Sascha Schneider: desnudos en las portadas de Karl May

En 1904, las novelas de aventuras más leídas de Alemania empezaron a venderse con unas portadas insólitas: hombres desnudos, monumentales y simbolistas, dibujados por un pintor homosexual al que un chantaje acabaría echando del país.

Pintura de un hombre musculoso con manto azul y faja roja, de pie en una terraza de piedra sobre una costa mediterránea, con montañas, un faro y un cielo de nubes altas al fondo

Imagínate a un chaval alemán de 1905 sacando de la estantería la novela de aventuras del momento. Espera encontrarse a Winnetou a caballo, un desierto, una escopeta. Lo que se encuentra en la tapa es un hombre desnudo, musculado, monumental, en una postura de tragedia griega, sin sombrero ni caballo ni nada que tenga que ver con el argumento.

Aquellas portadas eran de Sascha Schneider, tenía treinta y tres años cuando las hizo y era homosexual en un país donde eso te podía costar la cárcel. Las novelas eran de Karl May, el autor más vendido en lengua alemana, el que le llenó la cabeza de indios y desiertos a varias generaciones enteras, incluidos unos cuantos que luego dieron mucho que hablar.

Es, probablemente, la operación de contrabando visual más grande que se hizo nunca en esto. Millones de ejemplares de literatura juvenil circulando por las casas de media Alemania, envueltos en desnudos masculinos alegóricos, colocados ahí por un artista que estaba pintando exactamente lo que le gustaba y que se salió con la suya porque nadie hizo la pregunta.

Un ruso criado en Zúrich que acabó en Dresde

Se llamaba Rudolph Karl Alexander Schneider y nació en San Petersburgo en 1870, en una familia alemana. De crío vivió en Zúrich y, al morir su padre, la familia se trasladó a Dresde, donde en 1889 entró en la Academia de Bellas Artes. De ahí salió pintor simbolista, en el mismo caldo que Max Klinger y Franz von Stuck, con una preferencia clarísima por la figura humana desnuda tratada como si fuera arquitectura.

Su repertorio son alegorías: la hipnosis, el odio, la verdad, la fuerza que nace, el alma. Todo encarnado en cuerpos masculinos enormes, tensos, de anatomía imposible, generalmente contra fondos vacíos o abstractos. No hay paisaje ni anécdota. Hay un cuerpo y un concepto, y el cuerpo siempre gana.

Visto hoy, es un pintor desigual. Cuando le sale bien, la contundencia es formidable; cuando le sale mal, es puro decorado teatral de la época. Pero incluso en los peores está siempre la misma obsesión sostenida durante treinta años, sin variar, y esa constancia acaba siendo la que hace la obra.

Cuadro simbolista de una figura masculina monumental y desnuda en una pose alegórica sobre fondo vacío
Der Chodem, Sascha Schneider, 1903.

El encuentro con Karl May

En 1903, Karl May fue a ver una exposición en Dresde, se quedó plantado delante de un cuadro enorme de Schneider y decidió que necesitaba conocer a aquel hombre. Le encargó una pintura mural y, medio año después, tomó una decisión sorprendente para un autor de su tamaño comercial: que la nueva edición de sus relatos de viajes llevara portadas dibujadas por él. Salieron veinticinco dibujos, que además el editor vendió aparte reunidos en una carpeta.

Ninguna de esas portadas ilustra la novela. Son alegorías del espíritu del libro, o de lo que Schneider entendía como tal, encarnadas casi siempre en figuras desnudas. Un guerrero, un ángel, un hombre encadenado, un cuerpo que se levanta. May, que en esa época estaba metido en un giro místico y filosófico de su obra y quería que lo tomaran en serio como algo más que un fabricante de aventuras, quedó encantado. Es probable que viera en aquellos desnudos la prueba de que sus libros iban de algo elevado.

Sobre la relación entre los dos se ha escrito bastante y se ha especulado más. May estaba casado y no hay ninguna prueba de nada; lo que sí hubo fue una admiración mutua intensa y una amistad que le costó disgustos a los dos. A mí lo que me interesa no es el cotilleo sino el resultado: durante años, la puerta de entrada a la lectura para cientos de miles de adolescentes alemanes fue un dibujo de hombre desnudo firmado por un artista gay. Sin subterfugio ni disimulo. En la tapa.

