DCC contra MiniDisc: la guerra que ganó un tercero

En 1992, Philips y Sony lanzaron el mismo año dos formatos para sustituir al casete. Se pasaron cuatro años mirándose fijamente mientras un CD virgen de cien pesetas les ganaba la partida por la espalda.

Un MiniDisc de carcasa translúcida azul sobre una mesa de madera, junto a un discman abierto y unos auriculares de diadema fina de los años noventa

El gran drama de los noventa era caminar. Uno se compraba un discman, que era el objeto más moderno del mundo, se ponía los cascos de diadema fina, salía a la calle y a los treinta segundos descubría que la música se cortaba cada vez que bajaba un bordillo. Existían aparatos con antisalto, que consistía en unos segundos de memoria y en la promesa optimista de que no ibas a moverte mucho. Y luego estaba la solución realista, que era volver al walkman de casete y aguantar el siseo.

Sobre esa frustración, que compartíamos millones de personas sin habernos puesto de acuerdo, se libró una de las guerras de formatos más absurdas que se recuerdan. Dos empresas enormes, el mismo año, la misma idea, dos soluciones incompatibles. Y un final que no se le ocurrió a ninguna de las dos.

Dos gigantes, el mismo año, la misma idea

En 1992 estaba claro que al casete analógico le quedaba poco. El CD llevaba una década arrasando, la gente ya sabía lo que era el sonido digital, y el eslabón que faltaba era un formato que grabase en digital y cupiera en un bolsillo. El DAT lo había intentado y se había quedado por el camino, en buena medida porque la industria discográfica le hizo la vida imposible. El hueco seguía abierto y era enorme.

Así que Philips y Sony, que habían inventado juntos el compact disc y llevaban años siendo aliados, se separaron y fueron cada uno a lo suyo. Philips se alió con Matsushita, la casa madre de Technics y Panasonic, y sacó el Digital Compact Cassette. Sony sacó el MiniDisc. Los dos se presentaron en 1992 con pocos meses de diferencia, los dos prometían calidad digital y grabación doméstica, y los dos eran absolutamente incompatibles entre sí.

Lo interesante es que sus estrategias eran opuestas, y que cada una tenía su lógica.

Philips jugó a no perder

La apuesta de Philips era la prudencia. El DCC era un casete que por fuera se parecía muchísimo al de toda la vida, y su gran argumento de venta era que el aparato también reproducía tus cintas analógicas. No tirabas nada. Comprabas el reproductor nuevo, seguías escuchando las cintas que llevabas quince años acumulando, y a partir de ahí grababas en digital. Sobre el papel es un razonamiento impecable: la mayor barrera para cambiar de formato es la colección que ya tienes.

El problema es que esa misma prudencia lo hacía invisible. Un aparato nuevo tiene que parecer nuevo, y aquello parecía exactamente lo mismo que había en el mueble del salón. Cuando la novedad de tu producto es que también hace lo que ya hacía el anterior, tienes un problema de escaparate.

Y luego estaba el detalle que lo estropeaba todo: los aparatos reproducían cintas analógicas, pero no las grababan. O sea, podías escuchar tus cintas viejas pero no seguir haciendo cintas viejas. Para regalarle una recopilación a alguien seguías necesitando el equipo antiguo, porque tu amigo no tenía DCC ni lo iba a tener. La compatibilidad, que era el gran argumento, funcionaba solo hacia atrás y solo a medias.

Sony jugó a deslumbrar

El MiniDisc iba justo por el otro lado. Era pequeño, era bonito, era claramente otra cosa. Un disco de seis centímetros y pico metido en una carcasa cuadrada de plástico, que se grababa y se regrababa cuantas veces quisieras, que permitía saltar de canción al instante sin rebobinar nada, y que además te dejaba ponerle nombre a los temas y cambiarlos de orden después de grabarlos. Cortar una pista, unir dos, mover la última al principio. Editar sin destruir, que en un mundo de cintas era pura ciencia ficción.

Y sobre todo, no saltaba. Podías bajar corriendo las escaleras del metro con el reproductor en el bolsillo y la música seguía ahí. Para quien había sufrido el discman, aquello era el argumento definitivo.

