Gengoroh Tagame empezó publicando en una revista para mujeres porque no había otro sitio
En los ochenta ninguna revista gay japonesa publicaba cómic. Un adolescente que quería dibujar historias entre hombres solo tenía una puerta abierta, y era la del yaoi. De ahí salió el autor que acabó fundando la revista contraria, tendiendo un cable con Tom of Finland y ganando un Eisner con un tebeo sin una sola escena explícita.

A este señor llegué al revés. Primero el discípulo y después el maestro: fue escribiendo sobre Jiraiya cuando me topé con el nombre de quien había fundado la revista donde aquel se hizo un hueco y de quien le cedió las portadas. Prometí entonces dejarlo para más adelante. Aquí está.
Y de paso me toca corregir una cosa que di por buena en aquel artículo, y también en el que escribí sobre Tom of Finland. Yo daba por hecho que la fantasía del hombre grande, velludo y corpulento había brotado por separado en el norte de Europa y en Tokio, dos coincidencias paralelas sin contacto entre sí. No fue así. Hubo un cable tendido entre las dos orillas, y lo tendió a mano este hombre.
Empezó por la puerta equivocada porque no había otra
Gengoroh Tagame nació en Kamakura en 1964. A los trece años ya dibujaba cómic pornográfico, después de leer a Sade y de dar con una revista que reimprimía material de fanzines japoneses de temática sadomasoquista. Él mismo ha explicado que descubrió su interés por el sadomasoquismo antes de saber que era gay, lo cual me parece un orden poco habitual y bastante revelador de por dónde entró al asunto. La confirmación de lo segundo llegó en el instituto, con un enamoramiento de un compañero de clase, y después vino la Universidad de Arte de Tama, donde estudió diseño gráfico y donde salió del armario.
Con todo eso encima, siendo todavía estudiante de instituto, quiso publicar. Y aquí está el dato que lo explica todo y que a mí se me había escapado: en aquel momento las revistas gays japonesas no publicaban manga. Ninguna. Llevaban fotografías eróticas, relatos y anuncios de contactos, pero cómic no. La única cabecera donde uno podía ver historias dibujadas entre hombres era el circuito del yaoi, revistas hechas mayoritariamente por mujeres y para lectoras, con un imaginario romántico e idealizado que tenía poco que ver con la vida real de ningún homosexual japonés.
Así que Tagame mandó su trabajo allí, a June, y allí debutó. No por afinidad estética, sino porque era literalmente el único sitio donde su dibujo cabía. Que años más tarde fundara la revista que venía a llevarle la contraria a esa estética no es una paradoja pintoresca: es la consecuencia lógica de haber tenido que empezar en el único hueco disponible.
La cadena que empieza en una revista comprada a los trece
A los trece años, además del Sade y los fanzines, Tagame se había topado con Sabu, una de las revistas gays japonesas de la época. Ha contado que no sabía todavía qué significaba aquello exactamente, pero que reconoció al instante que era lo que llevaba buscando. En 1987 empezó a publicar cómic erótico precisamente ahí, en la misma revista que le había abierto los ojos de crío.
Y en esa misma revista, a finales de los ochenta, un veinteañero de Sapporo que trabajaba de diseñador se quedó enganchado mirando sus dibujos. Ese chaval acabaría llamándose Jiraiya y heredando sus portadas quince años después. La transmisión completa del género japonés cabe en esa cadena: una revista que un adolescente compra sin saber muy bien qué es, un autor que aprende ahí y luego publica ahí, y un lector de ese autor que termina ocupando su sitio.
El salto en firme le llegó con El hombre juguete, serializado en la revista Badi entre 1992 y 1993, que al recopilarse en libro funcionó lo bastante bien como para permitirle dedicarse a esto a tiempo completo. En 1995 cofundó G-Men, con la idea explícita de abrir espacio a la fantasía del hombre adulto y corpulento frente a la deriva estilizada que dominaba el panorama.
El cable con Helsinki, y lo que había antes del cable
Aquí llega la corrección que anunciaba al principio, y tiene una primera parte que no me esperaba. Antes de que existiera ningún contacto formal, en las revistas gays japonesas ya aparecían de vez en cuando dibujos de Tom of Finland o de Colt. Publicados sin autorización de nadie. Piratería pura, en un país que estaba a miles de kilómetros y sin ningún canal legal por el que aquello pudiera circular.
