El día que vi un gnomo
Los primeros recuerdos de la infancia son esquivos y están desordenados. Pero yo tengo uno anclado a una fecha concreta gracias a un funicular averiado y a un gnomo que me pidió que no le tirara piedras.

Ordenar los recuerdos de infancia es un trabajo ingrato. Los tienes ahí, flotando, sin indicación de cuándo sucedieron ni en qué secuencia los viviste. ¿Eso pasó antes o después de aquello otro? ¿Tenía cuatro años o seis? La memoria de los primeros años no funciona como un diario sino como una caja de fotos sin fecha ni pie de foto: imágenes sueltas, fragmentos de sensaciones, conversaciones de las que solo recuerdas la emoción, no las palabras.
Con el tiempo he llegado a aceptar que probablemente no sé cuál es mi primer recuerdo. Lo que tengo es un conjunto de recuerdos tempranos que se solapan y se reorganizan cada vez que los reviso, como si la memoria fuera auditando su propio archivo y reordenando las carpetas según un criterio que yo no controlo.
La arqueología del recuerdo
Pero hay uno que sí puedo situar con cierta precisión. O al menos puedo acotar la horquilla hasta un rango razonable. Tengo el recuerdo de pasear los lunes por la mañana con mi padre por la vía vieja de Lezama, en Bilbao. Y ese recuerdo viene acompañado de cuatro pistas que, juntas, funcionan casi como una datación arqueológica.
Primera pista: era un lunes por la mañana, porque mi padre libraba los lunes por la mañana en su trabajo. Segunda: yo estaba de paseo en horario de mañana entre semana, lo que significa que todavía no había empezado ni el colegio ni la guardería. Tercera: íbamos solos mi padre y yo, sin mi hermano mayor, lo que sugiere que él sí estaba ya escolarizado. Y la cuarta pista, la más determinante de todas, es que yo llamaba "el tren" a algo que en realidad no era un tren.
Cuatro pistas y un funicular
Lo que yo llamaba "el tren" era el funicular de Artxanda. Desde el camino se veían las vías y la cabina subiendo y bajando por la ladera, y para mí aquello era, sin ningún género de dudas, un tren. Tengo la edad perfecta para ese malentendido. El funicular de Artxanda lleva funcionando desde 1915, pero el 25 de junio de 1976 sufrió un grave accidente durante unas labores de mantenimiento: una de las cabinas se soltó y se precipitó hasta impactar contra la que estaba en la estación inferior. Milagrosamente no hubo víctimas mortales, pero el servicio quedó paralizado durante siete largos años, hasta su reapertura en 1983.
Eso significa que si yo recuerdo haber visto pasar "el tren", esos paseos sucedieron antes de junio de 1976. Yo nací en 1973, así que en esas fechas tenía dos años y medio, como mucho tres. Ahí está la horquilla. No está nada mal para un recuerdo que no tiene etiqueta.
Los lunes con mi padre
Recuerdo esos paseos como algunos de los ratos más felices de mi infancia. El camino, la mañana, el sonido del funicular en la ladera, y al final el bar donde nos tomábamos un Kas. Un Kas entero era demasiado para mí, así que me tomaba medio. Con cacahuetes. Eso también lo recuerdo: los cacahuetes. Son el tipo de detalle que la memoria decide conservar sin que tú tengas voz ni voto en la decisión.
Lo que no recuerdo haber hecho es decirle a mi padre lo mucho que disfrutaba de esos ratos. Tenía dos años. Tampoco es que tuviera aún las herramientas para verbalizarlo. Pero pienso en eso ahora, y espero que lo supiera de todos modos. Que lo notara en algo: en la forma en que yo iba mirando todo, en lo dispuesto que estaría a calzarme cualquier lunes por la mañana sin rechistar. Hay cosas que no necesitan decirse en voz alta, aunque a veces uno desearía haberlas dicho.
El gnomo
Dentro de esos paseos hay un momento concreto que tengo grabado con una nitidez especial. Estábamos esperando a que pasara "el tren". Yo, con la paciencia característica de un niño de dos años, me entretuve tirando piedritas al camino que subía junto a las vías. Y entonces le vi.
Un gnomo. Con su cara redonda y colorada y su cuerpo pequeño. Me estaba mirando y me decía que no le tirara piedras.
Mi recuerdo es ese. Un gnomo. No tengo otra versión disponible, no guardo ninguna imagen alternativa de lo que sucedió. Sé, porque soy adulto y la lógica funciona, que lo que vi fue algún hombre que subía por el camino, enrojecido por el esfuerzo de la cuesta, y que al percibirlo desde arriba y desde la perspectiva de alguien con apenas metro y poco de estatura, mi cerebro de dos años lo procesó como un ser diminuto y de cara redondísima. El gnomo era un excursionista. El excursionista era un gnomo. Las dos cosas son verdad dependiendo del año de nacimiento del observador.
La memoria que tenemos, no la que ocurrió
Lo que me parece fascinante de este recuerdo es que el razonamiento adulto no lo borra. Puedo explicarme perfectamente lo que ocurrió, puedo reconstruir la escena con lógica y verosimilitud, y aun así el gnomo sigue ahí. Porque la memoria no es un documento notarial. No certifica lo que sucedió sino lo que experimentaste, y a los dos años y medio la experiencia de ver a un hombre subiendo por un camino puede ser perfectamente indistinguible de la de ver a un gnomo.
Supongo que eso me reconforta más que inquieta. Me gusta pensar que uno de mis primeros recuerdos es el día que me encontré con un gnomo en la ladera del Artxanda. Que me dijo que no le tirara piedras. Que seguramente llevaba razón. Y que después de eso mi padre y yo nos fuimos al bar a tomarnos medio Kas con cacahuetes, como si nada hubiera pasado.


