El futuro que nos prometieron los móviles y que se murió por el camino

Palm, Nokia, Mozilla y Canonical imaginaron teléfonos distintos y todos fracasaron. Lo raro es que hoy usamos sus ideas a diario, dentro del único aparato que ellos querían evitar.

Varios teléfonos móviles de finales de los 2000 colocados en fila sobre una superficie de madera

Tengo un cajón que no existe. Dentro guardo cinco teléfonos que propusieron en serio otra manera de entender lo que llevamos en el bolsillo, y que perdieron todos. Conviene que sea honesto desde el principio: de esos cinco, solo uno fue realmente mío. Otro lo tuve en la mano diez minutos en una tienda. Dos los envidié desde lejos, leyendo análisis y mirando fotos con esa avaricia rara que da la tecnología cuando todavía parece que puede cambiar algo. Y el quinto no llegó a fabricarse nunca.

Lo curioso no es que fracasaran. Es que casi todo lo que inventaron está ahora mismo funcionando en el aparato que llevo encima, fabricado por las dos únicas empresas que quedaron en pie. Los sistemas murieron; sus ideas fueron saqueadas y sobreviven estupendamente. Eso, más que nostalgia, es retrofuturismo puro: habitar el futuro que pediste con la única pieza que te importaba retirada del paquete.

Palm Pre: la joya que no entendió nadie, ni siquiera Palm

Empiezo por el que sí fue mío, que además es el que más quise. El Palm Pre salió en 2009, tenía forma de canto rodado, cabía entero en la palma de la mano y llevaba un teclado deslizante que hacía un clic satisfactorio. Palm era la empresa que había inventado la agenda electrónica y llevaba una década perdiendo dinero y relevancia. El Pre fue su último cartucho, y lo dispararon bien: webOS era un sistema operativo escrito casi enteramente con tecnologías web, ligero, coherente y con una idea de interfaz que era una genialidad.

Esa idea eran las tarjetas. Las aplicaciones abiertas no eran una lista ni un menú: eran naipes apilados que recorrías con el dedo y que descartabas lanzándolos hacia arriba, fuera de la pantalla. Multitarea que se entendía sin manual, porque funcionaba como funcionan los objetos físicos. Nadie lo había hecho así antes. Ahora mira el gestor de tareas de tu teléfono actual, sea cual sea. Ahí está, tal cual, quince años después, en los dos sistemas que quedan y en medio navegador.

Palm nunca vendió suficientes unidades. HP la compró en 2010 por unos mil doscientos millones de dólares, anunció que webOS iba a estar en todo (móviles, tabletas, hasta impresoras) y lanzó una tableta, la TouchPad, en julio de 2011. La retiró del mercado cuarenta y nueve días después. Cuarenta y nueve. Luego liquidó el inventario a noventa y nueve dólares la unidad y se agotó en horas, porque cuando aquello dejó de ser un producto y pasó a ser un juguete barato resultó que a la gente sí le interesaba. webOS acabó vendido a LG en 2013 y hoy gobierna televisores. El sistema que reinventó la multitarea terminó dedicado a que elijas entre catorce plataformas de vídeo con un mando a distancia.

Nokia N900: el teléfono que era un ordenador de verdad

Este no lo tuve, y me arrepiento. El N900 salió también en 2009, era un ladrillo con teclado deslizante y pantalla resistiva, y llevaba Maemo, que no era un sistema operativo móvil disfrazado de Linux sino directamente una distribución de Linux basada en Debian. Abrías una terminal y estabas en casa. Instalabas paquetes. Podías romperlo de doce maneras y arreglarlo de trece. Su navegador renderizaba la web de verdad, sin versiones móviles infantiloides, cuando eso era prácticamente ciencia ficción.

También era, hay que decirlo, bastante penoso de usar. Lento, con una interfaz que parecía diseñada por comité y una batería que se evaporaba. Nadie que no disfrutase del sufrimiento podía llevarlo como teléfono principal, y ahí está buena parte de la explicación de por qué no llegó a ninguna parte. Pero tenía una cualidad que hoy no existe en ningún aparato de consumo: era tuyo hasta el fondo. No había una capa donde el fabricante dijese "de aquí no pasas".

