Un libro firmado en 1999, un canal de IRC y la pista perdida de Rodolfo Martínez
En 1998 me juntaba en un canal de IRC con gente a la que nunca vi la cara para hablar de ciencia ficción. Una de ellas me regaló un libro firmado por Rodolfo Martínez, fechado el 20 de julio de 1999. Tirando de ese hilo he acabado reconstruyendo la trayectoria de uno de los autores más tozudos y prolíficos de la ciencia ficción española.

Estaba ordenando la balda de los libros pequeños, esa donde acaban los volúmenes que no encajan en ninguna colección, y me topé con un tomito de tapa blanda que llevaba veintitantos años sin abrir. Lo abrí. Y ahí seguía la firma, a bolígrafo azul, con una fecha debajo: 20/07/1999. Rodolfo Martínez. Me quedé un rato largo con el libro en la mano, que es lo que pasa con los objetos que uno guarda sin saber muy bien por qué.
Un canal de IRC, seis nombres y ninguna cara
Para entender de dónde sale ese libro hay que retroceder a 1998, cuando conectarse a internet consistía en oír al módem negociar con la centralita como si estuviera regateando en un mercado. Yo entraba a chats temáticos de IRC, no me preguntéis en qué red porque no lo recuerdo, y en algún momento de aquel año se formó un grupito estable de seis o siete personas que nos citábamos casi a diario en una sala para hablar de ciencia ficción.
No éramos anónimos, conviene aclararlo, porque la leyenda del internet de los noventa siempre lo pinta como un carnaval de identidades falsas. A cada nick le poníamos sin ningún problema un nombre de pila, una ciudad y una edad aproximada. Sabíamos quién estudiaba, quién trabajaba a turnos y por eso aparecía a horas raras, quién vivía en el norte y quién en Madrid. Lo que no hubo nunca fue una cara: ni foto, ni quedada, ni un café. Nos conocíamos con bastante precisión y no nos habríamos reconocido por la calle.
Aquella mezcla producía una intimidad rarísima y muy real. Uno era militante de Philip K. Dick hasta la extenuación, otro defendía que la ciencia ficción española no existía como tal y otro rebatía eso mismo cada noche con una paciencia de santo. Se discutía sobre Neuromante y sobre si el ciberpunk ya estaba muerto en el 98, que probablemente lo estaba. He tenido conversaciones sobre ciencia ficción en librerías de Buenos Aires, en un albergue de Tallin y en la cola de una feria del libro, y ninguna se parece del todo a aquellas madrugadas de texto sobre fondo negro.
El tomito que llegó por correo
Una de las participantes del canal era, resulta, la novia de Rodolfo Martínez. Nunca lo usó como credencial ni fue el eje de las conversaciones, era simplemente un dato más de los que uno acaba sabiendo de la gente con la que habla a diario. Y un buen día, sin que yo pidiera nada, decidió mandarme el libro firmado por él.
Ese detalle es el que hace que siga guardándolo. Éramos jóvenes y estábamos pelados, y en 1999 aquel gesto no era un clic: era comprar el libro, conseguir la firma, meterlo en un sobre acolchado, pagar el franqueo y bajar a Correos por alguien a quien no habías visto en tu vida y a quien probablemente no verías nunca. El regalo costaba dinero y costaba tiempo, las dos cosas que a esa edad se tienen en cantidades inversamente proporcionales.
El volumen es de esos que hoy parecen un objeto arqueológico: un tomo doble que reúne Qué raro que me llame Guadalupe, de la argentina afincada en México Myriam Laurini, y Territorio de pesadumbre, de Rodolfo Martínez. Dos novelas cortas, dos géneros distintos —negro duro mexicano por un lado, ciencia ficción postapocalíptica por otro— cosidos en el mismo lomo. La edición es de la Semana Negra de Gijón, 1999.
Territorio de pesadumbre es, además, uno de los textos más personales de su autor: una Tierra convertida en paisaje de pesadilla donde unos cuantos clanes familiares sobreviven bajo condiciones extremas mientras se despedazan entre ellos, con reminiscencias evidentes de Herbert y con un consejero enigmático que le da la vuelta a todo en la segunda mitad. La novela había ganado la beca Pepsi-Semana Negra en 1998, que es justo lo que explica que acabara publicada por el festival al año siguiente, y años después sería finalista del Ignotus de novela corta. Sportula la reeditó en 2018 en formato de bolsillo, así que sigue siendo perfectamente localizable si a alguien le pica la curiosidad.
20 de julio de 1999, dos días después del festival
La duodécima Semana Negra de Gijón se celebró del 9 al 18 de julio de 1999. La dedicatoria está fechada el día 20, cuarenta y ocho horas después de que se apagaran las luces del recinto. Y ellos vivían allí, en Gijón, así que el festival les caía literalmente en casa: diez días de julio con la ciudad llena de escritores, casetas, feriantes y ruido hasta las tantas, y luego el vacío repentino y todo el mundo recuperando su horario de siempre.
La escena que me sale imaginar es doméstica más que épica. Se acaban las presentaciones y los desayunos imposibles, el lunes o el martes siguiente la casa vuelve a estar en silencio, y ella coge un ejemplar del tomo doble —editado y vendido en ese mismo festival— y se lo pone delante para que se lo firme a un amigo del chat. Uno del norte, sí, uno de los del canal de ciencia ficción. Él pregunta cómo se escribe el nombre, garabatea la dedicatoria y anota la fecha del día sin darle la menor importancia.
