El rebaje de la acera no es un aparcamiento

Cada día empujo la silla de ruedas de mi madre y casi cada día encuentro un rebaje de acera bloqueado. Lo peor no es el vehículo, es la actitud.

Furgoneta de reparto detenida sobre el rebaje de la acera de un paso de peatones mientras un hombre, visto de espaldas, espera con una silla de ruedas manual sin poder cruzar

Cada día hago el mismo recorrido dos veces, a la ida y a la vuelta: de casa de mi madre a su centro de día, empujando su silla de ruedas manual. Ese trayecto me ha enseñado a mirar la calle de otra manera. Donde antes veía aceras, ahora veo bordillos, pendientes y, sobre todo, pasos de peatones rebajados.

También me ha traído un enfado que se repite casi a diario y que ya no me cabe en el cuerpo, así que lo dejo aquí por escrito otra vez. Ya conté algo parecido al hablar de los rebajes bloqueados en Bilbao, y de cómo ni el metro se libra de estos descuidos. Pero es que el tema vuelve, semana tras semana, así que vuelvo yo también sobre él. Me refiero a encontrarme esos rebajes ocupados por un coche o por una furgoneta y que, encima, el que quede como un pesado sea yo.

Lo que supone un rebaje cuando empujas una silla de ruedas

Quien no ha empujado nunca una silla de ruedas manual probablemente no se ha parado a pensar en lo que es un bordillo. Son diez o quince centímetros de nada que, con una persona sentada encima, se convierten en una maniobra: inclinar la silla hacia atrás, apoyar las ruedas grandes, bajar despacio y repetirlo todo al revés para subir a la acera de enfrente. Con tráfico alrededor y con alguien que confía en que no la vas a volcar.

Por eso el rebaje de la acera en los pasos de peatones es, para nosotros, una bendición. Esa pequeña rampa convierte un cruce en algo que simplemente se hace, sin pensarlo, igual que lo hace cualquiera que camina. Es una de esas obras de accesibilidad que no lucen en ninguna inauguración y que, sin embargo, facilitan el trayecto de una manera increíble.

El detalle importante es que no hay plan B. Cuando el paso rebajado está ocupado no puedo esquivarlo dos metros más allá, porque dos metros más allá lo que hay es bordillo. Quien camina tiene toda la acera para cruzar. Quien va en silla de ruedas tiene ese trocito y nada más.

Furgonetas de reparto, coches y el problema de la última milla

Casi a diario, alguno de los rebajes de nuestro recorrido aparece bloqueado. A veces es un coche aparcado, pero sobre todo son furgonetas de reparto.

Y en parte lo entiendo, lo digo sin ironía. El reparto de paquetería en la última milla es una pesadilla para quien lo hace: tiempos medidos al minuto, zonas de carga y descarga que no dan abasto y unas calles que nadie pensó para que cada portal reciba varios paquetes al día. Terminan aparcando donde pueden y como pueden. Sé que el repartidor no ha diseñado ese sistema y que el problema de fondo no es suyo.

Tanto lo entiendo que ya ni siquiera aspiro a que nadie ocupe la acera ni bloquee el rebaje. He rebajado yo también, y perdón por el chiste, mis expectativas. Lo que no entiendo, y aquí empieza la queja de verdad, es la actitud.

Cuando el culpable resulta ser el que quiere pasar

Lo menos que espero cuando le pido a un conductor que desbloquee el paso para la silla de ruedas es que lo haga con la mayor premura posible. Lo que me encuentro en realidad es otra cosa. Me increpan a mí. Me echan en cara que no tienen otro sitio donde parar, como si el problema lo hubiera creado yo al aparecer por allí. Y en algunos casos me dejan esperando hasta que a ellos les viene bien retirar el vehículo.

Son situaciones de indefensión. Sobre el papel la razón es mía y no hace falta ser jurista para comprobarlo: el Reglamento General de Circulación prohíbe parar en un paso para peatones y estacionar sobre la acera, y cuando el vehículo obstaculiza el paso hablamos de una infracción grave, de las de 200 euros. Pero el reglamento no está en la calle a esa hora. No puedo ni llamar a la policía municipal, porque la situación se va a resolver, mejor o peor, mucho antes de que llegue una patrulla.

