Matrimonio igualitario en 2026: no vengo a pedir permiso

Con las elecciones del 29N a la vuelta de la esquina vuelven los debates sobre derechos LGTBIQ+ que conseguimos hace más de veinte años. Unas cuantas preguntas para quien quiera recortarlos.

Dos alianzas de boda apoyadas sobre la página abierta de un diccionario antiguo, junto a una ventana con lluvia

Hoy, lunes, tocaba una nueva entrega de #cementerio-de-formatos. La tenía planificada, como todas las semanas, pero va a tener que esperar siete días. Hay artículos que se pueden aplazar y otros que no, y este pertenece al segundo grupo. Necesitaba escribirlo hoy.

La precampaña ya ha empezado y vuelve el ruido

Estamos en mes de elecciones. El 29 de noviembre se celebran las generales y, aunque la campaña oficial todavía no ha arrancado, la precampaña lleva días instalada en los telediarios, en las tertulias y en las redes. Y con ella ha vuelto algo que me cansa profundamente: la tentación de poner sobre la mesa, otra vez, derechos del colectivo LGTBIQ+ que conseguimos hace más de veinte años.

El matrimonio entre personas del mismo sexo es legal en España desde julio de 2005. En 2012 el Tribunal Constitucional avaló la ley y cerró el debate jurídico. Desde entonces se han celebrado decenas de miles de bodas, se han formado familias, se han adoptado niños, se han heredado pisos y se han cobrado pensiones de viudedad. No estamos hablando de una propuesta ni de un experimento. Estamos hablando de una realidad consolidada que forma parte del país desde hace dos décadas.

Por eso no voy a llamarlo debate. Cuando alguien plantea revisar un derecho que ya disfrutan cientos de miles de personas, lo que está proponiendo es una marcha atrás. Y conviene llamar a las cosas por su nombre.

Lo que dice el diccionario (y lo que dice la ley)

Si en las próximas semanas alguien vuelve a enarbolar aquello de que «el matrimonio se define como la unión entre un hombre y una mujer», le invito a hacer algo muy sencillo: abrir la versión actual del Diccionario de la lengua española de la RAE y buscar la palabra. La primera acepción habla de la unión de hombre y mujer, sí. Pero la segunda dice, literalmente: «En determinadas legislaciones, unión de dos personas del mismo sexo». España es, desde 2005, una de esas legislaciones. La propia Academia lo recoge en su diccionario desde hace más de una década.

Pero hay algo más importante que el diccionario. La RAE no decide qué es el matrimonio: se limita a describir cómo usamos las palabras quienes hablamos español. Los derechos no se definen en un diccionario, se definen en las leyes. Y la ley española lleva veintiún años diciendo con total claridad que dos hombres o dos mujeres pueden casarse con exactamente los mismos derechos y obligaciones que cualquier otra pareja. Usar una definición como escudo para negar un derecho es, además de falso, una forma bastante pobre de argumentar.

¿Qué te hace sentirte superior a mí?

A cualquiera que quiera restringirme un solo derecho por ser homosexual le pido una cosa: que me explique qué le hace sentirse legitimado para considerarse superior, o simplemente distinto a mí en derechos. No en gustos, no en creencias, no en su forma de vivir, que respeto. En derechos.

Me cuesta entender desde qué lógica racional alguien puede pensar, en el año 2026, que su vida vale más o es más válida que la de otra persona porque haya nacido en otro lugar o porque tenga una orientación sexual diferente. Es la misma idea, con distinto disfraz, que durante siglos ha servido para dejar fuera a quien no encajaba en el molde. Creía que la habíamos superado como sociedad. Cada campaña electoral me demuestra que todavía hay quien la guarda en el cajón, por si acaso.

No soy una amenaza para ninguna familia

A quienes se les llena la boca hablando de la defensa de los menores o de la institución familiar, les invito también a que me expliquen por qué piensan que yo soy una amenaza. De verdad, me gustaría escuchar el razonamiento.

Me he criado en una familia tradicional y heterosexual. Es parte de mi vida, de mi entorno y de mi forma de ser. Le debo mucho de lo que soy y no es algo que quiera combatir ni desmontar. Nunca lo he querido. Simplemente, como adulto libre y racional, he ejercido mi derecho a construir otro modelo de familia con mi marido. Un modelo sano, estable y perfectamente compatible con todos los demás que me rodean.

Mi matrimonio no le quita nada a nadie. No debilita el de mis vecinos ni el de mis amigos, no pone en peligro a ningún niño y no desarticula ninguna estabilidad familiar. Lo único que hace es proteger la mía. Las familias no compiten entre sí; conviven. Y si alguien siente que la suya se tambalea porque existe la mía, el problema no está en mi casa.

Un ciudadano como cualquier otro

Soy un adulto responsable. Trabajo, cumplo con todas mis obligaciones legales y fiscales y contribuyo, como cualquier otro ciudadano, a sostener los servicios públicos que usamos todos. No pido privilegios. Pido exactamente lo mismo que tiene cualquier pareja heterosexual: ni un derecho más, ni uno menos.

Y el matrimonio, más allá de lo sentimental, es precisamente eso: una herramienta jurídica. Es lo que garantiza la protección de nuestro patrimonio común, lo que asegura que, si uno de los dos falta algún día, el otro no quedará desamparado, y lo que nos reconoce como familia ante un hospital, un banco o un notario. Quien plantea revisarlo no está discutiendo una palabra; está discutiendo la seguridad de personas reales.

Por eso, a estas alturas de mi vida, no voy a consentir que nadie ponga en tela de juicio mi derecho a mantener una relación sana, estable y afectiva con mi marido, ni a protegerla con las mismas herramientas que tiene cualquier otra pareja. No vengo a pedir permiso. Ese permiso ya no es de nadie más que nuestro.

Lo que me gustaría escuchar de aquí al 29N

No escribo esto para decirle a nadie a quién tiene que votar. Cada cual sabrá lo que pesa en su decisión. Lo que sí me gustaría es que, en las próximas semanas, los derechos que ya tenemos dejaran de usarse como munición de precampaña. Que se debatiera sobre vivienda, sobre sanidad, sobre empleo o sobre el futuro de quienes vienen detrás, que es para lo que están las elecciones. Y que nadie volviera a tratar la vida de otras personas como un asunto pendiente de votación.

Perdón si hoy el tono ha sido menos amable de lo habitual por aquí. Hay cosas sobre las que uno puede reírse y otras sobre las que conviene hablar claro. El lunes que viene, prometido, volvemos al cementerio de formatos.

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