Nokia iba a construir sobre esa base el sistema del futuro, primero con Maemo y después con MeeGo, el proyecto conjunto con Intel. Tenían el software, tenían la mayor cuota de mercado del planeta y tenían la mejor división de hardware de la industria. Lo que no tenían era una dirección capaz de aguantar dos años de tormenta.

Nokia N9: el mejor móvil que hizo Nokia, muerto por un memorándum

El N9 salió en 2011 y sigue siendo, objetivamente, precioso. Policarbonato de color entero, sin juntas visibles, con el cristal curvado por los cuatro bordes cuando todos los demás eran cajas negras. Y una idea de interfaz brutal para la época: no tenía botón de inicio. Ninguno. Todo se resolvía deslizando desde los bordes de la pantalla. Seis años antes de que el resto de la industria llegara ahí, alguien en Finlandia ya lo había resuelto.

La crítica lo adoró y quien lo tuvo le desarrolló una lealtad casi religiosa. Y mientras tanto, en febrero de ese mismo año, Stephen Elop había mandado a la plantilla de Nokia el famoso memorándum de la plataforma en llamas: estamos encima de una plataforma ardiendo, hay que saltar al agua. Saltó a los brazos de Microsoft y de Windows Phone. El N9 salió a la venta ya condenado, con la propia empresa gastándose el presupuesto de marketing en promocionar otra cosa y con todo el mundo sabiendo que no habría segunda parte. Un suicidio anunciado, ejecutado con puntualidad nórdica.

Un puñado de ingenieros de aquella casa se largó y fundó Jolla para continuar el trabajo por su cuenta. Sacaron un teléfono con carcasas traseras intercambiables que añadían funciones, hicieron campaña de financiación colectiva, sobrevivieron a una quiebra y siguen ahí, más de una década después, con Sailfish OS, unos pocos miles de fieles y algún contrato institucional. Es la historia más digna de todo este cementerio: no ganaron nunca, pero tampoco se murieron.

Firefox OS: la revolución llegó a España por sesenta y nueve euros

A este sí lo tuve en la mano, en una tienda, y me pareció un cacharro deprimente. El ZTE Open salió en España en julio de 2013, lo distribuía Movistar y costaba menos de setenta euros. Plástico crujiente, cámara lamentable, tan poca memoria que había que cerrar el navegador para abrir el marcador. Y aun así es el que más me interesa de los cinco, porque la idea que llevaba dentro sigue siendo la mejor idea que ha tenido nadie sobre este asunto.

Firefox OS, que había empezado en Mozilla con el nombre de Boot to Gecko, era un sistema en el que todo eran páginas web. Todo. El marcador de teléfono era HTML. La cámara era HTML. La agenda, los mensajes, el reloj. No había aplicaciones nativas porque no hacían falta: si sabías hacer una web, ya sabías hacer aplicaciones para aquel teléfono, sin cuota de desarrollador, sin revisión y sin pedirle permiso a nadie. La tienda no distribuía programas, distribuía direcciones.

Y ahí estuvo el error que se llevó por delante la idea entera: se vendió como el móvil barato, no como el móvil libre. Se posicionó en la gama de entrada y en mercados emergentes, compitiendo contra androides igual de baratos pero con acceso a todo el catálogo del mundo. Nadie compra libertad si se la presentas como una carencia, y menos aún envuelta en plástico crujiente. Mozilla abandonó los teléfonos comerciales a finales de 2015. Trece años después, la web sabe hacer todo lo que aquello prometía y no podía cumplir: trabajar sin conexión, usar la cámara, guardar datos, instalarse en la pantalla de inicio. La plataforma no era mala. Llegó una década antes de tiempo, que es la forma más elegante y más injusta de equivocarse.

Ubuntu Edge: el que ni siquiera llegó a existir

El quinto de mi cajón imaginario nunca se fabricó. Aquel mismo verano de 2013, Canonical lanzó en Indiegogo una campaña para el Ubuntu Edge, un teléfono de aluminio y cristal de zafiro que prometía algo que entonces sonaba delirante: lo conectabas a un monitor y se convertía en tu ordenador de escritorio. Un solo aparato, un solo sistema, dos maneras de usarlo según dónde estuvieras.

