Un peluche, seis dueños y ninguna etiqueta
Publico un nuevo relato de ciencia ficción. No hay naves, ni androides, ni mensajes de otra civilización: solo un oso de peluche que va pasando de mano en mano por Bilbao durante décadas. La rareza está en otro sitio.

Todo salió de una pregunta que no lleva a ninguna parte: ¿dónde estarán ahora los juguetes de mi infancia? No los que se rompieron, que esos tienen final conocido. Los otros. Los que se le regalaron a un primo pequeño, los que acabaron en una caja del trastero, los que alguien bajó al portal una noche porque ya no cabían en casa.
Si le das tiempo, la pregunta se convierte en otra cosa. Empiezas a pensar que esos objetos siguen existiendo, que no se han evaporado, y que la mayoría ha tenido después de nosotros una vida bastante más larga y más movida que la que tuvo con nosotros.
El relato
Sin etiqueta es el nuevo relato que publico hoy. El protagonista no es una persona: es un oso de peluche color miel, con el hocico bordado y la cabeza un poco inclinada hacia un lado. Los humanos van pasando, uno por capítulo. Eneko vaciando su habitación de Santutxu. Un crío al que le gustan los juguetes que hacen cosas. Ane, que lo compra por cinco euros en el rastro de Zorrozaurre. Un perro con un criterio muy firme sobre qué objetos de la casa le pertenecen. Una costurera de Uhagón incapaz de pasar de largo delante de algo cosido y roto.
Cada uno tiene un capítulo para existir y luego desaparece para siempre. El oso, mientras tanto, va acumulando las decisiones estéticas y sentimentales de gente que no se conoce entre sí, que es más o menos lo que nos pasa a todos.
Es ciencia ficción, aunque tarda bastante en parecerlo. Aquí no hay androides ni esferas negras ni mensajes de otra civilización: hay una historia normal de gente normal que va colocando sus piezas, y en algún punto —cada lector lo encontrará en un sitio distinto— aparece la sospecha de que esas piezas no pueden estar donde están. También se puede leer entero sin que ocurra nada extraño. Esa lectura me gusta tanto como la otra y no pienso decir cuál es la buena.
Se lee en unos quince minutos. Si al terminar te apetece volver al primer capítulo, hazlo: está escrito para eso.