Portada alegórica de Durch die Wüste con una figura masculina desnuda de anatomía monumental en pose de tragedia griega, sin relación literal con el argumento del libro
Portada de Durch die Wüste, primer volumen de la serie, Sascha Schneider, 1904.
Portada alegórica de Winnetou con una figura masculina desnuda monumental en pose simbolista, sin caballo ni vestimenta de indio pese a ilustrar la novela más famosa de Karl May
Portada de Winnetou, Sascha Schneider, 1904.
Portada alegórica de Am Rio de la Plata con una figura masculina desnuda monumental en pose simbolista sobre fondo vacío
Portada de Am Rio de la Plata, Sascha Schneider, 1904.

Profesor de dibujo del natural

El éxito le valió una plaza estupenda. Por recomendación de Klinger se fue a Weimar, a la escuela de arte del gran ducado, como profesor de dibujo del natural. Su hermana Lilly se mudó allí con él y le llevaba la casa.

Merece la pena saborear el puesto un momento. El Estado alemán le pagaba un sueldo por presidir una sala donde había modelos desnudos y enseñar a otros a mirarlos correctamente. Es la coartada perfecta, la misma que vuelve una y otra vez en todos estos artículos: la academia, el gimnasio, la revista de cultura física, la sesión de fotos para artistas. Siempre hace falta un marco institucional que convierta el deseo en técnica.

La diferencia, en su caso, es que no tuvo que inventárselo. Se lo dieron hecho, con nombramiento oficial y todo, porque era muy bueno dibujando.

Un chantaje dentro de casa

Duró cuatro años. En 1908 rescindió el contrato con la escuela y se fue de Alemania. La causa fue que el pintor Hellmuth Jahn, con quien vivía, empezó a chantajearle amenazando con hacer pública su homosexualidad, castigada por el famoso parágrafo 175. Schneider se marchó a Italia, donde entonces aquello no era delito.

Hay que pararse aquí, porque esto es lo que de verdad hacía aquella ley. No se trataba solo de la policía, ni de las redadas, ni de las condenas, que también. Se trataba de que el Estado le entregaba un arma cargada a cualquiera que te conociese lo bastante bien como para saberlo. Al amigo resentido, al vecino, al empleado despedido. Y sobre todo a la persona con la que compartías la casa. El 175 no perseguía tanto como habilitaba: convertía la intimidad en una vulnerabilidad permanente y ponía el gatillo en manos de quien tuvieras más cerca.

Perdió la cátedra, el país y la vida que había construido, y no por una denuncia sino por un chantaje doméstico. En Italia conoció al pintor Robert Spies, con quien viajó por el Cáucaso; pasó medio año en Leipzig, volvió a Italia, vivió en Florencia y no regresó a Alemania hasta que empezó la Primera Guerra Mundial, para instalarse en Hellerau, cerca de Dresde.

Cuadro simbolista de Judas Iscariote, figura masculina desnuda en pose atormentada, pintado el mismo año en que su pareja le amenazó con delatarlo
Judas Iscariote, Sascha Schneider, 1908.

Kraft-Kunst, un gimnasio propio

Y entonces, después de 1918, hizo la cosa más lógica y más descarada de toda su biografía: cofundó en Dresde un instituto de culturismo. Se llamaba Kraft-Kunst, algo así como fuerza y arte, funcionaba a la manera de un gimnasio griego y allí se entrenaban algunos de los modelos que después le posaban.

Piénsalo dos segundos y verás el invento entero. Si necesitas cuerpos masculinos jóvenes y musculados delante de ti de manera regular, legal y respetable, no montes un estudio: monta una institución de educación física. Nadie preguntará nada, porque el cuerpo cultivado es un valor público, higiénico y hasta patriótico. Que además el fundador se pase el día dibujándolos es un detalle menor.

Es exactamente lo que haría Bob Mizer en Los Ángeles treinta años después con su Athletic Model Guild y su revista de cultura física, la misma que acabó llegando por correo a un estudiante inglés que luego pintaría piscinas de California. La idea llevaba décadas inventada, y quien la puso en marcha con esta claridad fue un profesor alemán de dibujo en la Alemania de entreguerras.