Yo el MiniDisc lo recuerdo perfectamente, y lo recuerdo como se recuerdan las cosas que tenía otro. Siempre había alguien con más presupuesto que aparecía con uno, con sus discos diminutos etiquetados en la pantallita, y el resto mirábamos aquello con una mezcla muy noventera de admiración y cálculo mental. Funcionó razonablemente bien en Japón y tuvo su público en Europa, sobre todo entre gente que grababa cosas: músicos, periodistas, aficionados a la radio. Pero nunca llegó a ser lo que Sony quería que fuese, que era el sustituto natural del casete en todas las casas del planeta.

Y ganó un tercero que no estaba invitado

Mientras Philips y Sony se peleaban por ver quién heredaba el casete, el heredero iba creciendo en otra habitación de la casa. Concretamente, encima de la mesa del ordenador.

Las grabadoras de CD existían desde principios de los noventa, pero costaban lo que un coche y vivían en estudios y empresas. En 1995 apareció la primera por debajo de los mil dólares, y a partir de ahí el precio se desplomó a una velocidad que no había manera de seguir. En un par de años ya venían de serie en los ordenadores de gama media, los discos vírgenes se vendían en tarrinas de cien y costaban céntimos, y cualquiera con un PC podía hacer una copia de un disco en unos minutos.

Ahí estaba la jugada que nadie de los dos había visto venir. El DCC y el MiniDisc eran aparatos de cadena musical: se conectaban al equipo del salón, se manejaban con sus botoncitos y competían por un hueco en el mueble. Pero la máquina de copiar música se había mudado. Ya no estaba en el salón, estaba en el escritorio, y el objeto resultante se escuchaba en cualquier reproductor de CD del mundo, incluido el del coche y el del vecino. Ni el DCC ni el MiniDisc tenían nada parecido: sus discos y sus cintas solo funcionaban en sus propios aparatos, que casi nadie tenía.

Philips lo dejó en octubre de 1996, cuatro años justos después del lanzamiento, admitiendo sin demasiado dramatismo que aquello no había funcionado. Ni siquiera hubo entierro: el formato se descontinuó y punto. Curiosamente, en Europa había vendido más que el MiniDisc, sobre todo en su casa, en Holanda. Ganar tu propio barrio cuando pierdes el mundo entero es un consuelo bastante escaso.

El derrotado que cayó simpático

Con el MiniDisc pasó algo distinto y bastante más bonito. Sony no lo mató: lo mantuvo vivo con una terquedad admirable durante veinte años más. Los walkman de MiniDisc se dejaron de fabricar en 2011 y los equipos de casa en 2013. Veintiún años de un formato que perdió su guerra en los primeros cuatro.

Y sigue teniendo hinchada. Hay gente que compra aparatos de segunda mano, que graba discos y les pone su etiqueta, que defiende el objeto con una devoción que no despierta ningún otro formato de aquella época. Yo creo que se entiende bien: el MiniDisc era el único de todos estos que era guapo. Cabía en la palma de la mano, tenía carcasa de colores, se abría una compuertita metálica al meterlo y hacía un ruido mecánico muy satisfactorio. Frente a un CD virgen plateado y anónimo, que es el objeto menos romántico que ha producido la industria musical, el MiniDisc parecía diseñado por alguien a quien le importaba cómo se siente una cosa en la mano.

Al DCC, en cambio, no lo llora nadie. Y no porque fuera peor, sino porque no llegó a ser nada en particular. Un casete que parecía un casete, dentro de un aparato que parecía el de siempre.

Nadie quería un casete mejor

Si estas dos historias comparten algo, es que las dos resolvían el problema de la década anterior. Philips y Sony se pasaron cuatro años discutiendo cómo debía ser el casete perfecto, y para cuando llegaron a una respuesta resultó que la pregunta se había quedado vieja. La gente no quería un casete mejor. Quería dejar de tener casetes.

Es un patrón que se repite bastante en este cementerio. Se invierten fortunas en perfeccionar un objeto justo cuando el objeto está a punto de dejar de tener sentido, y el ganador acaba siendo alguien que estaba jugando a otra cosa. En 1992, mientras dos multinacionales medían sus cintas y sus discos, el futuro de la música ya se estaba escribiendo en un formato que no ocupaba nada, no se podía tocar y todavía no tenía nombre.

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