Un gesto minúsculo, de los que no se documentan en ningún sitio, y que veintisiete años después es el único registro fechado que queda de todo aquello.
Quién era el tipo que firmaba aquello
Cuando me llegó el libro, Rodolfo Martínez tenía treinta y cuatro años y ya no era ninguna promesa. Había empezado en fanzines a finales de los ochenta, en 1995 publicó La sonrisa del gato, un ciberpunk que se llevó el Ignotus, y al año siguiente se sacó de la manga La sabiduría de los muertos, donde metía a Sherlock Holmes en un asunto lovecraftiano y conseguía que la mezcla no diera vergüenza ajena, que tiene mucho mérito.
Cuesta explicar hoy lo que significaba escribir ciencia ficción en castellano en aquella década. Significaba, básicamente, no ganar dinero. El género era territorio de traducciones anglosajonas y de colecciones de quiosco, y quien firmaba en español lo hacía sabiendo que su público cabía en un pabellón mediano. Aun así había una escena entera funcionando debajo del radar: fanzines fotocopiados, los Ignotus, la sección de ciencia ficción de la Semana Negra y tertulias de madrugada como la mía. En aquel canal, tener a mano a la novia de un autor que publicaba de verdad nos parecía una especie de línea directa con el Olimpo, aunque el Olimpo consistiera en un señor de Candás escribiendo en un piso de Gijón.
Veintisiete años mirando hacia otro lado
Le perdí la pista casi inmediatamente, como se pierde todo cuando cambias de trabajo, de casa, de vida y de proveedor de internet. Ponerme ahora a ver qué había sido de él ha tenido algo de abrir una cápsula del tiempo y encontrártela llena hasta arriba.
El hombre no ha parado ni un año. Ganó el Minotauro en 2005 con Los sicarios del cielo, siguió estirando su Sherlock Holmes fantástico durante toda la década siguiente, recopiló en cuatro volúmenes el ciclo de Drímar —el universo del que Territorio de pesadumbre es pariente cercano—, se inventó una serie de espionaje en un mundo alternativo con El adepto de la Reina y entre 2020 y 2023 se marcó El hueco al final del mundo, cuatro tomos que él mismo describe como la vez que puso toda la carne en el asador. La estantería de premios da un poco de risa nerviosa: nueve o diez Ignotus repartidos por casi todas las categorías existentes.
De todo lo que he ido leyendo estos días, lo que más gracia me ha hecho es que aquel Holmes lovecraftiano acabó traducido al inglés, al francés, al portugués, al turco y al polaco. Un pastiche escrito por un asturiano se lee en Estambul y en Varsovia. Nosotros, en el canal, discutíamos si la ciencia ficción española existía o era una entelequia, y resulta que mientras tanto estaba haciendo las maletas.
Un escritor que se monta su propia editorial
La otra mitad de la historia tiene menos glamur y me parece más interesante. En 2009 decidió probar como editor y montó Sportula, una editorial pequeña de género donde empezó reeditando lo suyo —cosa que él mismo había criticado durante años, y no le duelen prendas en reconocerlo— y terminó publicando los primeros libros de gente como Pablo Bueno, Felicidad Martínez, Pablo García Maeso o Laura S. Maquilón.
Ahí veo una línea recta con el gesto del sobre acolchado. Si el sistema no te hace hueco, te lo construyes tú, y ya que estás lo dejas abierto para el que venga detrás. Es exactamente la misma lógica del fandom de los noventa —el fanzine, la fotocopiadora, el mandarle cosas a un desconocido porque le va a gustar—, solo que con ISBN y facturas.
Y sigue ahí. En 2024 publicó Las crónicas de Duniya, en 2025 Bajo la enseña de la Tigresa, otro asalto al universo de Conan, y ha anunciado la novela que cierra el ciclo que arrancó en 2018. Mantiene además un blog en el que este mismo año escribe sobre los tebeos de Vértice de su infancia, sobre Los cantos de Hiperión o sobre el miedo de algunos autores a que su prosa se confunda con la de una máquina. Ese último debate, en 1999, habría sido el argumento de un relato; hoy es conversación de bar.
O sea que la pista no estaba perdida en ningún momento. Estaba donde siempre, publicando un libro detrás de otro mientras yo miraba hacia otro lado.
Lo que un libro firmado guarda además de una firma
Un libro dedicado no vale gran cosa en el mercado de segunda mano si el autor no es una estrella mediática, y este no lo es en ese sentido comercial. Lo que vale es otra cosa. Ese bolígrafo azul certifica que en julio de 1999 existió un canal de IRC donde seis o siete personas hablaban de ciencia ficción con nombre, ciudad y edad conocidos, y que una de ellas pensó que a mí me haría ilusión aquel tomito y se gastó el dinero y la tarde en que me llegara.
Lo raro, y lo que me deja algo incómodo al escribirlo, es que he olvidado cómo se llamaba. He olvidado cómo se llamaban todos. No hay hilo que tirar, no hay registro, no hay servidor que archivara nada porque a nadie se le ocurrió entonces que aquello mereciera archivarse, y las conversaciones se evaporaron en el mismo instante en que se escribían. La memoria se quedó con el afecto y tiró los nombres, que es un reparto bastante injusto.
Lo único que sobrevivió al naufragio es este tomito de la Semana Negra con dos novelas cortas dentro, una firma y una fecha escrita a mano. Un regalo que sigue funcionando veintisiete años después, hecho por alguien cuyo nombre daría bastante por recordar.


