Boy Meets Hero empezó en la red en 2005, y yo no tenía ni idea
Llevo años con la edición de Bruno Gmünder de Boy Meets Hero en la estantería creyendo que era un cómic suelto. Resulta que es el capítulo de en medio: empezó gratis en la red en 2005, se financió con doscientas copias firmadas vendidas por PayPal, y siguió publicándose por libre años después de que el libro ya estuviera en las librerías.

En la balda de los cómics tengo la edición de Bruno Gmünder de Boy Meets Hero, comprada dentro de un pack del que ya ni me acuerdo, junto a un tomo de Patrick Fillion y otro de parodias de carteles de cine. Lo leí una vez, hace años, y lo archivé mentalmente con una frase de esas que uno se dice y no revisa nunca: mejor dibujo que guion. Ahí se quedó, sin más ceremonia, entre libros que sí me habían removido algo.
Resulta que me equivocaba en algo bastante más básico que en el juicio. Ese libro no es el principio de nada. Es el capítulo de en medio.
La página que ya conocía, fechada en 2005
Lo descubrí de la peor manera posible para el orgullo propio: buscando otra cosa. Acabé en la Wayback Machine, en una captura de la web personal de dos tipos de Albuquerque, y me encontré delante una página de cómic colgada en internet en 2005. Un locutor de televisión ficticio, Carsen Knightly, presenta desde un programa llamado Access Hero World a Sunstar y Blue Comet, los superhéroes más populares de Golden Bay City, que llevan un año defendiendo la ciudad después de haber sido elegidos a dedo por Captain Cosmos para sucederle tras treinta años en el puesto.
Tardé unos segundos en entender por qué me sonaba tanto. Me levanté, saqué el tomo de la balda, lo abrí por la primera página y era exactamente la misma. Viñeta a viñeta, bocadillo a bocadillo. La página con la que arranca el libro que tengo desde hace años llevaba tres años colgada gratis en la web de sus autores antes de que existiera ninguna edición en papel, y yo la había leído sin la menor sospecha de que estaba entrando por la mitad de una historia mucho más larga que la que contaba el propio libro.
Hay algo raro en esa sensación. No es descubrir un cómic nuevo, es descubrir que el que tenías era otra cosa. Como enterarte de que la casa donde has vivido veinte años tenía un piso más.
Dos tipos, un lápiz y un botón de PayPal
Chayne Avery y Russell Garcia son pareja desde 1993 y viven en Albuquerque, Nuevo México. Chayne dibuja a lápiz, Russell colorea. Empezaron Boy Meets Hero sin editor, sin revista y sin ningún Sebas Martín que les abriera hueco en un catálogo: montaron su web, colgaron la primera página y siguieron colgando.
El salto al papel tampoco llegó de la mano de ninguna editorial. Imprimieron ellos mismos una edición numerada y firmada de doscientas copias y la vendieron directamente desde su propia web con un botón de PayPal, sin intermediarios, sin distribuidor y sin adelanto de nadie. Doscientas. Un número lo bastante pequeño como para que cada ejemplar saliera de su casa con una firma hecha a mano y un número escrito encima.
Cuando aquella tirada se agotó —o en paralelo, esa fecha exacta no la tengo— el título entró en el catálogo de Bruno Gmünder, la editorial alemana especializada en cómic gay que también publicaba en tapa dura a Patrick Fillion, aunque Fillion tuviera su propio sello, Class Comics, en Canadá. Ahí es donde Boy Meets Hero acaba empaquetado junto a él en la colección que compré yo. La edición que tengo en la balda, por tanto, es el eslabón comercial de una cadena que empezó con dos personas financiándose el tebeo a pulso y vendiéndolo copia a copia.
Lo que cuenta el tebeo, releído sabiendo esto
Vuelvo entonces a mi frase de hace años. Blue Comet defiende Golden Bay City junto a Sunstar hasta que aparece Justin, el hermano de ella, y le desmonta la vida ordenada de superhéroe: acaba siendo un tipo con dos identidades secretas en lugar de una. Esa es la premisa, y contada así suena a lo que me pareció entonces, un melodrama de capa con buen lápiz.
Pero el chiste del título deja de ser un chiste cuando sabes desde dónde se publicó. Boy Meets Hero no está usando la doble identidad como excusa romántica: la está usando literalmente, en el género que inventó el armario como recurso narrativo y que tardó cuarenta años en dejar salir a Northstar. Un superhéroe con dos secretos, uno de los cuales es el de siempre y el otro es a quién quiere, publicado en abierto por dos hombres que llevaban doce años juntos y que no le pidieron permiso a nadie para contarlo.