Lo que hizo Tagame a mediados de los noventa fue convertir ese goteo clandestino en una relación de verdad. Intercambió obra con el artista estadounidense Richard Hawkins, y ese gesto metió manga gay japonés en el archivo de la Tom of Finland Foundation y, en dirección contraria, metió a Tom of Finland en las páginas de G-Men con todas las de la ley. Llegó a organizar un número especial de la revista dedicado por completo a su obra. Nunca ha ocultado esa influencia, y la cita junto a la de la revista de cuero estadounidense Drummer como una de las que le formaron el ojo. Décadas después, cuando Tom of Finland tuvo por fin exposición en Japón, la muestra paralela de autores japoneses influidos por él incluía obra suya, cómo no.
O sea que aquel librito que compré yo en una tienda de Amsterdam en 1999 y los tomos japoneses que fui encontrando después no pertenecen a dos historias paralelas que se parecen por casualidad. Pertenecen a la misma historia, y hubo alguien encargándose de que se conectaran.
Una palabra que él no quiere
Aprovecho para enmendar otra cosa que llevo usando con demasiada alegría. A este género lo llamamos aquí bara, y es el término que ha cuajado fuera de Japón. Tagame lo ha criticado abiertamente por su carga peyorativa —aunque después haya matizado que resulta cómodo para describir cierto tipo de cuerpo— y prefiere hablar de gei-comi, cómic gay, sin más.
Me parece un matiz que dice bastante. El nombre con el que conocemos el género fuera de su país no es el que usan dentro, y encima arrastra un desprecio de origen. Es exactamente el mismo mecanismo por el que tantas etiquetas nuestras nacieron como insulto ajeno antes de que alguien decidiera quedárselas. La diferencia es que aquí el interesado no se la ha quedado.
Del archivo al prime time
Hay una parte de su trabajo que no es dibujo y que a mí me parece igual de importante. Tagame se convirtió también en historiador de su propio medio, con una serie de antologías dedicadas a documentar y rescatar a generaciones enteras de ilustradores eróticos japoneses que, sin ese esfuerzo, se habrían perdido sin dejar rastro. Fundar una revista, dibujarla y encima catalogar el género completo para que no se evapore es un recorrido que muy poca gente completa.
Su obra explícita empezó a cruzar fronteras en 2013, con la primera antología en inglés de su trabajo erótico, presentada al público occidental como la de uno de los padres de la estética osa contemporánea. Y entonces, en 2014, hizo lo que menos encajaba. Empezó a publicar El marido de mi hermano, un cómic sin una sola escena explícita sobre un padre soltero japonés al que se le presenta en la puerta de casa el marido canadiense de su hermano gemelo muerto, con quien nunca llegó a reconciliarse. Una historia sobre la homofobia doméstica, la familia y la culpa, contada con una ternura que nadie que conociera solo su obra anterior habría anticipado.
Le llovieron los premios, incluido un Eisner en 2018, y la NHK, la televisión pública japonesa, lo adaptó ese mismo año en un especial de tres episodios. Pero lo que a mí me convence de que no fue un capricho pasajero es lo que vino después: siguió por ahí, con una historia sobre un adolescente gay y las dificultades de crecer siéndolo. Preguntado por el giro, su explicación es de una sencillez desarmante: dibuja lo que a él le gustaría leer. Es el mismo motivo de siempre. Lo único que cambió fue qué hueco le faltaba por llenar.
Dos maneras de usar un nombre falso
Cierro el díptico con lo que más me llama la atención al ponerlos uno al lado del otro. Los dos firman con seudónimo, pero lo usan para cosas opuestas. El de Jiraiya es un muro: le permite dibujar cuerpos expuestísimos sin enseñar el suyo, sin dar la cara y sin que su vida civil de diseñador publicitario se entere de nada. El de Tagame es simplemente un nombre profesional: detrás de él salió del armario en la universidad, da entrevistas, aparece en museos y firma los créditos de una serie de la televisión pública.
No creo que uno de los dos caminos sea más honesto que el otro; las circunstancias de cada uno son suyas y nadie tiene por qué justificarlas. Pero juntos dibujan bien la distancia entera que puede recorrer un género que empezó siendo un adolescente mandando dibujos a la única revista que se los aceptaba, precisamente por ser la revista equivocada.


