La almohada
El día que murió mi padre hice varias cosas inútiles con mucho cuidado. Le puse una almohada bajo la cabeza, elegí una ropa que no combinaba y esperé a una funeraria que se había equivocado de calle.

Hoy hace cuatro años que mi padre murió durmiendo la siesta. Estaba en el sofá del salón, al lado de mi madre, con la televisión puesta y esa luz de media tarde que en Bilbao no es luz ni es nada. Llevaba años con una demencia frontotemporal, así que hacía tiempo que sabíamos cómo terminaba esto. Lo que no sabíamos era el día.
Cuando me di cuenta de que no respiraba, no hubo grito ni carrera ni ninguna de las cosas que uno imagina. Hubo un silencio muy raro, un silencio que se notaba en las manos. Y después una llamada a emergencias, dicha en voz baja para no molestar a nadie, aunque allí ya no había nadie a quien molestar.
El café y las galletas
Mi madre seguía sentada en el mismo sofá. Su alzhéimer estaba muy avanzado y hacía mucho que no habitaba la realidad que habitábamos los demás, pero aun así le pedí a su cuidadora que se la llevara a la cocina, que le pusiera un café y unas galletas. No quería que estuviera delante. Todavía hoy no sabría explicar de qué exactamente quería protegerla.
Se fue sin preguntar nada. Se tomó su café. La ambulancia llegó, y el médico hizo lo que tenía que hacer, y firmó lo que tenía que firmar, y todo eso ocurrió en el salón mientras en la cocina una mujer mojaba una galleta en un café con leche a doce metros del cuerpo de su marido.
Cuando tuve el certificado de defunción en la mano, pensé que mi madre tenía que volver al salón. A su sitio, a su rutina, a su mundo ausente. Y para que pudiera volver, mi padre tenía que salir de allí.
El traslado
Lo cogí en brazos y lo llevé a mi antigua habitación.
Pesaba, aunque llevaba mucho tiempo pesando poco. Fui despacio por el pasillo por el que había ido despacio tantas veces de niño para no despertar a nadie, y lo tumbé en mi antigua cama, que era la única cama libre de la casa y que en ese momento se convirtió en otra cosa. No sé cuántos segundos duró. Es lo más duro que he hecho nunca y por fuera no fue nada: un hombre de mediana edad cruzando un pasillo con su padre en brazos.
Cuando lo dejé sobre la colcha, le puse una almohada debajo de la cabeza para que estuviera más cómodo.
Luego volví al salón, abrí las ventanas, coloqué los cojines y mi madre regresó a su sillón sin haber presenciado nada. Le puse la televisión. No preguntó por él. No preguntó por él aquella tarde ni ninguna de las tardes que vinieron después. No es que lo hubiera perdido: es que ya no estaba en su cabeza.
La llamada a Madrid
Luego llamé a mi hermano, que vive en Madrid. No encontré ninguna manera de suavizarlo, así que se lo dije tal cual: no se me ocurre cómo decir esto suavemente, tu padre ha muerto.
Hubo un silencio y después me preguntó por qué no le había avisado antes. Le contesté que porque no sabía que iba a morir hoy. Él me ha dicho muchas veces desde entonces que no recuerda haber contestado eso. Solo recuerda el golpe.
Lo que no le conté es que aquella misma mañana, sentado en el salón, había estado pensando que tenía que llamarle para proponerle que se viniera un fin de semana antes de Navidad. Porque no creía que mi padre fuera a llegar a Navidad. No le llamé para eso. Le llamé para lo otro, unas horas más tarde.
La ropa
Después toca esperar a la funeraria, y mientras esperas te toca elegir la ropa con la que van a enterrar a tu padre. Nadie te avisa de esto. No viene en ningún sitio. Abres un armario que huele a él y tienes que tomar decisiones.
No estuve fino. Elegí una camisa azul, una chaqueta roja y un pantalón marrón. Es un conjunto que no se sostiene, que no combina de ninguna manera, que en otras circunstancias habría sido motivo de burla familiar durante años. Pero yo no estaba pensando en combinar. Estaba pensando en la camisa que le gustaba, en la chaqueta que se ponía cuando salíamos, en el pantalón cómodo. Cogí sus cosas favoritas y las junté encima de una silla, y allí, juntas, eran un disparate.
Luego me quedé mirando el armario un rato largo, con dos preguntas que jamás había tenido que hacerme. ¿Se les ponen zapatos a los muertos? ¿Y ropa interior? No tenía ni idea. No tengo idea todavía. Añadí unos zapatos y unos calzoncillos por si acaso, los dejé sobre el montón, y me senté a esperar.
La llamada equivocada
Sonó el teléfono. Buenas tardes, somos de la funeraria, estamos en la puerta y no nos abre nadie.
¿En serio? No había oído el timbre. Fui hasta la entrada, abrí y me encontré con el rellano vacío, la escalera vacía, la casa del vecino cerrada. Volví al teléfono y pregunté si estaban abajo, en el portal. No, no, qué va: el portal ya nos lo han abierto, estamos delante de la puerta de la casa.
Solo se me ocurrió contestar la verdad. Le dije que no sabía dónde estaban, pero que aquí no. Cotejamos la dirección y resultó que se habían plantado en otra calle, de nombre casi idéntico al de la mía. Cambiaba una letra. Una sola letra. Se disculparon mucho, colgaron, y en menos de diez minutos estaban llamando al timbre correcto de la casa correcta.
En esos diez minutos yo solo podía pensar en la suerte que habíamos tenido de que nadie les abriera la otra puerta. Porque me imaginaba la escena: alguien que baja el volumen de la tele, se levanta del sofá, abre, y se encuentra con dos hombres de traje oscuro, tremendamente amables, que le explican con toda la delicadeza del mundo que vienen a recoger un cadáver. Y ese alguien, todavía con el mando en la mano, revisando mentalmente si le falta alguien en casa.
Se lo llevaron
Trabajaron rápido y sin ruido. Preguntaron la ropa, dijeron que estaba bien, y no sé si lo dijeron por educación o porque llevan tantos años viendo camisas azules con chaquetas rojas que ya saben lo que significan. Mi madre estaba en el salón, de espaldas, viendo su programa.
Se lo llevaron por el mismo pasillo, y la casa se quedó igual que estaba, solo que sin él. Fui a mi antigua habitación a recoger. La cama estaba deshecha por un lado, con esa forma que dejan los cuerpos. Y la almohada tenía la marca de una cabeza que ya no notaba nada.
Estuve mucho tiempo pensando que ponerla había sido una tontería. Ahora pienso que fue lo único inteligente que hice aquel día. Los muertos no necesitan almohadas ni ropa interior ni que les elijas la camisa que les gustaba. Todo eso es para nosotros. Es lo que hacemos con las manos mientras esperamos a que llegue alguien y se lleve lo que ya no podemos cuidar.


