Sanitaria, Barik, banco y DNI: por qué todo caduca sin haberse roto

Hoy me ha llegado la nueva Tarjeta Sanitaria Europea, con su caducidad de dos años como si fuera un yogur. Un repaso por qué la sanitaria, la Barik, la del banco y hasta el DNI tienen fecha de vencimiento, y por qué casi nunca es porque se hayan roto.

Varias tarjetas de plástico de distintos colores esparcidas sobre una mesa de madera, con un sobre de papel abierto al lado y luz cálida de ventana

Esta mañana ha llegado un sobre de papel con mi nueva Tarjeta Sanitaria Europea dentro. Un trozo de plástico idéntico al anterior, con mi nombre, mi número de la Seguridad Social y una fecha de caducidad a dos años vista. La misma que caducó hace unos días y que llevaba usando, sin ningún problema, desde la última renovación. Ni se ha estropeado el chip, ni se ha borrado la banda, ni ha pasado nada: simplemente ha llegado su turno de dejar de valer, y alguien ha tenido que fabricar un trozo de plástico nuevo, meterlo en un sobre y llevarlo en furgoneta hasta mi buzón.

Llevo unas semanas dándole vueltas a esto porque no es un caso aislado. La Barik que uso a diario también caduca, aunque de eso ya hablé por extenso hace poco. Las tarjetas del banco tienen su propia fecha de vencimiento. El DNI, el pasaporte, el carnet de conducir... todos tienen la suya. Y cada vez que le pregunto a alguien por qué, la respuesta suele ser un encogimiento de hombros y un "será por seguridad". Vamos caso por caso a ver si esa respuesta aguanta.

La Tarjeta Sanitaria Europea y el reloj que nunca se detiene

La TSE tiene, con carácter general, una validez de dos años desde que se expide. Ese plazo se acorta todavía más en algunos casos: quien la recibe por estar cobrando el paro solo la conserva mientras dure la prestación, y quien es extranjero residente en España la tiene atada a la vigencia de su permiso de residencia. Es decir, que la tarjeta no caduca porque el plástico se desgaste, sino porque la Seguridad Social necesita comprobar de vez en cuando que sigues teniendo derecho a lo que acredita.

Ahí hay una lógica que tiene cierto sentido: las circunstancias de una persona cambian, y un documento ligado a esas circunstancias no debería ser eterno. Lo que no me cuadra es la solución elegida para materializarlo. Seguimos resolviendo una comprobación administrativa fabricando de nuevo un objeto físico y mandándolo por correo, multiplicado por los millones de tarjetas sanitarias que se expiden cada año en toda la Unión, cuando bastaría con una verificación digital.

Barik, la lección que ya aprendí en carne propia

Con la tarjeta de transporte de Bizkaia ya pasé por este mismo ejercicio hace unos dias, cuando a la mía le tocó caducar estando perfectamente operativa y tuve que pagar por una nueva y hacer una visita presencial a una oficina para no perder el saldo. Lo interesante de aquel caso es que la tarjeta de Gipuzkoa no caduca, y tampoco las de Burdeos, ciudad hermanada con Bilbao. Si el mismo tipo de soporte contactless funciona en otros sitios sin fecha de vencimiento, aquí la caducidad no es una necesidad técnica: es una decisión de diseño, tomada por alguien, que se podía haber tomado de otra manera.

Ese precedente me sirve de referencia para todo lo que viene después: cada vez que alguien me diga que una tarjeta caduca "porque tiene que caducar", merece la pena preguntarse si hay en algún lugar un sistema equivalente que resuelve lo mismo sin esa fecha límite. Casi siempre lo hay.

El plástico del banco: caduca aunque el chip funcione perfectamente

Las tarjetas de crédito y débito caducan entre los tres y los cinco años, según la entidad. El argumento histórico de seguridad viene de cuando las tarjetas se pasaban por máquinas de calco en papel y renovar el número dificultaba el fraude; hoy, con chip, PIN y verificación en dos pasos, ese argumento pesa bastante menos que hace treinta años. Y el chip EMV, que hace el trabajo real desde hace más de una década, es un componente sólido sin partes móviles: en condiciones normales aguanta sin problema mucho más que los cuatro o cinco años de validez oficial de la tarjeta.