Mural con figuras masculinas desnudas de anatomía monumental en un ambiente atlético, pintado para la casa del club de remo de Blasewitz
Mural para el club de remo de Blasewitz, Sascha Schneider.

El parecido incómodo

Toca hablar de lo que salta a la vista en cuanto uno mira estas imágenes hoy, y sería una cobardía esquivarlo. Aquellos cuerpos heroicos, monumentales, de musculatura ideal y expresión pétrea, se parecen muchísimo a lo que el nazismo convirtió en estética oficial diez o quince años después. Arno Breker está a un paso.

Conviene tener presentes dos cosas. La primera es la cronología: Schneider murió en 1927, seis años antes de que Hitler llegara al poder, y no tuvo nada que ver con aquello ni pudo verlo venir en esa forma. La segunda es que el régimen que adoptó ese lenguaje corporal fue el mismo que endureció el parágrafo 175, mandó a miles de hombres a los campos y habría perseguido a Schneider sin dudarlo un segundo. La estética viril y clásica flotaba en el ambiente europeo de la época y bebían de ella los nudistas, los socialistas, los excursionistas, los homosexuales y los fascistas, cada uno para lo suyo.

Lo cual, más que exculpar a nadie, sirve de recordatorio incómodo: una imagen de un cuerpo perfecto no significa nada por sí sola. Significa lo que la use. El mismo desnudo heroico que a Schneider le servía para colar su deseo en la portada de una novela juvenil le sirvió después a un régimen para ilustrar la idea de una raza superior. No hay estilos inocentes ni estilos culpables, solo usos.

Lo que quedó

Murió pronto, en agosto de 1927, con cincuenta y seis años. Era diabético y sufrió una crisis a bordo de un barco cerca de Swinemünde, en el Báltico. Está enterrado en Dresde.

No hubo hoguera final como con Lynes ni escándalo que le lanzara la carrera como a Cadmus. Simplemente se fue quedando fuera de sitio: el simbolismo pasó de moda enseguida, la vanguardia iba por otro lado y su nombre quedó reducido durante décadas a una nota al pie en la bibliografía de Karl May, el señor que hizo unas portadas raras. Solo en los últimos treinta o cuarenta años se le ha empezado a mirar por lo que era.

Y sin embargo, si contamos por número de personas que vieron su obra, gana él a todos los demás de esta serie con diferencia. Lynes escondió sus desnudos en cajas y se los vendió a un instituto de Indiana. Cadmus consiguió que un cuadro suyo saliera en los periódicos. Hockney compraba una revista de veinticinco centavos que llegaba en sobre discreto. Schneider metió sus hombres desnudos en la estantería del salón de cientos de miles de familias alemanas, en el lomo de los libros que leían sus hijos, y allí se quedaron a la vista de todos durante años. A veces el mejor escondite es la tapa de un libro para chavales.

Dónde ver su obra

Aquí, por fin, buenas noticias. Schneider murió en 1927, así que su obra está en dominio público en España desde 2008 y se puede mirar, descargar y reproducir sin pedirle permiso a nadie. Después de tres artículos a base de enlaces, se agradece.

Lo mejor está en Wikimedia Commons, que tiene una categoría con obra suya (abre en ventana nueva) y, sobre todo, otra dedicada específicamente a las portadas que hizo para Karl May (abre en ventana nueva), con casi setenta imágenes: Winnetou, Der Schut, Durch die Wüste, Im Reiche des silbernen Löwen, Am Rio de la Plata. Verlas seguidas es la mejor manera de entender de qué va este artículo, porque el desconcierto es inmediato. Hay también una página de galería más ordenada (abre en ventana nueva) para quien prefiera empezar por ahí.

Para su pintura fuera de las portadas, Artvee reúne una buena selección en alta resolución (abre en ventana nueva) y WikiArt tiene otro puñado de obras (abre en ventana nueva). Y si lees alemán, la ficha del Karl-May-Wiki (abre en ventana nueva) es sorprendentemente detallada con las fechas, los encargos y los líos, cosa lógica tratándose de la enciclopedia de los fans de un escritor con más de un siglo de seguidores organizados.

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