Pedir dinero para viajar no te convierte en viajero

Una pareja de chavales me pidió dinero en Bruselas para financiar su año sabático. No les di nada, y sigo pensando que hice bien. Sobre sueños, mochilas y la extraña idea de que otros paguen tu itinerario.

Un cartón escrito a mano apoyado contra una mochila grande en una acera empedrada de una ciudad europea

Fue en Bruselas, hace ya unos cuantos años, en uno de esos paseos sin destino que son la mejor parte de cualquier viaje. Yo iba a mi ritmo, mirando fachadas, cuando dos chavales se me acercaron con una sonrisa ensayada. Tendrían dieciocho o diecinueve años. Mochilas grandes, ropa técnica, ese aire de estar viviendo algo importante.

La petición era sencilla y me la explicaron en un inglés estupendo: querían dinero para su viaje. Estaban en su año sabático, su sueño era recorrer el mundo y, si yo colaboraba, estaría ayudándoles a cumplirlo. Lo dijeron exactamente así, apelando a mi generosidad, como si negarme fuera romper algo bonito.

No les di nada. Seguí caminando con una mezcla rara de incomodidad y estupor, y con una frase dándome vueltas en la cabeza que todavía hoy no se ha ido del todo: ¿desde cuándo tu sueño es mi factura?

El año sabático que llega antes que el primer trabajo

Podría detenerme en el detalle del año sabático a los dieciocho, pero eso daría para otro artículo entero. Solo diré que un sabático se disfruta después de algo. Se supone que descansas de un esfuerzo previo, que te bajas de una rueda en la que llevabas girando un tiempo. A los dieciocho años, con el instituto recién terminado, lo que hay no es un sabático: son unas vacaciones largas con mejor nombre de marca.

Y me parece perfecto, ojo. Si tu familia puede pagarte doce meses de mochila y tú tienes la suerte de aprovecharlos, adelante. Vas a aprender cosas que no están en ningún temario. Mi problema no es ese. Mi problema empieza justo en el paso siguiente, cuando alguien decide que su plan vital es una causa lo bastante noble como para que un desconocido lo subvencione en una acera de Bruselas.

Porque ahí ya no hay aventura, hay externalización. Y hay una idea de fondo que me chirría muchísimo: la de que un deseo, por el mero hecho de ser intenso, genera automáticamente una obligación en los demás.

Los sueños cuestan, y por eso saben mejor

Vivimos rodeados de un relato bastante tramposo según el cual los sueños son sagrados y perseguirlos justifica casi cualquier cosa. Es un discurso precioso en Instagram y bastante inútil en la vida real, donde los sueños tienen presupuesto, calendario y consecuencias. El sueño de recorrer el mundo cuesta dinero, exactamente igual que el sueño de montar un negocio o el de comprarse una casa.

Ganarte ese dinero forma parte del sueño, no es el peaje aburrido que hay que saltarse. Los meses de trabajo previo, las cuentas hechas y rehechas, la renuncia a otras cosas para poder pagar esa: todo eso es lo que convierte un capricho en un logro. Quien se salta esa parte no está viajando más rápido, está viajando más vacío.

Y sospecho que aquellos dos chavales de Bruselas, si en algún momento llegaron a hacer la ruta completa, no recuerdan gran cosa de ella. Cuesta apreciar lo que no te ha costado. Lo veo constantemente en el otro extremo, en gente que se acuerda del nombre de un hostal cualquiera, de la señora que le dio conversación en un tren y del precio exacto de un billete de hace veinte años, porque cada una de esas decisiones la tomó y la pagó.

Merecerlo no significa sufrirlo

Conviene aclarar una cosa, porque esto se malinterpreta con facilidad. Cuando digo que un viaje hay que merecerlo no estoy pidiendo penurias ni sacrificios ejemplares. No hace falta haber currado en una obra ni haber ahorrado durante años comiendo arroz para tener derecho a coger un avión. El esfuerzo no es una cartilla de sellos que hay que completar antes de que alguien te dé permiso.

Merecerlo tiene que ver con otra cosa: con que el proyecto sea tuyo de principio a fin. Que hayas decidido tú, que hayas asumido tú el coste y que sepas exactamente lo que ese coste implica. Da igual si el dinero sale de tu sueldo, de un ahorro largo, de una beca o de unos padres que han decidido libremente ayudarte. En todos esos casos hay un acuerdo, hay alguien que sabe lo que está financiando y por qué.

La diferencia con la escena de Bruselas es justo esa. Allí no había acuerdo ni intercambio, solo un cálculo: si abordo a suficiente gente por la calle, alguno cederá. El viaje deja de ser un proyecto propio y se convierte en una recaudación, y lo que aprendes por el camino no es a viajar, sino a pedir.

Del gorroneo con mochila a los begpackers

Aquella escena tenía nombre, aunque yo entonces no lo supiera. Unos años después se popularizó el término begpacker, mezcla de mendigo y mochilero, para describir a los viajeros occidentales que se plantaban en las calles del sudeste asiático con un cartón escrito a mano pidiendo fondos para continuar su vuelta al mundo. Las fotos se hicieron virales y la indignación fue considerable, con motivos de sobra.

Lo grotesco de la postal no era la petición en sí, sino el contexto. Alguien con pasaporte europeo, seguro médico y un billete de vuelta comprado pedía monedas en países donde el salario medio local no alcanzaba para pagar el vuelo con el que ese mismo viajero había llegado. La generosidad se pedía justo a quien menos margen tenía para darla, y encima envuelta en un discurso de crecimiento personal. Varios gobiernos de la zona acabaron reaccionando, endureciendo controles y exigiendo demostrar fondos suficientes en la entrada al país.

La versión de Bruselas era más suave, claro. Europa, ciudad rica, dos críos simpáticos. Pero el mecanismo mental era idéntico: convertir un deseo propio en una responsabilidad ajena y presentar la factura con una sonrisa.

¿Soy simplemente un tacaño?

Me lo he preguntado varias veces, porque uno tampoco quiere convertirse en ese señor que gruñe desde el balcón. Y creo que no, aunque el matiz importa. Dejo propina a los músicos callejeros que se lo merecen, a los que te paran el paseo y te obligan a quedarte escuchando. No a los que tocan mal y a todo volumen, a esos les pagarías por que dejen de hacerlo, que también los hay y bastantes. Ahí hay una diferencia clara entre ofrecer algo y ocupar espacio hasta que alguien claudique.

Con la gente que está en un apuro de verdad he colaborado siempre que he podido, pero he acabado fiándome mucho más de quien te pide que le compres un bocadillo que de quien te pide el dinero para comprárselo. El primero te está diciendo exactamente lo que necesita y te invita a comprobarlo. El segundo te pide un cheque en blanco y confía en que no preguntes. Y no es cuestión de desconfianza moral ni de fiscalizar la miseria ajena: es que la primera petición es concreta y la segunda es abstracta, y la abstracción siempre viene bien a quien pide.

Aquellos dos chavales pedían algo aún más abstracto que un billete: pedían para un sueño. Que un sueño sea legítimo no lo convierte en causa colectiva, y aprender esa diferencia a los dieciocho años probablemente valga más que cualquier vuelta al mundo. Ojalá lo entendieran en algún momento del camino. Yo esa tarde seguí paseando por Bruselas, un viaje que me había pagado yo, y que por eso todavía recuerdo.

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