El videodisco con aguja que se llevó por delante a RCA
RCA tardó quince años en fabricar un disco de vinilo que daba películas, leído con una aguja de diamante. Lo lanzó en 1981, lo canceló en 1984 y perdió por el camino casi seiscientos millones de dólares y la compañía entera.

De los formatos que llevo visitando en esta serie, este es el único que no vi nunca. Ni en una vitrina, ni en casa de un amigo con posibles, ni de refilón en la sección de imagen y sonido de unos grandes almacenes. En España sencillamente no se vendió, así que para casi todos nosotros no existió. Y sin embargo es, con diferencia, el fracaso más caro de todos: costó unos seiscientos millones de dólares de los de 1984 y se llevó por delante a una de las compañías más importantes de la electrónica del siglo XX.
La idea era esta: un disco de vinilo, del tamaño de un LP, que en lugar de música daba películas. Y leído no con un láser, sino con una aguja de diamante apoyada sobre el surco, exactamente igual que un tocadiscos.
El disco que se tocaba
Conviene entender bien lo raro que era el invento, porque no era una variante del LaserDisc. Era otra cosa. El disco llevaba surcos de verdad, tallados en un plástico conductor, y la aguja iba dentro de ellos detectando variaciones eléctricas minúsculas que el aparato traducía en imagen y sonido. Es decir, había contacto físico. Algo rozaba el disco cada vez que veías una película.
Y como algo rozaba, todo lo que le pasa a un vinilo le pasaba también a esto. La aguja se desgastaba y había que cambiarla. El polvo era el enemigo. Los saltos existían. Un disco muy visto se notaba en la imagen. RCA era consciente de todo ello, así que diseñó una solución bastante ingeniosa: el disco no se sacaba nunca de su funda. Venía dentro de un cartucho rectangular de plástico, metías el cartucho entero en la ranura, la máquina retenía el disco y tú te quedabas con la funda vacía en la mano. Al terminar, volvías a meter la funda y el disco regresaba a su sitio sin que lo hubieras tocado jamás con los dedos.
Suena elegante hasta que caes en la cuenta de que el usuario nunca veía el objeto que estaba comprando. Adiós a mirar el disco al trasluz, adiós a la textura, adiós a la ceremonia. Comprabas una funda de plástico opaca y confiabas en que dentro hubiera algo.
Quince años perfeccionando la aguja equivocada
La parte que a mí me parece más fascinante de esta historia no es el aparato, es el calendario. RCA llevaba trabajando en aquello desde mediados de los sesenta. Quince años largos de laboratorio, de prototipos, de resolver problemas endiabladamente difíciles, porque poner una aguja a extraer una señal de vídeo de un surco es una proeza de ingeniería que hoy sigue impresionando.
El asunto es lo que pasó fuera del laboratorio mientras tanto. Cuando arrancó el proyecto, el mundo doméstico era analógico y el tocadiscos reinaba en todos los salones. Cuando salió al mercado, en marzo de 1981, el VHS y el Betamax llevaban años en las casas, el LaserDisc existía desde 1978, y el compact disc estaba a un año escaso de aparecer y de enviar la aguja al museo para siempre.
O sea, que RCA dedicó década y media a perfeccionar exactamente la tecnología que el resto del mundo estaba a punto de abandonar. No es que llegaran tarde a la fiesta: es que llegaron a una fiesta que ya había terminado, con un regalo carísimo que ya no le hacía ilusión a nadie.
Marzo de 1981, o el peor momento posible
Al aparato se le juntaron todos los defectos imaginables. No grababa, que en 1981 era el pecado capital, porque lo que la gente quería de un cacharro enchufado a la tele era registrar cosas. Cada cara daba una hora, así que una película normal ocupaba dos discos y había pausa técnica garantizada. La imagen era mejor que la del VHS pero peor que la del LaserDisc, con lo cual quedaba en tierra de nadie. Y encima compartía nombre genérico con el LaserDisc, porque a los dos se les llamaba "videodisco", así que el cliente medio entraba en la tienda sin tener ni idea de qué estaba comparando ni de que eran radicalmente incompatibles.
El argumento de RCA era el precio: el reproductor costaba bastante menos que un vídeo VHS. Y era verdad. Pero seguía siendo una cantidad de dinero considerable para un aparato que hacía menos cosas que el otro, y la gente hizo exactamente el cálculo que uno haría hoy. Vendieron cien mil unidades en todo el primer año, cuando la previsión interna era llegar a la mitad de los hogares americanos.
Lo más cruel es que en la propia RCA lo supieron muy pronto. Al año y medio del lanzamiento ya había ejecutivos preparando la salida, conscientes de que aquello no iba a remontar jamás. Pero cuando llevas quince años y una fortuna metidos en algo, cancelarlo es admitir en voz alta que se ha tirado el dinero, y eso cuesta mucho más que seguir tirándolo un poco más.
El final, y una compañía menos
RCA anunció el 4 de abril de 1984 que dejaba de fabricar reproductores. Había vendido unos quinientos cincuenta mil en tres años y perdido en torno a los quinientos ochenta millones de dólares, cifra que según cómo se cuente se acerca a los seiscientos cincuenta. Traducido a dinero de hoy, ronda los mil millones.
El epílogo tiene su punto tragicómico. Los reproductores que quedaban en las tiendas se liquidaron a precios de saldo, algunos por veinte dólares, lo cual provocó que mucha gente comprara por fin uno. Y entonces se disparó la demanda de discos, hasta el punto de que RCA tuvo que salir a tranquilizar a los distribuidores prometiendo que seguiría editando títulos unos años más. Los editó hasta 1986 y luego cerró el asunto definitivamente. El formato solo se volvió mínimamente popular cuando ya estaba muerto y regalado.
Y en 1986 General Electric compró RCA. No fue el videodisco el único motivo, claro, pero fue el agujero más visible y el más difícil de explicar a los accionistas. La compañía que había construido buena parte de la industria del disco y de la radio americana, la del perrito escuchando la bocina del gramófono, terminó absorbida en parte por haberse empeñado en que el futuro del cine pasaba por una aguja.
Saber parar también es tecnología
De todos los formatos de este cementerio, este es el que menos tiene que ver con la mala suerte. El LaserDisc perdió porque llegó veinte años antes de tiempo, el DAT porque le hicieron la vida imposible, el DCC y el MiniDisc porque un tercero se coló por la puerta de atrás. El CED perdió porque nadie en RCA se atrevió a decir en voz alta lo que era evidente desde bastante antes del lanzamiento: que aquello ya no tenía sentido.
Es una historia que se repite en todos los sectores, no solo en la electrónica. Un proyecto se alarga, cambia el mundo alrededor, y en algún momento el motivo para continuar deja de ser que vaya a funcionar y pasa a ser todo lo que ya se ha invertido. Cuanto más se ha gastado, más difícil resulta parar, que es precisamente lo contrario de lo que aconsejaría la lógica.
RCA tardó quince años en construir una máquina prodigiosa para leer películas con una aguja de diamante. La construyó. Funcionaba. Y ese fue exactamente el problema, porque terminarla les impidió preguntarse si todavía hacía falta.


