Qué pasa cuando el lector paga la imprenta: de Boy Meets Boy a The Young Protectors
Una estudiante de química mexicana colgando una tira gay gratis a diario en 2000, y un cineasta que se pasó al cómic porque el cine era demasiado caro y consiguió que sus lectores le financiaran la imprenta multiplicando por diez lo que pedía. Trece años entre una cosa y la otra, y dos maneras opuestas de entender lo mismo.

Escribiendo sobre Boy Meets Hero dejé anotado que aquel camino —el de publicar cómic gay saltándose a todo el mundo— daba para su propio artículo. Este es.
Y arranco reconociendo algo que me descoloca un poco. En aquel otoño de 1999 en Amsterdam, para encontrar un libro de ilustración gay tuve que coger un tren, entrar en una tienda física y hojearlo de pie entre estanterías, porque internet iba a la velocidad que iba y no había prácticamente nada. Menos de un año después, al otro lado del Atlántico, una estudiante universitaria colgaba gratis en la red una tira diaria protagonizada por dos hombres enamorados, y decenas de miles de personas la leían cada mañana. Las dos cosas ocurrieron casi a la vez. Yo solo me enteré de una.
Una estudiante de química criada entre telenovelas
Boy Meets Boy empezó el 22 de septiembre de 2000 en Keenspace, el portal gratuito de webcómics que en aquellos años funcionaba como una industria en miniatura, y se publicó sin interrupción hasta enero de 2004. La firmaba entonces K. Sandra Fuhr, aunque hoy la autora firma como Stan Stanley; usaré ese nombre de aquí en adelante.
La historia va de Mikhael y Harley, dos chicos que viven juntos en un piso desproporcionadamente grande porque se lo alquila barato su casera, que resulta ser hija de Satanás. Ese es el tono: comedia costumbrista con demonios de fondo, referencias a Blink 182 y arañas domésticas bautizadas con nombres de personajes de Buffy. Y un reparto que, visto desde 2026, sigue siendo notable: había personajes gays, bisexuales, uno asexual y un hombre trans, todo eso publicado entre 2000 y 2004, cuando en el cómic mayoritario aún costaba encontrar a un solo secundario que no fuera heterosexual.
Ella misma explicó de dónde venía el instinto narrativo, y me parece el mejor dato de toda la historia: se crió viendo telenovelas mexicanas en familia, y de ahí sacó tanto el gusto por el melodrama como la costumbre de que las tramas se cierren pase lo que pase. Es mexicana. O sea que uno de los cómics queer más leídos de la primera red no salió de ningún circuito anglosajón consolidado, sino de alguien que había aprendido a contar historias delante de la tele de casa.
Gratis, y en serio
Lo que hace que su caso siga siendo interesante es que no había ningún plan detrás. En una entrevista de la época lo dejó claro sin adornos: no lo hacía para ganar dinero, el cómic iba a ser siempre gratuito, y lo dibujaba para descargar la tensión de las clases. Porque a la vez estaba estudiando química. Aceptó entrar en Keenspot y vender algunas láminas porque un dinero extra ayudaba a pagar los libros y la matrícula, pero descartaba de plano que aquello pudiera ser su forma de ganarse la vida.
Y sin embargo, funcionó por completo. Sus propios colegas de oficio le dieron el premio al mejor cómic romántico de la red en 2003, después de dos nominaciones seguidas. Es decir: reconocimiento profesional pleno, ganado sin editorial, sin quiosco, sin distribuidor y sin cobrar un céntimo por lo que de verdad importaba, que era el cómic.
Hay un detalle final que complica la moraleja, y prefiero contarlo. Con el tiempo la autora se distanció bastante de Boy Meets Boy: acabó cansada de la historia y de los personajes, y entre sus lectores es sabido que el tema no le hace ninguna gracia. Publicar gratis y sin ataduras no la libró de terminar hartándose de su propia obra más famosa. Siguió haciendo cómic durante décadas, incluso ya con editorial y en papel, pero aquel primer éxito quedó atrás como algo de lo que no le apetece hablar.
Nazario ya lo había hecho, y bastante más fuerte
Conviene frenar aquí un momento, porque si alguien lee esto pensando que en el año 2000 se inventó algo, tiene el contraejemplo en casa. En 1980, veinte años antes de la primera tira de Boy Meets Boy, Nazario publicaba Anarcoma en El Víbora: una detective travesti, explícita, sexual y sin la menor intención de pedir perdón, en un país que acababa de salir de donde acababa de salir. Comparado con aquello, una comedia doméstica sobre dos chicos que discuten por el alquiler es un té con pastas. Si lo que medimos es atrevimiento, aquí no hay discusión posible.
Pero hay tres diferencias que no son de contenido y que me parecen decisivas. La primera es el registro. Nazario trabaja desde la transgresión: lo queer aparece como golpe contra la norma, y ahí están su fuerza y su intención. Stanley trabaja desde la normalidad: sus personajes se quieren, se pelean y tienen amigos rarísimos, y nada de eso es el conflicto de la historia. Que la homosexualidad deje de ser el tema y pase a ser el decorado no es mejor ni peor, pero es otro movimiento.
La segunda es a quién llegaba. Anarcoma salía en una revista adulta de contracultura que compraba en buena medida un público underground heterosexual, para el que aquello funcionaba también como exotismo. Boy Meets Boy lo leían gratis, desde su cuarto y sin pasar por ningún mostrador, chavales queer de medio mundo que no tenían que comprar una revista de adultos delante de nadie. Eso no es un detalle logístico: determina qué se cuenta y para quién.
