El cambio de hora no me quita el sueño, pero sobra
Esta noche volvemos al horario de invierno en un cambio de hora que iba a ser el último y no lo es. No me molesta, no noto nada, pero me parece una costumbre arcaica que deberíamos jubilar. Y puestos a elegir, me quedo con el horario de verano.

Esta madrugada del sábado 24 al domingo 25 de octubre, a las tres, volverán a ser las dos. Otra vez. Durante meses se repitió que este sería el último cambio de hora en España, porque el calendario oficial que publicó el BOE terminaba justo aquí, en octubre de 2026. Hubo titulares, hubo tertulias y hasta el Gobierno llevó a Bruselas, en octubre del año pasado, la propuesta de acabar de una vez con esta costumbre (abre en ventana nueva).
Pues no, no será el último. La Comisión Europea publicó en marzo el calendario de cambios hasta 2031 (abre en ventana nueva), y el Consejo de la Unión Europea sigue sin tomar una decisión ni fijar una fecha para tomarla. Casi todo el mundo está de acuerdo en que el cambio sobra, pero nadie se pone de acuerdo en qué hora quedarse. Así que aquí estamos, un otoño más, con la misma liturgia de siempre.
No voy a explicar de dónde viene ni cómo funciona, porque eso ya lo sabemos todos de memoria. Lo que quiero es hacer una confesión poco popular: a mí el cambio de hora no me molesta. Y, aun así, creo que habría que eliminarlo.
Cuando cambiar la hora era una expedición por toda la casa
Hubo un tiempo en que el cambio de hora era una tarea doméstica. El domingo por la mañana tocaba recorrer la casa reloj por reloj: el despertador de la mesilla, el reloj de la cocina, el de pulsera, el del vídeo con sus números verdes parpadeando, el del horno. Cada uno tenía su propio método, su botoncito escondido y su manera particular de resistirse.
Y siempre se escapaba alguno. Ese reloj olvidado te regalaba durante días pequeños momentos de desconcierto. Mirabas la hora en la cocina y te entraba el pánico de llegar tarde, o descubrías a media tarde que llevabas todo el día viviendo con una hora de más. Lo del coche merece capítulo aparte: había quien pasaba medio año con la hora mal y sumando o restando mentalmente cada vez que arrancaba.
Hoy todo eso ha desaparecido casi sin que nos demos cuenta. Te despiertas el domingo y el móvil, el reloj inteligente, el ordenador y hasta la tele ya han hecho el trabajo en silencio mientras dormías. Lo único que notas es que quizá has dormido un poco más, o que el cuerpo te pide levantarte un rato antes de lo que marca la pantalla.
Quedan, eso sí, los irreductibles: el microondas, el horno, algún despertador antiguo o el reloj del salpicadero. Pero ya no es una expedición, es un recado menor. Incluso tiene su gracia descubrir, semanas después, que el microondas sigue viviendo en el horario de verano como un pequeño rebelde.
El sueño y el cambio de hora: una relación sin dramas
Cada año, por estas fechas, aparecen los artículos que alertan de los efectos del cambio de hora sobre la salud: alteraciones del sueño, irritabilidad, falta de concentración, desajustes en el ritmo circadiano. Los leo con curiosidad y con cierta perplejidad, porque yo no noto absolutamente nada. Ni el lunes siguiente ni la semana después.
Y me cuesta creer que un simple cambio de una hora tenga efectos tan serios en la mayoría de la gente. Seamos sinceros: a lo largo del año todos nos acostamos alguna noche una hora más tarde de lo habitual. Se alarga una cena con amigos, una fiesta se complica, la película de turno dura más de lo prometido o el partido se va a la prórroga. Al día siguiente dormimos algo menos, arrastramos un poco de sueño y la vida sigue. Nadie escribe un estudio sobre eso ni sale en el telediario.
Quien ha viajado a otro continente sabe lo que es un desajuste horario de verdad. Seis o siete horas de diferencia sí que descolocan: te despiertas a las cuatro de la madrugada con los ojos como platos y a media tarde te caes de sueño en cualquier museo. Comparado con eso, una hora es casi una anécdota que el cuerpo resuelve en un par de días, si es que llega a notarla.