Sigue teniendo mejor dibujo que guion, no me voy a poner ahora a defender lo que no me convenció. Pero el guion pesa distinto cuando sabes que no había un editor detrás midiendo hasta dónde se podía llegar.
La serie siguió sin necesitar el libro
Y llegamos a la parte que de verdad me hizo reescribir todo esto. El libro salió en 2008. El cómic no se detuvo ahí: en enero de 2009 arrancó The Further Adventures of Blue Comet and Fusion, bajo su propia productora, Boy Meets Hero Comics, LLC, con entregas semanales gratuitas —Giant Size Heroes, Brand New Day, Robot Attack y un par más— durante cinco semanas seguidas. Cinco semanas de cómic regalado en su propia web un año después de que su propio libro estuviera ya en las librerías, cobrando.
La portada de ese primer número es lo mejor de todo el asunto, y merece que uno se pare en ella. Reproduce, casi elemento por elemento, la mítica portada de Giant-Size X-Men #1 de 1975, esa en la que el equipo nuevo revienta el cartel del equipo viejo. Le ponen crédito explícito, "after Kane and Cockrum", porque el homenaje va en serio. Donde el original marcaba cincuenta centavos, ellos ponen 0¢. Y en la esquina, donde durante décadas fue obligatorio estampar el sello del Comics Code Authority, colocan uno idéntico rebautizado como "Approved by the Gay Comics Code Authority".
Conviene medir bien ese gesto. El Comics Code fue el organismo que prohibió durante décadas cualquier atisbo de homosexualidad en el tebeo americano, el mismo aparato de censura que explica que Marvel tardara lo que tardó en dejar que Northstar dijera en voz alta lo que todo el mundo sabía. Aquí, en 2009, dos autores sin editorial ni distribuidor le cuelgan a su propio cómic un sello de aprobación que se aprueba a sí mismo, gratis, en su propia web, en la portada de un homenaje a los X-Men. No hay manifiesto, no hay editorial de apertura, no hay reivindicación explicada. Hay una esquina de una portada haciendo el mismo trabajo que haría un artículo entero.
Dentro del número hay una escena que va por el mismo camino. Un compañero de trabajo bromea, incómodo, sobre si Blue Comet y su pareja "van a hacer algo gay" en la ducha después del turno, y la respuesta llega seca: ser gays no significa estar todo el rato encima de cualquiera. Un chiste de vestuario convertido, sin subrayarlo y sin ponerse solemne, en réplica al estereotipo más cansino del género. Cosas que se pueden escribir cuando no tienes que pasar el guion por ninguna mesa.
Ni el primero ni el último en hacerlo así
No fueron un caso aislado, conviene decirlo. Cinco años antes de esa primera página, K. Sandra Fuhr ya publicaba Boy Meets Boy a diario en Keenspace, el portal gratuito de webcómics que por entonces funcionaba como una industria en miniatura, y llegó a ganar un premio votado por sus propios colegas de oficio sin haber pasado nunca por un quiosco. Y ocho años después, Alex Woolfson financió por Kickstarter la edición en papel de The Young Protectors, su webcómic de superhéroe gay, multiplicando por diez lo que pedía y sin ceder ni un gramo de control editorial a cambio. Ese camino, el de la publicación queer que se salta al intermediario, da para su propio artículo y probablemente acabe teniéndolo. Boy Meets Hero es el punto de en medio: ya no solo publicar gratis, todavía no dejar que la multitud pague la imprenta. Dos personas vendiendo doscientos ejemplares firmados desde el salón de su casa.
Lo que tengo realmente en la balda
Así que el objeto que llevaba años ignorando no es un cómic suelto con mejor dibujo que guion. Es el fragmento intermedio de un proyecto que nació libre en la red en 2005, se autofinanció a base de doscientas firmas, pasó por una editorial alemana para llegar hasta mi estantería dentro de un pack, y siguió publicándose gratis años después sin que el libro le hiciera ninguna falta. Ni webcómic que se recopila y termina, ni cómic de editorial con vida digital de propina: las dos cosas a la vez.
De todo lo que ha pasado por esta etiqueta, este es el título que menos dependió en ningún momento de que alguien de fuera diera el visto bueno. Y esa es, al final, la corrección que me interesa. No he cambiado de opinión sobre el guion. He cambiado de opinión sobre qué estaba leyendo: no un producto que me llegó, sino el trozo que me tocó ver de algo que llevaba años existiendo por su cuenta y que iba a seguir existiendo sin mí.


