El cómic gay europeo nunca necesitó capas

Ningún personaje del cómic europeo tuvo que salir del armario, porque ninguno estaba dentro. De Ralf König y sus narizotas a la memoria de los homosexuales confinados por Mussolini: la otra manera de contarlo.

Dos hombres de mediana edad en una cocina destartalada de madrugada: uno discute apoyado en la nevera, el otro come de un cazo sin levantar la vista.  Homanaje a Ralf König

Después de escribir sobre Northstar y sobre Anarcoma me quedó una idea rondando que creo que explica bastante mejor el asunto que cualquier lista de fechas.

El cómic americano tuvo que meter la homosexualidad dentro de un género que llevaba cincuenta años construido sobre otra cosa. Con un código de autocensura, un departamento de licencias y unos personajes que son marcas registradas. De ahí que todo se resolviera en clave de acontecimiento: el número en el que se dice, el número en el que se casan, la portada conmemorativa.

En Europa nadie tuvo que salir del armario en una viñeta porque nadie estaba dentro. El vehículo era otro —el underground primero, la novela gráfica después— y el terreno natural fue la cocina, el bar, la pareja discutiendo a las tres de la mañana. Sin acontecimiento. Sin permiso editorial. Y sin capas.

Un aprendiz de carpintero en Westfalia

El nombre grande de todo esto es alemán. Ralf König nació en Soest y empezó de aprendiz de carpintero, que es un origen poco habitual para un autor de tebeos. En 1979 comenzó a publicar en la revista underground Zomix y en una publicación gay llamada Rosa Winkel —triángulo rosa, el símbolo con el que los nazis marcaban a los homosexuales en los campos—, donde estuvo casi una década. Mientras tanto estudiaba Bellas Artes en Düsseldorf.

Su primer álbum largo, Der bewegte Mann, salió en 1987 y ahí ya estaba todo lo suyo: enredos permanentes, sexualidad sin prejuicios, parejas gais retratadas en su vida doméstica y unos heterosexuales dibujados casi siempre como cotillas y provincianos. Aquí se publicó primero como El hombre nuevo y se rebautizó El hombre deseado después de la película. Con él saltó del circuito gay al público general alemán, que es exactamente el salto que en Estados Unidos costaba tanto dar.

Las cifras dan idea del tamaño del asunto: alrededor de cinco millones y medio de ejemplares vendidos y traducciones a once idiomas. Para un cómic de temática gay escrito en alemán, eso no es un éxito, es una anomalía estadística.

Su marca visual es un chiste en sí misma. Todos sus personajes tienen unas narices enormes y redondas —Knollennasen, narices de patata, las llaman en alemán— que desactivan cualquier solemnidad antes de que la viñeta empiece. Resulta muy difícil ponerse trascendente sobre la identidad y la representación cuando el protagonista parece un pájaro con problemas de autoestima.

Konrad y Paul, cuatro décadas discutiendo

La pareja protagonista de König es probablemente la más conocida del cómic gay internacional. Konrad es el neurótico culto, el que lee y se preocupa. Paul es el que piensa con la entrepierna y complica todo lo que toca. Llevan desde los ochenta discutiendo en Colonia de política, de sexo, de religión, de vegetarianismo, de hacerse mayores.

Eso último es lo que a mí me parece más valioso. Konrad y Paul han envejecido. Cuando el autor llegó a cierta edad, sus personajes también, y de ahí salió Pitopausia, que es probablemente el único cómic que conozco dedicado a la crisis de los cincuenta desde dentro de una pareja de hombres. En el modelo americano, un personaje se casa en un número especial y ahí acaba el arco. En el modelo europeo, dos tipos se pasan cuarenta años sin que les pase nada extraordinario, que es precisamente lo extraordinario.

König ha ido más lejos con los años: adaptó Lisístrata, adaptó a Shakespeare en Yago, y se metió con la Biblia en una trilogía completa —Prototipo, Arquetipo y Antitipo— que le valió disgustos varios. Sus obras han saltado al cine cuatro veces, casi siempre para su descontento.

