¿Desde cuándo los 2000 son un disfraz?
Escuché a unas adolescentes organizar una fiesta temática de los años 2000 y tardé un rato largo en asimilarlo. ¿Qué hace falta para que una década se convierta en disfraz, y qué demonios tienen de reconocible los 2000?

Iban tres, cuesta abajo por Zabalbide, hablando a ese volumen que solo se alcanza a los quince años, y una de ellas soltó la frase que me dejó parado en el semáforo: "pero es que yo de los 2000 no tengo nada, me lo tengo que comprar todo". Fiesta temática. Había que ir disfrazado de los años 2000. Tardé media manzana en procesarlo, y no por la fiesta, sino por el verbo: disfrazarse. De los 2000. Como quien se disfraza de mosquetero.
Lo lógico llegó enseguida, claro. Si esas chicas nacieron alrededor de 2010, los 2000 no son su pasado reciente: son directamente el mundo anterior a su existencia, un territorio del que solo tienen noticias indirectas. Para ellas, 2003 está tan lejos como para mí lo estaba 1968. Y a mí 1968 me sonaba a documental en blanco y negro. Aceptado eso, y respirado hondo, se me quedó dentro la pregunta de verdad: vale, ¿pero de qué se disfraza exactamente alguien que se disfraza de los 2000?
La distancia mínima para que algo se convierta en disfraz
Hay una especie de norma no escrita que se cumple con una puntualidad casi ofensiva: una década necesita entre veinte y veinticinco años para convertirse en atrezzo. Los 80 empezaron a ser fiesta temática justo a principios de los 2000, cuando yo tenía edad de ir a esas fiestas y de encontrarlo gracioso. Los 90 se pusieron disfrazables alrededor de 2015, con su chándal y su camisa de cuadros. Y ahora, con una puntualidad de reloj suizo, les ha llegado el turno a los 2000.
Lo llamativo es quién dicta la sentencia. Nunca la dicta el que vivió la década, siempre el que no la vivió. El que estuvo dentro no ve una estética, ve su vida: ve la chaqueta que le costó un sueldo, la canción que sonaba cuando conoció a alguien, el corte de pelo que le pareció buena idea. Hace falta alguien de fuera, alguien sin recuerdos que estorben, para mirar todo aquello desde arriba y reducirlo a cuatro rasgos caricaturizables. El disfraz es, básicamente, un resumen hecho por gente que no estaba.
Y ese resumen siempre es injusto y siempre es parcial. Ninguna década se disfraza entera: se disfraza una franja de tres o cuatro años, casi siempre de cultura juvenil, casi siempre urbana y casi siempre de clase media. Nadie va a una fiesta de los 80 vestido de oficinista de banco de 1984, que es como iba la mayor parte de la población de este país en 1984.
Los 80, la década que se dejaba dibujar
Mi infancia y mi preadolescencia están ancladas ahí, y reconozco que los 80 lo ponen fácil. Hombreras que entraban en las habitaciones antes que la persona, pelos cardados con una arquitectura que desafiaba la gravedad, colores flúor sin arrepentimiento posible, gafas enormes, calentadores, la permanente como tratamiento universal. Y en España, encima, la movida, con su punto de euforia recién estrenada, sus fanzines, su cine de Almodóvar temprano y esa sensación general de que se podía hacer cualquier cosa porque nadie había puesto todavía las normas.
Pero aquí, en Bilbao, el disfraz de los 80 tendría que ser otro. Mientras Madrid se llenaba de color, esto era negro. Cazadora, chapas, botas, y una banda sonora que no tenía nada que ver: Eskorbuto, La Polla Records, Kortatu, aquello que se llamó Rock Radical Vasco y que sonaba exactamente a lo que era el paisaje de entonces, con la ría hecha un desastre, las fábricas cerrando y una crudeza que no admitía hombreras. La misma década, dos disfraces incompatibles, y solo uno de ellos ha sobrevivido en el imaginario colectivo. Ganó el color, como suele ganar el color.