Así que allí nos quedamos, delante de una furgoneta, dependiendo de la buena voluntad de alguien que ya ha decidido que el estorbo somos nosotros. Eso es lo que me molesta sobremanera: que ante un vehículo mal aparcado el que tenga que dar explicaciones sea yo, por querer pasar por el lugar que me corresponde.

Un «lo siento» no cuesta nada

No pido gran cosa. Pido la empatía suficiente para resolver el bloqueo de forma rápida y eficiente: ver la silla, entender sin necesidad de discurso lo que ocurre y mover el vehículo. Es cuestión de medio minuto.

E, idealmente, un «lo siento». Dos palabras que no cuestan nada y que cambian por completo la escena. Con una disculpa por delante, la misma furgoneta en el mismo rebaje deja de ser un agravio y pasa a ser un contratiempo entre dos personas que intentan sacar adelante su mañana. Sin ella, y con un reproche en su lugar, me marcho con el enfado puesto para el resto del camino.

Tiene además algo de contagioso. A quien se disculpa y se aparta dan ganas de darle las gracias, y de esa manera tan tonta dos desconocidos terminan tratándose bien. No se me ocurre una forma más barata de fomentar la empatía.

Ambulancias y coches de policía en el paso rebajado

Y luego llegamos al límite del sentido común: las ambulancias y los coches de policía. Son vehículos que pueden detenerse literalmente en cualquier lugar, y me parece bien que así sea. Si hay una urgencia, espero lo que haga falta y no hay más que hablar.

Pero precisamente porque pueden parar en cualquier sitio me llama la atención que, en multitud de ocasiones, el sitio elegido sea la acera rebajada. Imagino que por comodidad, porque subirse a la acera resulta más fácil por la rampa, o por pensar que allí no se molesta a nadie, porque la nuestra es una necesidad minoritaria.

Tiene su guasa que ocurra justo con ellos. El personal de una ambulancia mueve sillas y camillas a diario y sabe mejor que nadie para qué sirve un rebaje. Y un coche patrulla subido a un paso rebajado es un pésimo argumento para el día en que haya que pedirle a otro conductor que lo deje libre.

Antes yo tampoco me fijaba

Toca también un poco de honestidad. Imagino que hace cinco o diez años yo no era tan consciente de la necesidad de que esos pasos estén libres, y que ahora que los necesito estoy más sensible a la situación. La accesibilidad tiene eso: resulta invisible hasta que te hace falta.

Por eso mismo no creo que detrás de cada rebaje bloqueado haya mala fe. Creo que hay, sobre todo, gente que nunca se ha visto en la necesidad de pensar en ello. El rebaje parece un trozo de acera sin uso, un hueco práctico donde un vehículo cabe bien y da la impresión de no estorbar.

Pero estorba, y no solo a las sillas de ruedas. Por ahí pasan también los carritos de bebé, los andadores, los carros de la compra y, ya que estamos, las carretillas cargadas de paquetes de los propios repartidores. La diferencia es que casi todos ellos pueden apañarse de otra forma. Quien va en silla de ruedas no tiene la opción de utilizar otra vía.

Hace falta una campaña de sensibilización

No sé a quién le corresponde ni qué forma debería tener, pero creo que necesitamos algún tipo de campaña de sensibilización sobre la necesidad de dejar libres los pasos rebajados. Algo sencillo, que explique que ese tramo de acera es la única puerta de entrada y salida para quien no puede salvar un bordillo.

Las multas ya existen y se ve que no bastan, porque el problema dura un par de minutos y se repite cien veces al día en cien esquinas distintas. Lo que falta es que al conductor se le pase por la cabeza, antes de echar el freno de mano, que alguien puede necesitar exactamente ese sitio.

Mañana volveré a hacer el recorrido, dos veces, como cada día. Me gustaría encontrar todos los rebajes libres. Y si no puede ser, me conformo con que quien lo ocupe, al ver llegar la silla, diga «perdona, ahora mismo la quito» y la quite.

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