Claro que sí: cuatro números y se acabó
En 2005 salió a los quioscos una revista española de cómic gay con una nómina de autores de medio mundo. Duró año y medio. Tengo los cuatro números en casa y cuentan bastante más de lo que parece.

Después de escribir sobre Northstar, sobre Anarcoma y sobre el cómic gay europeo, me quedaba una pieza por colocar y estaba en mi propia casa. Rebuscando he acabado dando con cuatro revistas que compré en su momento y de las que apenas me acordaba.
Claro que sí. Cómics para entendidos. Cuatro números, de octubre de 2005 a septiembre de 2006. Ediciones La Cúpula. Y ahí se acabó.
Un subtítulo que lo dice todo
Antes de abrirlas, el subtítulo ya cuenta media historia. Entendidos. Esa era la palabra que se usaba cuando no se podía usar ninguna otra: alguien entendía, y con eso quedaba dicho todo sin decir nada. Era el vocabulario del armario, un código para reconocerse entre desconocidos sin exponerse.
Y ahí está, recuperado en 2005 en plan chiste privado, impreso en una portada donde dos chicos se abrazan a plena luz mientras pasean al perro. La palabra que servía para esconderse convertida en reclamo de quiosco. Toda la distancia recorrida en tres décadas cabe en ese juego.
El resto de la cabecera va en la misma línea: magazine ilustrado trimestral, sólo para adultos, y un logo enorme en amarillo sobre rojo que no pretende pasar desapercibido en el expositor. Esto no era un fanzine de distribución interna. Era una revista que se plantaba en el quiosco a competir por la mirada de cualquiera.
La nómina, que es de aúpa
Lo que más me ha sorprendido al repasar los sumarios es el nivel de las firmas. Ralf König aparece en los cuatro números, empezando por Suck My Duck en el primero, y la portada del cuarto es suya: una manifestación entera de narizones con la bandera arcoíris. El autor más vendido del cómic gay europeo funcionando como reclamo de una revista española.
Junto a él, gente de medio mundo. El estadounidense Howard Cruse, autor de Stuck Rubber Baby, uno de los grandes títulos del género. El francés Fabrice Neaud, con su monumental diario autobiográfico. El belga Tom Bouden. El canadiense Patrick Fillion. Joe Phillips, Glen Hanson, Allan Neuwirth. Y varios japoneses del circuito bara como Jiraiya o Kumachan, que en 2005 aquí no conocía prácticamente nadie.
En la parte española, David Cantero, Javi Cuho, Sebas Martín, Santi Valdés, Ismael Álvarez, Toni Saldaña, Xavi Doménech, Karlos, Ginés Mota. Y firmas de fuera del tebeo: el escritor Eduardo Mendicutti en el primer número, el activista Jordi Petit en el segundo. Alguien estaba haciendo un trabajo de selección serio, con contactos internacionales y con ganas de que aquello no pareciera un producto menor.
Nazario regalando calendario en 2006
Hay un detalle en el número 2 que me ha dejado tocado. En la portada, junto a dos Papás Noel en actitud poco navideña, un rótulo anuncia el regalo del número: un calendario de Nazario.
Treinta años después de La Piraña Divina autoeditada en la clandestinidad, el hombre que inventó a Anarcoma ilustrando el calendario promocional de una revista de quiosco. No sé si él lo viviría como una consagración o como un encargo más para ir tirando, pero visto desde fuera es un puente generacional precioso: el underground de la Transición dándole la mano al cómic gay del siglo XXI en el mismo grapado.
Lo que cuenta el precio
Y aquí viene el dato que a mí me parece más elocuente de todos, y está en la esquina de las portadas.
Los números 1 y 2 costaban 4,95 euros. El 3 y el 4 pasaron a 5,95. Un veinte por ciento de subida en el tercer número de una publicación trimestral. Eso no se hace cuando las cosas van bien: se hace cuando hay que salvar los muebles y aún no se ha decidido cerrar. Después del cuarto no hubo un quinto. Solo aparecieron dos antologías en 2007, una de verano y otra de invierno, que es la manera educada de liquidar el material pendiente y bajar la persiana.
Año y medio. Una revista con König de cabecera, con Cruse y Neaud traducidos, con una docena larga de autores españoles y un público potencial que acababa de ver aprobado el matrimonio igualitario apenas unos meses antes. Y no salieron las cuentas.
Una revista que se creía prensa
El tercer número tiene un detalle que se me había pasado por completo. En la portada, junto a la ilustración principal, hay insertada una viñeta en la que unos personajes piden perdón, con mucho retintín, por su libertad de prensa y de expresión.
Es abril de 2006, apenas unos meses después de que estallara la crisis internacional por las caricaturas de Mahoma publicadas en Dinamarca. O sea que una revista española de cómic gay estaba tomando posición en el gran debate del momento sobre libertad de expresión, y lo hacía en portada, no en una página interior.
Eso dice mucho de cómo se veía a sí misma. No como un producto de nicho para consumo del colectivo, sino como una publicación con opinión sobre lo que estaba pasando en el mundo. Y probablemente ahí esté también parte del problema: para el lector de tebeo general seguía siendo la revista gay, y para el lector gay quizá era demasiado revista.
El patrón que se repite
Lo que me deja pensativo es que esto no es un caso aislado, sino la enésima vuelta de la misma rueda.
Sebas Martín llevaba publicando desde finales de los ochenta y ya había ganado dos premios Casal Lambda de cómic, en 1997 y 1999, además del primer Serra i Moret de la Generalitat en 2000. Claro que sí no le cayó del cielo: la fundó y la dirigió él mismo como editor jefe, reuniendo esa nómina internacional con contactos que llevaba años cultivando. Y aun así duró cuatro números. Javi Cuho publicó ahí Víctor & Álex junto a David Cantero, y con los años acabó trabajando para Class Comics, la editorial canadiense de Patrick Fillion, que casualmente estaba en el sumario del número 1. El contacto internacional que le acabó dando salida ya estaba dentro de la revista desde el principio.
Es decir: aquí el material existe, los autores existen y son buenos, y aun así la carrera no se sostiene sin mirar fuera. Nazario en 1983 se traducía al inglés, al francés y al alemán. Cuho treinta años después publica para Canadá. En medio, un mercado propio que nunca ha terminado de aguantar una cabecera más de año y medio.
Cuatro grapas en una estantería
Me hace gracia pensar en el recorrido de este cuaderno de artículos. Empecé preguntándome si un tebeo americano de 1992 había llegado a mi quiosco, y la respuesta fue que no. Luego descubrí que lo bueno estaba en otro estante y yo no me atrevía a acercarme. Y ahora resulta que en 2005, con treinta años cumplidos y sin ningún problema para acercarme a nada, compré cuatro revistas de cómic gay español, las leí y las guardé sin darle mayor importancia.
Eso también es una forma de normalidad, supongo. La que consiste en comprar algo y olvidarte de que lo tienes.
Lo que no sabía entonces es que estaba comprando el catálogo completo de una cosa que se acabaría enseguida. Cuatro números y dos antologías, y ya está. Ahí siguen, en la estantería, con las portadas un poco combadas y el precio impreso en la esquina contando una historia que en su momento no supe leer.