Eso ya es una pista de cómo funciona todo esto: no recordamos las décadas, recordamos la versión de las décadas que mejor se fotografía.
El disfraz casi siempre viene de fuera
El caso de los 60 lo deja clarísimo, y creo que ahí está la clave del asunto. Cuando alguien se disfraza de los 60 se disfraza de Woodstock, de flores, de melenas y de furgoneta pintada. Y eso, en la España de 1967, era ciencia ficción. Los 60 españoles reales fueron el Seat 600 cargado hasta el techo, el guateque en el salón con los padres al otro lado del pasillo, el Dúo Dinámico, Benidorm empezando a llenarse de suecas y una moral oficial que medía bañadores con vara. El hippismo llegó tarde, diluido y a unos pocos.
Con los años 20 pasa igual, y de manera aún más descarada. El disfraz existe y es potentísimo: flecos, lentejuelas, boquilla larga, charlestón, art déco, un brillo dorado que se reconoce a diez metros. Lo que pasa es que ese brillo es de Nueva York y de París, y aquí los años 20 fueron sobre todo la dictadura de Primo de Rivera. Pero da igual, porque lo que se disfraza no es la historia: es el cine. Nos disfrazamos de las películas que hemos visto sobre esa época, no de la época. El vestuario de una fiesta temática es, en realidad, una filmografía.
Por eso los 90 españoles cojean tanto como disfraz. Fuera fue grunge, camisa de leñador, Spice Girls y hip hop, y eso se puede vestir. Aquí, lo que de verdad definió la década no fue una silueta, fue un sonido: la ruta del bacalao viniendo de Valencia, el bakalao, Chimo Bayo, la máquina a todo trapo en cualquier discoteca de polígono, y las rutas de fin de semana que empezaban el viernes y terminaban donde terminaban. Los 90 aquí se recuerdan con los oídos, no con los ojos. Y lo que se oye no se puede colgar de una percha.
Entonces, ¿qué tienen los 2000?
Aquí es donde yo me atascaba, y creo que me atascaba por edad. Los 2000 me pillaron con treinta y tantos, es decir, en el momento exacto de la vida en el que uno deja de seguir la moda juvenil y empieza a limitarse a comprar ropa. Pero si me pongo, sale, y sale mucho más de lo que esperaba.
Los 2000 tienen el tiro bajo, que fue una decisión colectiva que todavía no nos hemos explicado. Tienen el chándal de terciopelo, las gafas de sol minúsculas, las mechas californianas, el cinturón ancho sobre la cadera, el piercing en el ombligo, las camisetas con mensaje, el pelo de punta con litros de gomina y, a partir de 2005, el flequillo tapando medio ojo. Tienen además algo que casi ninguna otra década española ha tenido con tanta claridad: tribus. Pijos, canis, emos, góticos, skaters, todos identificables desde la otra punta del parque y todos convencidos de despreciarse mutuamente. Un disfraz de los 2000 no es uno, son cinco, y las adolescentes de Zabalbide seguramente ya lo saben mejor que yo.
Y luego está lo español: Operación Triunfo entrando en 2001 como un rodillo, Estopa, El Canto del Loco, La Oreja de Van Gogh, el reggaetón asomando la cabeza a mitad de década, Bershka vistiendo a un país entero, el euro estrenándose en enero de 2002 y todos haciendo cuentas en pesetas durante años, y el ladrillo levantando urbanizaciones hasta en los sitios más improbables.
La estética de los 2000 no está en la ropa, está en la foto
Esta es la conclusión a la que llegué y la que más me convence. Cada década tiene una textura visual, y la de los 2000 no la puso la costura: la puso la cámara compacta digital. Flash directo y sin piedad, caras sobreexpuestas, ojos rojos, fondo negro tragándoselo todo, el brazo estirado sosteniendo el aparato en un ángulo imposible y la correa colgando de la muñeca. Esa es la imagen. Ese es el filtro mental que tenemos todos de aquellos años.