Para que el cambio de hora tuviera un impacto real creo que haría falta una rutina muy estricta y unos patrones de sueño muy marcados. Y los hay, claro. Los niños pequeños, las personas que trabajan a turnos o quienes ya duermen mal de por sí probablemente lo noten más. También los perros y los gatos de casa, que no leen el BOE y siguen pidiendo la comida a su hora de siempre.
Hay además un detalle que suele perderse en el ruido: la mayoría de los datos preocupantes se refieren al cambio de primavera, el que nos quita una hora. El de octubre es el amable, el que nos regala sesenta minutos de sueño. Si hay un cambio de hora del que nadie debería quejarse, es precisamente este.
Que no moleste no significa que tenga sentido
Ahora bien, que el cambio de hora no me quite el sueño no quiere decir que lo defienda. Todo lo contrario. Me parece una de esas prácticas arcaicas que seguimos manteniendo por pura inercia, como quien conserva un mueble heredado que ya no usa pero que nadie se atreve a sacar de casa.
El argumento del ahorro energético, que fue su gran justificación, hace tiempo que perdió fuerza. Nuestra forma de consumir energía ha cambiado por completo y el propio Gobierno reconoce que el ahorro real es mínimo o inexistente. Si un ritual no aporta beneficios claros y además genera molestias a una parte de la población, por pequeña que sea, lo lógico es jubilarlo.
Y no soy el único que lo piensa. En la consulta pública que hizo la Comisión Europea en 2018, el 84 % de los participantes votó a favor de acabar con el cambio estacional. Aquí las encuestas apuntan a que dos de cada tres españoles quieren eliminarlo. Pocas veces hay tanto consenso en algo, y aun así el asunto lleva años durmiendo en un cajón de Bruselas.
El problema, como casi siempre en Europa, no es el qué sino el cómo. Unos países quieren quedarse con el horario de verano y otros con el de invierno, y nadie quiere un continente convertido en un mosaico de husos horarios. Mientras se ponen de acuerdo, seguimos cambiando los relojes dos veces al año por costumbre.
Puestos a elegir, yo me quedo con el horario de verano
Si me dieran a elegir, lo tengo claro: me quedaría todo el año con el horario de verano, el GMT+2. Sé que no es la opción que recomiendan los expertos en sueño, que suelen defender el horario de invierno por estar más cerca de la hora solar. Pero creo que en este debate se olvida algo importante: la forma en que vivimos.
En España llevamos desde 1940 con una hora que no nos corresponde por geografía, y en verano vamos todavía más adelantados respecto al sol. Hay historiadores que atribuyen nuestros horarios tardíos más a los años del pluriempleo que al reloj, y seguramente haya un poco de todo. Pero el resultado es el mismo: ese desfase ha terminado formando parte de nuestro carácter. Cenamos tarde, estiramos las sobremesas, alargamos las noches en las terrazas y no concebimos un verano sin luz a las diez de la noche.
Viajando por el norte de Europa uno se da cuenta de lo distinto que es todo. A las seis de la tarde los restaurantes ya están sirviendo cenas y a las nueve las calles se vacían. Es otra forma de vivir, perfectamente respetable, pero no es la nuestra. Nosotros somos de salir cuando otros se recogen, y eso no se cambia por decreto.
Soy consciente del precio. Con el horario de verano permanente, en pleno diciembre amanecería pasadas las nueve y media en buena parte de la Península, y cerca de las diez en el extremo occidental. Serían mañanas oscuras para ir a trabajar o llevar a los niños al colegio. A cambio, tendríamos tardes de invierno con luz hasta casi las siete, algo que muchos agradeceríamos después del trabajo.
Quizá la solución no esté solo en el reloj, sino en adaptar también los horarios de entrada al trabajo y a las escuelas a nuestra manera de vivir. Mientras tanto, este domingo me levantaré con una hora de regalo, sin notar nada, y el microondas seguirá unas cuantas semanas en el horario de verano, a su aire.