Pidieron treinta y dos millones de dólares, una cifra que nadie había intentado nunca en financiación colectiva. Recaudaron algo menos de trece, que siguió siendo el récord histórico de la plataforma durante años, y devolvieron el dinero íntegro. El Edge no existió jamás. La idea, en cambio, se la quedaron todos: hoy conectas un móvil de gama alta a una pantalla y te aparece un escritorio con ventanas, y a nadie le parece raro.

Aquella campaña es el mejor documento de una época en la que todavía parecía posible que apareciera un tercer actor y cambiara el tablero. Doce mil personas poniendo dinero por adelantado en un teléfono que no existía, fabricado por una empresa de software libre, contra las dos mayores compañías tecnológicas del planeta. Fracasó, claro. Pero que se intentara ya dice bastante de lo que se ha perdido.

Todos perdieron, y todos ganaron

Haz el inventario conmigo. La navegación por gestos desde los bordes, sin botón de inicio: Nokia, N9, 2011. Las tarjetas apilables de la multitarea: Palm, webOS, 2009. Las aplicaciones web instalables directamente desde el navegador, sin tienda de por medio: Mozilla, Firefox OS, 2013, y hoy se llaman PWA y las usas sin saberlo. La convergencia entre móvil y escritorio: Canonical, Ubuntu Edge, 2013. La tipografía como elemento estructural de una interfaz, en lugar de rejillas de iconos brillantes: Microsoft, Windows Phone y su lenguaje Metro, que hoy no defiende nadie y que era, visualmente, el más valiente de todos.

Está todo dentro de nuestros teléfonos. Absolutamente todo. Ganaron Apple y Google y se llevaron el botín completo de una guerra que perdieron Nokia, Palm, Mozilla, Canonical, Microsoft y BlackBerry. No hay ni una sola idea de aquella década que se haya perdido por el camino, ni un hallazgo que no se haya reciclado.

Excepto uno.

Lo único que no sobrevivió al saqueo

Lo que no se quedó nadie fue la pluralidad. La posibilidad misma de que hubiera cinco maneras distintas de entender un teléfono conviviendo en el mismo escaparate. La sensación, que a estas alturas cuesta hasta explicar, de entrar en una tienda y encontrarte aparatos que no eran variaciones del mismo objeto sino propuestas que discrepaban entre sí sobre cuestiones de fondo: qué es una aplicación, quién decide qué instalas, dónde acaba tu propiedad sobre lo que has comprado.

Y por eso esto es retrofuturismo y no melancolía de coleccionista. La melancolía sería echar de menos aquellos cacharros, y no los echo de menos: el N900 era penoso, el ZTE Open era indefendible y hasta mi querido Pre iba justito. El retrofuturismo es otra cosa. Es habitar un futuro que se parece muchísimo al que pediste y que a la vez no lo es. Tengo el teléfono sin botones que imaginó Nokia, la multitarea que imaginó Palm, las aplicaciones web que imaginó Mozilla y el escritorio en el bolsillo que imaginó Canonical. Los tengo todos a la vez, en un aparato magnífico, sobre un sistema operativo que no elegí y que no puedo cambiar.

Es un futuro perfectamente cumplido al que le han quitado la parte que hacía que mereciera la pena imaginarlo. Como esas ciudades que en las postales de los años cincuenta salían llenas de coches voladores y jardines colgantes, y que acabaron construyéndose igual de altas, pero sin jardines.

No pienso ponerme heroico a estas alturas: seguiré usando el teléfono que uso, que hace fotos preciosas y me lleva a cualquier ciudad del mundo sin perderme. Pero cada vez que deslizo desde el borde para volver atrás, un gesto que alguien inventó en Finlandia hace quince años para un aparato de color magenta que su propia empresa mató el día de su nacimiento, me acuerdo de que este futuro era otro. Y de que lo que perdimos entonces no era tecnología. Era el derecho a que hubiera más de una respuesta.

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