A eso súmale los objetos, que en una fiesta temática valen más que la ropa: el móvil de tapa que se cerraba de golpe para colgar con dramatismo, el iPod blanco con sus auriculares blancos que eran un anuncio andante, el MSN Messenger con el zumbido y el nick críptico dedicado a alguien, el Fotolog primero y Tuenti después. Los 2000 se disfrazan con accesorios más que con prendas, y por eso cuesta verlos: la estética no la llevábamos encima, la llevábamos en el bolsillo.
Lo que de verdad cambió y no se ve a simple vista
Cuesta señalar qué ha cambiado exactamente desde entonces, porque a simple vista no parece que haya cambiado tanto. Yo creo que la frontera está exactamente entre 2007 y 2010, y que es la más gorda que ha habido en mi vida adulta. Los 2000 son la última década sin teléfono inteligente, la última en la que quedabas a una hora en un sitio y aparecías, porque no había manera de avisar de que llegabas tarde. La última en la que perderse por una ciudad era el estado natural del turista. La última en la que descargar una canción llevaba veinte minutos y a veces resultaba ser otra canción.
Por eso los 2000 parecen tan cercanos y son tan antiguos a la vez. Las fotos se parecen a las de hoy, la ropa casi vuelve a estar en las tiendas, pero la manera de pasar el día no tiene nada que ver. Y esa parte, que es la importante, no hay forma de disfrazarse de ella.
Y aquí, además, cambió otra cosa
Hay una razón por la que a mí los 2000 me resultan cualquier cosa menos irrelevantes, aunque no sepa qué ponerme para ir a la fiesta. En julio de 2005 este país aprobó el matrimonio igualitario, y lo hizo antes que casi todo el mundo, en un movimiento que a mucha gente de fuera todavía le sigue pareciendo inexplicable. Yo tenía treinta años largos y me acuerdo perfectamente del ruido de aquellos meses, de las declaraciones, de las portadas, y de lo raro que era ver discutido en el telediario algo que hasta entonces no se nombraba en voz alta.
En paralelo pasó lo otro, lo cotidiano: los cuerpos se hicieron visibles. Apareció la palabra metrosexual, el gimnasio dejó de ser cosa de deportistas, la depilación se normalizó, Chueca se convirtió en marca y aquí las cosas también se movieron. Los 2000 fueron la década en la que dejamos de estar entre líneas para estar en el escaparate, con todo lo bueno y todo lo comercial que eso trajo.
Así que sí, resulta que los 2000 son enormemente representativos. Lo que pasa es que su marca no es textil, es cívica. Y una fiesta temática nunca va a poder reflejar eso, igual que un disfraz de los 60 no refleja lo que era vivir en 1967 en España.
¿De qué se disfrazará alguien en 2046?
La pregunta que me queda es hacia adelante. De los 2010 saldrá fácil: barba de leñador, gafas de pasta sin graduar, tatuaje geométrico, café de especialidad, selfie con filtro naranja y la primera generación que aprendió a posar. Eso se disfraza solo.
Pero, ¿y estos años? Ahora mismo conviven doce estéticas a la vez, todas a un scroll de distancia, todas nacidas y muertas en cuatro meses. No hay una silueta dominante porque el algoritmo nos sirve todas simultáneamente y en porciones individuales. Puede que dentro de veinte años sea imposible disfrazarse de 2026. O puede que el disfraz sea precisamente ese: aparecer en la fiesta con cinco estilos incompatibles puestos a la vez y el móvil en la mano.
Mientras tanto, sigo con la escena en la cabeza. Tres chicas bajando hacia el centro, planificando cómo vestirse de una época que para mí es prácticamente anteayer y en la que ya era un adulto con hipoteca. No les dije nada, evidentemente. Pero me quedé con ganas de avisarles de dos cosas: que el tiro bajo era mucho más bajo de lo que se imaginan, y que si de verdad quieren clavarlo, lo que necesitan no es ropa, es una cámara con flash y ningún cuidado al disparar.