El condón asesino y el Salón de Barcelona

En España lo trajo La Cúpula, y aquí viene otra de esas coincidencias de calendario que ya me van pareciendo sospechosas. El primer álbum publicado en castellano fue El condón asesino, en 1991: una parodia desatada de thriller de Hollywood con una crítica a la represión sexual escondida debajo. Ganó el premio a la mejor obra extranjera en el Salón del Cómic de Barcelona y convirtió a König en el historietista alemán más popular del país, cosa que sigue siendo.

1991, el mismo año en que en Nueva York seguían dándole vueltas a si un mutante canadiense podía decir dos palabras sin arruinar una colección.

Y para rematar la comparación, un año después llega la escena que a mí me parece definitiva. En 1992, König recogió el premio Max und Moritz en el Salón Internacional del Cómic de Erlangen, el máximo galardón del tebeo alemán, de manos del alcalde de la ciudad. Se presentó travestido. Mientras al otro lado del Atlántico un guionista celebraba haber conseguido permiso para escribir dos palabras, aquí el autor de cómic gay subía a recoger el premio nacional vestido de mujer, con la autoridad municipal delante y sin que se cayera el mundo. Aquí un álbum de humor protagonizado por dos novios gais se llevaba un premio en el salón más importante del país y se agotaba en librerías.

A partir de ahí llegó casi todo: El hombre nuevo y Pretty Baby en 1992, Lisístrata en 1993, la serie de Konrad y Paul, las adaptaciones bíblicas. Sus páginas circularon también por El Víbora y por la revista Mensual, y en el número extra de Navidad de 1998 la revista regaló un tebeo con Konrad y Paul cenando en casa de la familia, con todo lo que eso implica.

Cuando el cómic gay se puso a hacer memoria

La otra cosa que permitió esa vía europea fue algo que el género de superhéroes no puede hacer casi por definición: contar historias reales de gente que no vuela.

El mejor ejemplo es italiano. In Italia sono tutti maschi, de Luca de Santis y Sara Colaone, publicado en 2008 y traducido aquí por Norma como En Italia son todos machos. El título viene de la respuesta con la que Mussolini zanjó el asunto: no hacía falta legislar contra la homosexualidad porque los italianos eran demasiado machos para eso. La realidad fue que entre 1938 y 1943 unos trescientos homosexuales italianos fueron enviados al confino, muchos de ellos a la isla de San Domino, en el archipiélago de las Tremiti.

El cómic arranca de una entrevista que Giovanni Dall'Orto le hizo en 1987 a uno de aquellos hombres, y está construido sobre una idea muy inteligente: un documentalista de los años noventa que busca a un ex confinado y se topa con la hipocresía, con la dificultad de contarlo y con lo incómodo que resulta relacionarse con los testigos de algo que nadie quiere recordar. Ganó el premio Micheluzzi en el Comicon de Nápoles y se tradujo a media Europa.

Es memoria histórica LGTBI hecha con las herramientas del tebeo, sobre un episodio que ni en Italia se conocía. Ningún superhéroe puede con eso.

Y el salto al gran público

El último eslabón lo puso Francia. El azul es un color cálido, de Julie Maroh, salió en 2010 contando una historia de amor entre dos mujeres a comienzos de los dos mil, y se convirtió en un fenómeno mundial. Cine, premios, traducciones a todo. Sin ser underground, sin ser militante de manual y sin pedirle permiso a nadie.

Ahí se cierra el recorrido que empezó en un quiosco barcelonés en 1980. De la clandestinidad al escaparate, del escaparate al premio, del premio al público general. Un camino de treinta años que en el cómic americano se recorrió al revés: desde el centro absoluto de la industria hacia una diversidad que costó décadas y que aún se anuncia en portada cada vez que ocurre.

Falta la parte de casa

Con esto quedan repartidas las tres patas: los superhéroes americanos y su llegada tardía aquí, el underground español que se les adelantó veinte años, y la vía europea que se saltó el problema entero.

Falta la cuarta, que es la que me toca más de cerca. Porque después de Nazario aquí siguió habiendo cómic gay español, aunque a trompicones y con largos silencios de por medio, y tengo unas revistas guardadas en algún sitio de casa que cuentan esa historia mejor que cualquier ficha de catálogo. En cuanto las encuentre, seguimos.

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