La ciudad que sí ha pensado en ti (y el vecino que no)

Bilbao ha hecho un trabajo extraordinario en accesibilidad urbana. El problema no es la ciudad. El problema es lo que hacemos con ella.

Vista desde atrás de una persona empujando a una mujer mayor en silla de ruedas por una acera urbana estrecha, una furgoneta de reparto bloqueando parcialmente el rebaje de la esquina, luz de mañana suave, arquitectura europea

Tengo que empezar reconociendo algo, porque si no lo digo el resto del artículo no tiene contexto: vivimos en una ciudad que ha hecho un trabajo extraordinario en materia de accesibilidad. Bilbao tiene las aceras rebajadas en casi todos los pasos de cebra del centro. Tiene ascensores para salvar los desniveles de una topografía que no perdona, en una ciudad que está construida sobre colinas y que durante décadas fue directamente inhóspita para cualquiera que no pudiera subir escaleras. La red de metro tiene acceso adaptado. Los autobuses tienen plataformas. No es perfecto, pero comparado con lo que había hace veinte años, y comparado con muchas ciudades europeas que presumen de modernidad, Bilbao ha puesto el dinero y el trabajo donde tenía que ponerlos.

Dicho esto: salgo cada día a hacer un trayecto de entre diez y quince minutos con mi madre en silla de ruedas, desde su casa al centro de día. Y vuelta. Y casi ningún día es un trayecto sin incidencias.

Lo que la ciudad ha construido

Los rebajes en las esquinas no son decorativos. Son la única forma de cruzar la calle cuando empujas una silla de ruedas que en conjunto —usuario más vehículo— supera los setenta kilos. Un bordillo de diez centímetros de altura no es un pequeño inconveniente: es un muro. Los rebajes existen para que ese muro no exista, y Bilbao los ha instalado con una cobertura que hace unos años era impensable.

El problema es que un rebaje bloqueado es exactamente igual de útil que un rebaje que no existe.

La gincana

Cada mañana salimos con la pregunta implícita de a ver qué encontramos hoy. Con el tiempo he llegado a conocer los obstáculos habituales casi por días de la semana.

La furgoneta de reparto aparcada sobre el rebaje es probablemente el más frecuente. El conductor ha parado "un momento", que en la práctica son entre cinco y veinte minutos. Ha aparcado exactamente encima del único punto de la esquina donde la acera baja al nivel de la calle, porque es donde tiene más espacio y más cerca de la puerta a la que tiene que entregar. No lo hace con mala intención. Lo hace sin pensar en lo que bloquea, porque para él es una esquina más y hay sitio de sobra para que pase un peatón. Un peatón sí. Una silla de setenta kilos, no.

Las obras son otro clásico. Los sacos de escombros, las herramientas, las escaleras de mano apoyadas contra la pared de un edificio en rehabilitación: todo ello acaba en la acera porque la acera es el espacio disponible y nadie ha pensado —o nadie ha exigido— que ese espacio tiene que permanecer practicable. En aceras estrechas, que en Bilbao abundan, un saco de escombros mal colocado cierra el paso por completo.

Una mañana me encontré con una boca de riego levantada en mitad de la acera. No en uso, simplemente levantada, probablemente después de algún trabajo de mantenimiento. Bloqueaba el paso por la izquierda y por la derecha. Tuve que dar la vuelta a la manzana.

Por las tardes, en algunas zonas peatonales, los niños juegan al fútbol con mochilas como porterías. No tengo nada contra los niños jugando en la calle: me parece bien y me parece sano. Lo que no entiendo es por qué eso tiene que ocurrir en el pasaje estricto de paso y no en las zonas habilitadas para ello, que existen y están a pocos metros. Los padres están presentes y ajenos al mismo tiempo, sin ver que el campo improvisado ha reducido el espacio disponible a un hueco por el que no cabe una silla de ruedas.

Y si el trayecto incluye metro, hay otro problema que también tiene que ver con la consciencia del espacio. La zona reservada para sillas de ruedas puede y debe ocuparse cuando no hay ninguna silla: sería absurdo viajar apretados con un hueco libre. El problema ocurre cuando entra alguien con silla de ruedas y necesita ese espacio, no solo por comodidad sino porque la silla requiere un anclaje correcto para viajar con seguridad y no puede colocarse en cualquier punto del vagón. En ese momento la zona tiene que quedar libre, y no siempre ocurre con la rapidez necesaria, y a veces directamente no ocurre.

De qué va esto en realidad

Bilbao ha hecho el trabajo de infraestructura. Ha instalado los rebajes, los ascensores, las plataformas. Ha convertido una ciudad físicamente complicada en una ciudad que, sobre el papel, puede recorrerse en silla de ruedas. Ese trabajo es real y merece reconocimiento.

Lo que no ha pasado todavía —y esto no es un problema de Bilbao, es un problema general— es que la gente haya interiorizado para qué sirve esa infraestructura. El rebaje en la esquina no es un sitio conveniente para aparcar. La acera no es un almacén provisional de obra. La zona reservada en el metro no es permanentemente tuya: es tuya hasta que alguien que la necesita de verdad tiene que usarla.

Nadie que hace esas cosas es mala persona. Lo hace porque no ha pensado en la consecuencia, porque la consecuencia no le afecta, porque la persona que necesita el rebaje o la zona reservada no está presente en su cabeza cuando toma la decisión.

Eso es exactamente lo que significa carecer de empatía: no la maldad activa, sino la ausencia de representación mental del otro. No pensar que por ese sitio que estás ocupando tendrá que pasar también un carrito, o una silla, o una ambulancia, o un camión de bomberos, antes o después.

La ciudad ha construido el camino. Ahora falta que aprendamos a no cerrarlo.

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