Fallen Angels, un cómic que solo pretendía divertir

Cinco tomitos de manga erótico gay que compré en 2005 y había olvidado. No hicieron historia ni rompieron ninguna barrera: simplemente eran buenos. Y sus autores, que se montaron su propia editorial, aguantaron más que la revista que les publicaba.

Ilustración homenaje a Fallen Angels de Javi Cuho y David Cantero

En la misma caja donde encontré los cuatro números de Claro que sí había otra cosa que había olvidado por completo: cinco tomitos apilados, formato bolsillo, portadas moradas y amarillas y rosas. Fallen Angels. Guion de Javi Cuho, dibujo de David Cantero.

Y al abrir el primero me acordé de golpe de lo bien que me lo pasé con aquello.

Un formato que no era el mío

Lo que más me llamó la atención entonces, y sigue llamándomela ahora, es que aquello no se parecía a nada de lo que yo compraba. Yo venía de muchos años de superhéroes: grapa grande, color, cuadrícula, un tío con capa resolviendo un problema cada mes. Esto era otra liga.

Tomitos de once centímetros y medio por diecisiete y medio, con lomo, cien páginas en blanco y negro. O sea, formato manga puro, aunque con el sentido de lectura occidental para no complicarle la vida a nadie. Se leía de una sentada, cabía en el bolsillo de la chaqueta y tenía un ritmo narrativo que no era el de los tebeos americanos: más aire, más páginas para una sola escena, menos texto por viñeta.

Nunca he sido gran lector de manga, y sin embargo aquello enganchaba. Supongo que porque no pretendía ser una obra importante. Era diversión sin complejos, con su punto de exceso y sin ninguna intención de sentar cátedra sobre nada.

Tres ángeles que suspenden el examen

El planteamiento tiene bastante gracia. En el cielo se decide que unos cuantos ángeles bajen a la Tierra a hacer el bien y ganarse así sus alas definitivas. Dark Angel, Blue Angel y Sweet Angel no superan las pruebas, así que se fugan del paraíso en un último intento de demostrar de lo que son capaces.

A partir de ahí, la saga va encadenando episodios: una epidemia que convierte a la gente corriente en monstruos, un día en la playa más gay de la zona, un reencuentro con alguien del pasado que le tuerce el ánimo a Dark, y un desenlace que ya venía anunciado desde el título del último tomo. Los cinco números son Evangelius, Posesión, Prohibido, Elegidos y Apocalipsis, y leídos seguidos forman una línea que va del cielo al fin del mundo sin desviarse ni una vez.

Es erótico y explícito, conste. Pero lo que lo hace disfrutable no es eso: es que la comedia funciona y los personajes tienen carácter propio desde la primera página. Uno melancólico, otro descarado, otro ingenuo. Fórmula clásica, ejecutada con oficio.

La fecha que lo cambia todo

Y aquí viene el dato que me ha hecho sentarme a escribir esto.

Evangelius, el primer tomo, se publicó en octubre de 2005. El mismo mes exacto en que salía a los quioscos el número 1 de Claro que sí, la revista de La Cúpula donde estos mismos dos autores publicaban por entregas Víctor & Álex.

O sea que Cuho y Cantero estaban jugando en dos tableros a la vez desde el primer día. Con una mano, la revista con distribución nacional, respaldo de editorial histórica y Ralf König de reclamo en portada. Con la otra, un proyecto propio en formato de bolsillo. Y no publicado en cualquier sitio, sino bajo un sello que se llama, sin disimulo ninguno, Cantero & Cuho Editorial.

Se montaron su propia editorial. No buscaron acomodo en la casa de otro: crearon la casa.

Quién aguantó más

Lo que pasó después es la parte buena de la historia, y le da la vuelta a lo que yo daba por hecho.

Claro que sí sacó cuatro números y cerró. Octubre de 2005, enero, abril y julio de 2006, con una subida de precio del veinte por ciento por el camino y dos antologías de liquidación en 2007. Año y medio de vida para una revista con distribución nacional, autores internacionales y editorial consolidada detrás.

Fallen Angels también las pasó canutas, conste. Basta con manosear los cinco tomos para verlo. Los tres primeros llevan la portada en cartulina mate y los dos últimos en satinado brillante: en algún punto cambiaron de imprenta o de proveedor de papel, y esas cosas no se hacen por capricho estético. Los cuatro primeros costaban 6,50 euros y el quinto subió a 7,50. Y las fechas, que en los primeros tomos ni siquiera bajan del año, se estiran hasta un último número fechado en octubre de 2007, bastante después de lo que el ritmo inicial hacía esperar.

O sea que aquello no salió rodado en absoluto. Hubo lo que suele haber en estos casos: retrasos, costes que no cuadran, decisiones tomadas sobre la marcha y un final que se alarga bastante más de lo previsto.

Pero llegaron. Cinco tomos, saga completa, desenlace publicado. El primero incluso tuvo reedición años más tarde. Y esa es la diferencia con la revista: el proyecto con estructura y respaldo se paró a mitad de camino, y el proyecto de dos tipos con su propio sello terminó lo que había empezado, aunque fuera con el papel cambiado y un euro más caro. Lo que aguantó no fue lo que tenía medios, sino lo que tenía control sobre sus propias decisiones y ganas de acabarlo.

Un debut disfrazado de entretenimiento

Otra cosa que no sabía en su momento: yo estaba comprando el debut de un guionista. La propia biografía de Cuho sitúa 2005 como el año en que empezó a publicar como guionista de cómic. Evangelius es prácticamente su carta de presentación.

Desde entonces ha firmado más de diez títulos, ha trabajado con dibujantes de medio mundo y su obra se lee en inglés, francés e italiano. La trayectoria que empezó en esos tomitos de bolsillo acabó siendo internacional, que es exactamente el patrón que ya vimos con Nazario traducido en 1983 y con el resto del cómic gay español: aquí se empieza, y para seguir hay que mirar fuera.

Lo curioso es que nada de eso se nota al leerlo. No hay ninguna solemnidad de obra inaugural, ningún gesto de autor queriendo dejar constancia. Hay tres ángeles cachondos metiéndose en líos y un guionista de veinticuatro años pasándoselo bien.

Lo que valen los tebeos que no pretenden nada

Llevo cinco artículos hablando de hitos, de censuras, de fechas históricas y de números que cambiaron algo. Northstar y sus dos palabras, Anarcoma y el underground, König recogiendo un premio travestido, una revista que se creía prensa. Todo muy importante.

Y luego está esto: cinco tomitos que compré porque me apetecía, que leí en un rato y que guardé sin pensar dos veces. No hicieron historia, no rompieron ninguna barrera, no salieron en la prensa generalista. Simplemente eran buenos y me hicieron pasar un buen rato.

Puede que esa sea la última etapa del recorrido, en realidad. Del cómic gay clandestino de 1975 al cómic gay que no necesita justificarse, que no es un manifiesto ni un hito ni una reivindicación, sino un tebeo de ángeles caídos que uno compra para entretenerse. Cuando algo llega a ese punto es que ha dejado de ser una causa para convertirse en un género más.

Ahí siguen los cinco, en la caja de la que salieron. Tan disfrutables como el primer día.

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