Y la tercera es la que sostiene este artículo entero. Nazario tenía editor. El Víbora y La Cúpula dijeron que sí, y podrían haber dicho que no. Alguien con despacho decidió que aquello tenía mercado. Ese es exactamente el permiso que desapareció después, y por eso la novedad de todo lo que vino luego nunca estuvo en los personajes: estuvo en quién tenía que autorizarlos. Lo cual lleva directamente al segundo protagonista de este artículo, que se topó con ese mismo permiso en otro sitio.
El cineasta que se pasó al cómic porque el cine era carísimo
Ocho años después de que arrancara Boy Meets Boy aparece el otro protagonista de este artículo, y viene de un sitio completamente distinto.
Alex Woolfson lo ha contado muchas veces: de crío le gustaban la ciencia ficción y el cine de acción, pero nunca encontró lo que de verdad quería ver, que era género del bueno con héroes de verdad a los que además les gustaran los hombres. Concluyó que si quería esas historias tendría que hacerlas él, y se metió a cineasta —que sigue siendo su oficio—, hasta que se dio de bruces con la aritmética: la ciencia ficción en imagen real cuesta un dineral, financiársela él era imposible, y la probabilidad de que Hollywood pusiera un presupuesto grande detrás de un protagonista gay era, siendo generosos, remota.
Así que se pasó al cómic. No por vocación de historietista, sino porque era el único medio en el que podía costear la historia que quería contar. Es exactamente el mismo movimiento que hizo Tagame en Japón entrando por una revista que no era la suya: no se elige el sitio, se entra por donde queda hueco.
Su primera obra larga, Artifice, la serializó gratis en su web —bautizada, cosas de la vida, Yaoi 911, lo cual tiene su gracia sabiendo que en Tokio se había fundado una revista entera para huir de esa misma etiqueta— y cuenta la historia de un androide asesino que se enamora del joven al que debe matar. Después llegó The Young Protectors, sobre un superhéroe adolescente que no ha salido del armario y su relación conflictiva con un supervillano bastante mayor que él.
Doce mil euros en dieciocho horas
Y aquí está la diferencia estructural con Stanley, que es lo que de verdad me interesa de este díptico. Woolfson no dibuja. Escribe, y paga a profesionales de la industria para lo demás: un dibujante que ha hecho páginas para Marvel y DC, una colorista nominada a los Harvey. Su cómic gratuito en la red no es el trabajo de una persona a ratos libres: es una producción con nóminas.
De ahí que en junio de 2013 lanzara un Kickstarter para financiar la edición en papel del primer arco. Pidió catorce mil dólares. Los tenía en menos de dieciocho horas. Cuando la campaña cerró llevaba 133.640 dólares aportados por 2.462 personas, casi diez veces el objetivo, sin haber cedido ni un gramo de control editorial a cambio. El tomo resultante acabó nominado a un premio Hugo en 2015, que es el galardón grande de la ciencia ficción y la fantasía, muy lejos ya de cualquier circuito específicamente gay.
Dos economías opuestas para la misma idea
Puestas una al lado de la otra, estas dos historias no son la misma cosa a distinta escala. Son casi opuestas.
Stanley publicó gratis y renunció explícitamente a monetizarlo. El cómic no le debía nada a nadie: si un día le apetecía otra cosa, cambiaba de cómic, y de hecho lo hizo varias veces. La contrapartida es que aquello nunca pudo ser un oficio, y que el reconocimiento del gremio no se traduce en poder pagar el alquiler.
Woolfson convirtió al lector en su financiador. Y con el dinero del lector contrató a gente con currículum de Marvel para hacer un cómic gay que ninguna editorial de Marvel habría publicado nunca en esos términos. Es un logro enorme, y conviene ver también lo que trae dentro: cuando 2.462 personas han pagado por anticipado, uno ya no dibuja para descargar la tensión de las clases. Hay un tomo que entregar, un calendario que cumplir y una comunidad esperando. La independencia respecto del editor se compra asumiendo una obligación con un público que ha puesto el dinero antes de ver el producto.
Ninguno de los dos modelos me parece superior al otro. Lo que sí me parece es que ambos atacan el mismo problema de fondo, el del permiso que hizo falta para que existieran Anarcoma y todo lo demás. La red lo eliminó en dos tiempos: primero permitió publicar sin pedirlo, y trece años después permitió cobrar sin pedirlo tampoco.
Dónde queda Boy Meets Hero en todo esto
Ahora se entiende mejor por qué el cómic con el que abrí este hilo ocupa el sitio que ocupa. Chayne Avery y Russell Garcia colgaron Boy Meets Hero gratis en 2005, justo entre las dos fechas de este artículo, y financiaron su edición en papel vendiendo doscientas copias firmadas desde su propia casa con un botón de PayPal. Ya no era solo publicar gratis, como Stanley. Todavía no era hacer que la multitud pagara la imprenta, como Woolfson. Era el paso intermedio exacto: cobrar directamente, pero de uno en uno.
En trece años, el camino paralelo pasó de ser una curiosidad de aficionados a producir tomos nominados a los premios grandes del género. Y a mí me queda la sensación rara de haber vivido ese tramo entero sin enterarme de casi nada, buscando en tiendas de otras ciudades lo que llevaba años colgado gratis en una web a la que solo había que saber llegar.


