Saltar en paracaídas sobre Dubái: lo que no cuenta el vídeo
En octubre de 2012 me tiré de un avión a cuatro mil metros sobre Palm Jumeirah. Lo reservé a escondidas, aterricé de pie y guardo un vídeo que hoy sirve de cápsula del tiempo de una ciudad que ya no existe.

La culpa la tuvo un blog. Estaba preparando el viaje a Dubái, leyendo por encima esas listas eternas de qué ver y qué hacer, y me tropecé con la crónica de un chico que se había tirado en paracaídas sobre la ciudad. No fue admiración lo que sentí. Fue envidia, de la mala, de la que te deja de mal humor el resto de la tarde.
Llevaba años con la idea de saltar rondándome. Nunca había pasado de ahí, entre otras cosas porque el paracaidismo que tenía a mano era el de un aeródromo de Madrid con el cielo que tocase ese día. Y de repente la posibilidad de hacerlo en un sitio donde el cielo despejado viene prácticamente de serie, con una visibilidad que no encuentras en Europa ni pagándola, y encima con una isla con forma de palmera debajo. Eso ya no era saltar en paracaídas: era otro deporte.
Así que entré en la web de Skydive Dubai, elegí una fecha y una hora que encajaban con el viaje, y pagué. No recuerdo la cifra exacta, y probablemente sea mejor así, porque recuerdo perfectamente la sensación de estar cometiendo una barbaridad económica.
La reserva que no consulté con nadie
En aquella época viajaba con mi pareja de entonces, que no necesita ni nombre en esta historia. Y no le dije nada. Ni al reservar, ni al pagar, ni en las semanas siguientes. Se lo conté el día antes, y no por valentía sobrevenida sino por puro cálculo: si se lo decía antes, tendría más días para darme la brasa.
Reaccionó exactamente como yo había previsto, lo cual tiene su punto de consuelo. Que me iba a matar. Que menudo marrón le dejaba a él, que tendría que ocuparse de repatriar el cuerpo. Que cómo me gastaba ese dineral en semejante tontería. Los tres argumentos, en ese orden, con la solvencia de quien lleva meses sin saber que los tenía preparados.
El sermón se apagó solo al llegar al centro de saltos, cuando descubrió que había wifi gratis. Conviene recordar que en 2012 el wifi gratis todavía era un acontecimiento, y que el roaming internacional seguía siendo un instrumento de tortura. Se sentó, se conectó y me olvidó por completo. Nunca le he agradecido nada tanto a un router.
Papeles, una báscula y un alemán
El proceso previo es más burocrático de lo que uno imagina y va muchísimo más rápido de lo que uno querría. Firmas unos papeles en los que reconoces que sabes perfectamente lo que estás a punto de hacer, cosa que es falsa pero que a esas alturas ya no vas a discutir. Te miden. Te pesan, porque hay unos límites de peso y de índice de masa corporal que no puedes superar, y que se aplican sin ninguna delicadeza diplomática.
Después aparece tu instructor, que en un salto en tándem no es exactamente un instructor sino algo más parecido a un compañero de baile al que vas a estar atado durante los siguientes veinte minutos. El mío era un chico alemán que vivía en Dubái, con esa mezcla de amabilidad profesional y absoluta rutina que tiene la gente que hace veinte veces al día lo que tú vas a hacer una vez en tu vida. Te ayuda a colocarte el arnés mientras alguien se te planta delante con una cámara y empieza a hacerte preguntas.
Ahí conviene entender una cosa: no puedes llevar tu propia cámara. Ni móvil, ni GoPro, ni nada. Todo lo graban ellos, y por eso todos los vídeos de todos los que hemos saltado allí se parecen tanto entre sí. Volveré sobre esto.
Los segundos que no coinciden con el cronómetro
Subes a la avioneta y empiezas a ganar altura. El salto sale a trece mil pies, que son unos cuatro mil metros, y el trayecto se hace largo de esa manera peculiar en la que se hacen largas las salas de espera.
El momento que de verdad me desarmó no fue el mío. Fue ver saltar al primero. Ves a una persona desaparecer por un hueco, sin transición, sin drama, sin nada, y tu cabeza toma una decisión inmediata y muy clara: yo no voy a ser capaz. Lo pensé con una convicción absoluta. Lo que pasa es que en un tándem esa decisión no te corresponde, porque vas amarrado a alguien que sí va a saltar. Es probablemente el mejor argumento a favor del tándem que se puede dar.
El cámara salió unos segundos antes que nosotros, para poder grabarnos de frente mientras caíamos. Y luego ya fuimos nosotros.
