La botella que no era una botella: voluntarios de primera y de segunda en Open House Barcelona
Este año repetimos como voluntarios en 48h Open House Barcelona. A los repetidores les regalaban una botella… a los que llegaron primero. Una tontería de objeto que dice mucho de cómo se valora el compromiso de la gente.

Este año Rafa y yo hemos vuelto a participar como voluntarios en 48h Open House Barcelona. Es nuestro segundo año seguido, y ya sabemos lo que supone: coger el avión, buscar alojamiento, organizar el fin de semana entero alrededor del festival… Lo hacemos encantados, porque nos gusta la arquitectura, nos gusta la ciudad y nos gusta esa sensación de estar al otro lado, ayudando a que miles de personas descubran edificios que normalmente están cerrados.
Este año nos tocó hacer de voluntarios de acceso en el Monasterio de Santa Maria de Pedralbes. Y menudo regalo. Es un edificio increíble, de esos que te reconcilian con el gótico aunque lo hayas visto mil veces, y pasar el fin de semana entre su claustro y la gente que llegaba con ganas de descubrirlo fue una auténtica gozada.
En Open Bilbao, el festival de casa, llevo nueve años como voluntario. Nueve. Así que algo de voluntariado en festivales de arquitectura sé. Y precisamente por eso me ha llamado tanto la atención lo que nos pasó este año en Barcelona. No es grave, no es un drama, pero es uno de esos detalles pequeños que dicen mucho más de lo que parece.
La famosa botella
El año pasado, cuando estuvimos por primera vez, nos contaron que a los voluntarios que repetían, además del kit oficial, se les regalaba una botella con el logo del evento. Un detallito para premiar la fidelidad. Nos pareció un gesto bonito, de esos que no cuestan mucho y que hacen sentir que tu esfuerzo cuenta.
Este año pasamos a recoger el kit y no hubo botella. Lo comentamos de pasada, sin darle importancia, y nos dijeron que este año se habían acabado. Vale. Ningún problema. Pensamos que, simplemente, esta edición no había botellas para nadie y listo. Ni nos acordamos más del tema.
Hasta que, ya en pleno festival, charlando con otros voluntarios, alguien nos suelta: «Ah, qué guay, si es vuestro segundo año ya tendréis la botella». ¿Perdona? ¿A ti te han dado botella?
Pues sí. Resulta que los primeros voluntarios repetidores que pasaron a recoger su kit sí se llevaron la botella. Y los que llegamos más tarde, no. Así de sencillo. «Se han acabado» era verdad, pero era una verdad a medias.
Lo de menos es la botella
Que nadie me malinterprete: la botella me da exactamente igual. No es por su valor, ni porque me hiciera especial ilusión tenerla. De hecho, casi lo contrario: lo que me molesta es precisamente que algo tan pequeño haya acabado marcando una diferencia.
Porque, en el fondo, lo que se está diciendo con ese reparto es que el compromiso de dos voluntarios que hacen exactamente lo mismo, con la misma dedicación, las mismas horas y la misma ilusión, no vale lo mismo. Y lo único que los separa es haber pasado antes o después por el mostrador. La recompensa ya no premia la fidelidad: premia la hora de llegada.
Y eso, en un voluntariado, es un gesto muy feo. Un voluntario no cobra. Lo que recibe a cambio es, sobre todo, reconocimiento: sentir que la organización valora lo que hace. Un detalle simbólico solo funciona si es igual para todos. En cuanto unos lo tienen y otros no por puro azar logístico, deja de ser un agradecimiento y se convierte en un pequeño agravio.
Y no, no lo digo por nosotros
Aquí tengo que ser honesto, porque si no este artículo no tendría sentido. A Rafa y a mí la organización nos conoce. Saben que venimos desde Bilbao, que eso nos supone un esfuerzo extra, y han tenido detalles con nosotros que no han tenido con otros voluntarios. Nos dieron algunos objetos de merchandising de Open Barri que les habían sobrado, e incluso unas entradas para el CCCB. Y ya puestos a confesar: el año pasado, que era nuestra primera edición y por tanto no nos correspondía, nos dieron una botella. Una para los dos, eso sí. Ahí la tenemos, guardada en nuestra pequeña colección de objetos del festival. Así que nosotros, de quejarnos, poco. Hemos tenido un trato de favor y lo sabemos.
Es verdad que no hay mucha gente que se desplace desde otra ciudad solo para participar en el festival, y entiendo que eso se quiera agradecer. Pero lo de la botella no nos pasó solo a nosotros. Les pasó también a otros voluntarios repetidores que no tenían ningún trato especial, que hicieron su trabajo igual de bien, y que simplemente llegaron a recoger el kit un poco más tarde. Esos sí se quedaron con la sensación de valer un poco menos que el de al lado. Y eso es lo que me parece injusto.
Cómo se podría haber hecho
No hace falta ser ningún experto en gestión de voluntariado para resolver algo así. Basta con un poco de previsión.
Si sabes cuántos voluntarios repiten, sabes cuántas botellas necesitas. Si tu stock no da para todos, tienes dos opciones razonables: producir más o no dárselas a nadie. Ninguna de las dos genera agravios. Y si no quieres o no puedes producir más, todavía queda una tercera vía muy sencilla y muy simpática: guardar las botellas que tengas y repartirlas en la fiesta final con un sorteo entre todos los repetidores. Así la escasez se convierte en un juego en el que todo el mundo participa en igualdad de condiciones, y no en una carrera por llegar primero al mostrador.
Lo que no tiene sentido es lo que pasó: repartir hasta que se acaben y luego decir «se han acabado», como si nada. Porque la gente habla, se cuenta las cosas durante el festival, y al final todos acaban sabiendo que hubo voluntarios de primera y voluntarios de segunda.
Por qué lo cuento
Lo cuento porque Open House Barcelona me gusta, porque pienso seguir yendo y porque creo que este tipo de cosas se arreglan precisamente cuando alguien las dice en voz alta. Los festivales de arquitectura funcionan gracias a cientos de personas que regalan su tiempo, y cuidarlas no es un extra: es lo que permite que el festival exista.
Y porque, al final, los gestos pequeños son los que más se recuerdan. Nadie se acordará dentro de un año de la botella. Pero sí de si se sintió valorado igual que los demás… o no.