Cada año se retiran de circulación millones de tarjetas con el chip en perfecto estado, no porque hayan dejado de funcionar, sino porque su fecha de caducidad estaba fijada de antemano. Cada cual puede sacar sus propias conclusiones sobre a quién beneficia justo esa cifra de años y no otra.

DNI, pasaporte y carnet de conducir: hasta la identidad tiene fecha de caducidad

El DNI español tiene una validez que va de los dos a los diez años según la edad de quien lo lleva. Para los mayores de setenta, la nueva normativa europea de seguridad biométrica exige que todo documento de identidad recoja una fecha de caducidad, así que la antigua etiqueta "permanente" desaparece del campo de validez. Pero la sustituyen por una fecha simbólica, el 01-01-9999, que a efectos prácticos sigue sin caducar nunca. La norma obliga a rellenar una casilla, no a que nadie mayor vuelva a hacer cola cada cierto número de años.

El carnet de conducir es, de toda esta lista, el caso con la justificación menos discutible: se renueva cada diez años hasta los sesenta y cinco y cada cinco a partir de esa edad, y la renovación exige pasar un reconocimiento que certifica que sigues en condiciones de conducir con seguridad. Ahí el objetivo declarado es comprobar la vista, el oído y los reflejos de la persona, no sustituir un trozo de plástico. Aun así, el trámite termina siempre igual: tengas la vista perfecta o no, recibes un carnet nuevo, con su propio ciclo de fabricación y envío.

Osakidetza, la tarjeta que un día dejaron de renovar

Y aquí viene el contraejemplo, porque no todo el monte es orégano. Mi tarjeta de Osakidetza caducó, en teoría, en enero de 2014. Cuando fui a renovarla, en el mostrador me dijeron que no hacía falta: que aquello era solo un número impreso, que renovar el soporte físico a todo el mundo sale muy caro, y que dejaron de hacerlo. Así que sigo con la misma tarjeta desde hace más de veinte años, con el nombre ya casi ilegible de tanto roce, y con varias pegatinas pegadas en el dorso a medida que iban cambiando los datos de mi médico de cabecera. Funciona perfectamente.

Lo que más gracia me hace es que la misma administración que me manda religiosamente una Tarjeta Sanitaria Europea nueva cada dos años decidió, en algún despacho, que la tarjeta de Osakidetza no merecía ese mismo trato. No es que una sea técnicamente distinta de la otra: es que en un caso alguien se planteó la pregunta de si hacía falta seguir fabricando plástico y respondió que no, y en el otro caso esa pregunta no se ha llegado a hacer, o se ha respondido que sí por inercia. La prueba de que se puede hacer de otra manera no está solo en Gipuzkoa o en Burdeos: la tengo en la cartera, junto a la tarjeta que sí caduca.

Blade Runner y la costumbre de tirar lo que funciona

Puestos todos los casos en fila, hay un patrón que se repite: algunos tienen detrás un motivo administrativo razonable, como comprobar un derecho o una aptitud, pero casi ninguno explica por qué la solución tiene que ser siempre generar un objeto físico nuevo cuando el anterior seguía funcionando sin ningún fallo. Es inevitable acordarse de los replicantes de Blade Runner, a los que la Tyrell Corporation les fijó una vida útil de cuatro años no porque el cuerpo fuera a fallar, sino como medida de seguridad: pasado ese tiempo empezaban a desarrollar respuestas emocionales propias, y esa fecha límite era la manera de cortar esa deriva antes de que fuera a más. Con nuestras tarjetas pasa algo parecido a pequeña escala, aunque con motivos bastante menos dramáticos: no las retiramos cuando fallan, las retiramos cuando toca.

Lo que más me inquieta no es ningún caso concreto, que por separado suele tener alguna explicación medio razonable, sino la costumbre acumulada de aceptar sin más una cultura de caducidades arbitrarias como si fuera inevitable. Si Gipuzkoa y Burdeos pueden tener una tarjeta de transporte que no caduca, no hay ninguna ley física que impida que la sanitaria, la del banco o el propio DNI busquen soluciones menos desperdiciadoras. Igual el primer paso es simplemente dejar de encogernos de hombros cuando llega el sobre con el plástico nuevo, y empezar a preguntar, caso por caso, si de verdad hacía falta.

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