el DAT llegaba tarde y caro a un salón donde ya se veía venir el CD grabable. Nunca hubo apenas discos publicados en DAT, porque las discográficas tampoco tenían ninguna gana de editar en un formato al que le habían declarado la guerra. Un formato sin catálogo y con fama de sospechoso no tiene mucho recorrido.

Aquí lo llamamos canon

Y ahora la parte local, que tiene su punto. La idea de cobrar por adelantado un dinero sobre los soportes vírgenes en compensación por las copias que la gente pudiera hacer llegó a España en la ley de propiedad intelectual de 1987, el mismo año en que se presentaba el DAT. A partir de 1992 las cintas de audio y de vídeo empezaron a pagarlo, y de ahí saltó a los CD grabables, luego a los DVD, luego a los discos duros, a las tabletas y a los móviles. Es el canon, que sigue vivo casi cuarenta años después y que se ha discutido en los tribunales unas cuantas veces.

O sea, que aquella pelea de finales de los ochenta no fue un episodio menor de historia de la tecnología. Fue el momento en que se estableció el principio de que quien compra un aparato capaz de copiar paga por lo que podría llegar a hacer con él. Todos hemos pagado ese recargo sin pensarlo, comprando un pack de CD vírgenes para hacer copias de seguridad o un móvil para hablar por teléfono. El DAT no llegó a nuestras casas, pero la lógica que se inventó para frenarlo sí, y ahí sigue.

Fracasó en el salón y triunfó en el estudio

Lo curioso es que el DAT tuvo una carrera larguísima. Simplemente fue en otro sitio.

Los estudios lo adoptaron enseguida, porque grabar la mezcla final en digital y mandarla a la fábrica sin ninguna pérdida era exactamente lo que llevaban años necesitando. Durante la primera mitad de los noventa, prácticamente cualquier disco que compraras había pasado por una cinta DAT en algún punto del camino. Las radios lo usaron para producción, los periodistas para entrevistas, los músicos para maquetas, y los grabadores de campo se lo llevaron a rodajes y a mitad del monte porque era portátil, sonaba impecable y aguantaba lo que le echaran. Sony no dejó de fabricar aparatos hasta 2005.

Así que el resumen es que el DAT sí funcionó, solo que en un mundo profesional al que la mayoría no teníamos acceso. Es el reverso exacto de la historia del LaserDisc: aquel se quedó en el escaparate porque era caro e incómodo, y este se quedó fuera porque alguien decidió que era demasiado bueno para dejarlo suelto.

Nosotros, mientras tanto, seguimos grabando cintas de cromo en tiempo real, con el locutor pisando la primera estrofa. Y ahora sé que no era la única opción disponible: era la única que nos dejaron.

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