La caída libre dura alrededor de un minuto. Yo habría jurado bajo juramento que fueron treinta o cuarenta segundos, y esa discrepancia entre el reloj y la memoria me sigue pareciendo el dato más interesante de todo el asunto. Lo que sí recuerdo con precisión es lo demás: el viento estrellándose contra la cara, el ruido, y sobre todo el paisaje. Dubái entero ahí abajo, la palmera dibujada en el agua, la costa, el golfo, y la vista limpia hasta el horizonte sin una sola nube que estorbara. Era como estar mirando Google Maps en directo, solo que con el aire pasándote por encima de los pómulos a doscientos por hora.
Fue el minuto más feliz de mi vida. No el más importante, ni el más emocionante en el sentido en que uno suele usar esa palabra. El más feliz, sin más.
Diez minutos en los que se te pasa el miedo
Se abre el paracaídas y todo cambia de género. Se acaba el ruido y empieza un planeo tranquilo, dando vueltas sobre la isla, bajando despacio. Se acabó la adrenalina y llega un disfrute mucho más calmado, casi contemplativo.
Yo tenía guardados diez o quince minutos de descenso. La empresa dice hoy que son cuatro o cinco, y a mí eso me sigue pareciendo poquísimo. O sea que mi memoria, en el mismo salto, me encogió la caída libre a la mitad y me estiró el planeo al triple. Como sistema de medición es un desastre; como criterio me quedo con lo que me dicen mis recuerdos.
Y aquí está lo que menos me esperaba: no hay vértigo. Ninguno. Yo, que no me asomo con alegría a un balcón alto, colgado a cientos de metros del suelo y sin el menor apuro. Creo que es porque el cuerpo entiende, de una manera muy física, que está sostenido. No estás al borde de nada. Estás dentro del aire.
En algún momento mi alemán me dejó manejar las cuerdas para controlar la dirección un rato. No hace falta que explique el subidón infantil que da eso.
El aterrizaje suele ser la parte bochornosa. La mayoría de la gente lo intenta de pie y acaba rodando por el suelo con más pena que gloria. Nosotros lo conseguimos, aterrizamos de pie y con dignidad, y no pienso fingir modestia al respecto. Después, una despedida rápida del instructor, que ya tenía al siguiente esperando, y un colocón de adrenalina que me duró varios días.
El Dubái del vídeo ya no existe
Ahora viene la parte que no sabía en 2012 y que es la razón por la que he rescatado esto.
Ese vídeo, que en su día era simplemente el recuerdo de un salto, se ha convertido con los años en un documento involuntario de una ciudad que ya no está. En las imágenes se ve el mar frente a la playa de JBR completamente vacío, porque Bluewaters Island, la isla de la noria gigante, todavía no se había aprobado: el proyecto se anunció en febrero de 2013 y el dragado no empezó hasta mayo de ese año. La noria en sí, Ain Dubái, tardaría casi una década más en abrir, en octubre de 2021, y lleva cerrada al público desde 2022. O sea que en catorce años ese trozo de mar por el que yo pasé cayendo se convirtió en isla, se llenó de hoteles, levantó la noria más alta del mundo y la apagó.
En el tronco de la Palmera pasa algo parecido. Donde hoy hay un centro comercial enorme, que no abrió hasta finales de 2019, en mi vídeo hay solar. Es raro descubrir que llevas años guardando un plano cenital fechado de una ciudad que se reescribe cada temporada.
Sobre el vídeo, que es malísimo y me encanta
El montaje es exactamente igual que el de todos los demás. La misma entradilla, los mismos cortes, los mismos planos, la misma música que ponían aquel año a todo el mundo. Está grabado con la tecnología de 2012, lo cual hoy se nota una barbaridad, y responde a un guion de producción industrial en el que yo soy intercambiable.
Y aun así me sigue pareciendo estupendo. Precisamente por eso, diría. Un vídeo de un salto grabado hoy sería 4K estabilizado, con dron y con color corregido, y sería perfectamente insulso. El mío tiene la textura de su época, que es una cosa que no se puede fabricar a posteriori.
¿Lo volvería a hacer?
De haberlo hecho no me arrepiento ni un segundo. Sigue estando en el podio de las cosas más increíbles que he vivido, y lo dice alguien que ha tenido la suerte de vivir unas cuantas.
Repetir hoy es otra pregunta, y la respuesta honesta es que no lo sé. Con los años me he vuelto más miedoso, o quizá más consciente, que no sé si es lo mismo o simplemente el nombre educado de lo mismo. Sospecho que hoy encontraría alguna excusa razonable para no subirme a esa avioneta, y que la excusa sonaría muy sensata.
Que es exactamente el motivo por el que me alegro tanto de que aquel tipo del blog me diera envidia en el momento justo.


