Treinta años de Entre Ánimas, el disco que me rompió los esquemas
En 1996 llegó un disco diferente a todo lo que sonaba en la radio española. Se llamaba Entre Ánimas, lo firmaba Virjinia Glück, y todavía treinta años después lo pongo y digo: coño, es muy bueno.

Hay discos que se quedan. No porque los protejas, no porque los trates bien, sino precisamente porque los maltratas tanto que se acaban muriendo. Eso le pasó a mi cinta de casete de Entre Ánimas. La escuché tanto, tanto, que llegó un momento en que la cinta dejó de dar de sí. La tiré con una mezcla de duelo y satisfacción. Había cumplido su misión. Pocos objetos que hayan pasado por mis manos lo han hecho con tanta dignidad.
Este año se cumplen treinta de su lanzamiento. Y no puedo dejarlo pasar sin escribir algo.
La primera vez que oí "Entre Ánimas"
La primera vez que escuché el single levanté una ceja. No era una reacción de entusiasmo. Era más bien un ¿pero esto qué es?
La radio española de mediados de los noventa era un lugar bastante predecible. Había sus cosas buenas, claro, pero los moldes eran moldes y quien se salía de ellos pagaba el precio de la indiferencia. Y de repente apareció esto. Una voz, una atmósfera, algo que no encajaba con nada que hubiera oído antes en ese contexto. No era pop, no era rock, no era indie, no era lo que entonces llamábamos alternativo. Era otra cosa. Una cosa que no tenía nombre claro y que por eso mismo incomodaba un poco.
Tardé exactamente una segunda escucha en empezar a caer.
Porque lo de Virjinia Glück no era rareza por la rareza. Era que había algo dentro de esa música que tiraba de ti si le dabas tiempo. Un mundo interior muy denso, muy construido, que pedía atención y que te la devolvía con creces cuando se la dabas. La primera escucha desconcierta. La segunda empieza a atrapar. Y a partir de ahí ya no había vuelta atrás.
La comparación con Kate Bush, y por qué me importaba bastante poco
Por supuesto que hubo comparaciones. Las hay siempre. Alguien pone algo nuevo delante de la gente y lo primero que hace la gente es buscarle un cajón donde meterlo. Y el cajón disponible más cercano era Kate Bush: mujer, voz peculiar, atmósferas, cierta teatralidad en la puesta en escena. La comparación tenía su lógica si uno se quedaba en la superficie.
¿Me importaba? Realmente no.
En parte porque Kate Bush me parecía —y me sigue pareciendo— una artista extraordinaria, así que la comparación no era precisamente un insulto. Pero sobre todo porque escuchar Entre Ánimas con los oídos puestos en si parecía o no parecía a otra cosa era la manera perfecta de no escucharla. El disco pedía que lo oyeras como lo que era. Onírico, sí. Diferente, sí. Embaucador en el peor sentido de la palabra, que es cuando el embaucamiento se convierte en algo que no puedes sacudirte de encima aunque quieras.
Que sonara a otra cosa, a mí que me registren. Sonaba a sí mismo. Y eso, en la radio española del 96, ya era bastante mérito.
El beso de Klimt, y aprender a escuchar sin cajones
Hay algo que este disco hizo en mí que tardé tiempo en identificar. Descubrir algo tan extraordinario, tan fuera de cualquier categoría reconocible, me enseñó a escuchar música de otra manera. Si algo tan difícil de etiquetar podía llegarte tan adentro, los géneros dejaban de tener sentido como criterio de selección. Aprendí a no preguntar "¿esto qué es?" antes de escucharlo, sino simplemente a escucharlo y esperar lo que llegaba. Desde entonces me muevo por la música así: sin prejuicios de género, buscando únicamente lo que me llena o me hace sentir algo especial. No sé si ese cambio habría llegado de todas formas con el tiempo. Lo que sí sé es que Entre Ánimas fue el primero en demostrármelo.
Y luego está "El beso de Klimt".
Cuando oí esa canción por primera vez no sabía quién era Gustav Klimt. Lo confieso sin ningún pudor. El nombre no me decía nada. Pero la canción sí me decía algo, y era algo que no entendía del todo pero que se me quedó pegado con una intensidad inusual. Así que fui a buscar. Encontré la obra. Vi El beso, esa pareja envuelta en oro y flores sobre un precipicio, ese abrazo que parece eterno y frágil al mismo tiempo. Y de pronto entendí qué había capturado Virjinia Glück en esa letra: qué había visto ella en ese cuadro, qué tenían en común esa pintura densa y dorada y esa música onírica y enredada.
Un disco de pop español de los noventa me abrió la puerta a uno de los pintores que más me gustan. Eso es lo que puede hacer una buena canción cuando está hecha con verdad. "El beso de Klimt" sigue siendo, treinta años después, mi canción favorita de Virjinia Glück. O la que más se le acerca, que con este disco es difícil elegir.
Bilbao-Lisboa y otras torturas voluntarias
El disco se convirtió en mi disco de cabecera durante una temporada larga. Y cuando digo de cabecera lo digo en sentido literal: lo ponía para trabajar, lo ponía para pasear, lo ponía para hacer el viaje de Bilbao a Lisboa en coche con compañía humana.
Mis compañeros de ese viaje me lo perdonaron, que ya es mucho. No tengo claro que lo hayan olvidado. Pero aquello es uno de mis recuerdos más nítidos de ese disco: la carretera, el paisaje cambiando, y Entre Ánimas de fondo como si fuera la banda sonora que el viaje se merecía. Para mí lo era. Para los demás, supongo que fue un ejercicio de tolerancia que les agradezco sinceramente.
Noches de call center y el siguiente disco
Hubo otro momento, algo más tarde, en que Entre Ánimas me acompañó de una manera diferente. Trabajaba en un call center cubriendo turno de noche. Los turnos nocturnos tienen esa cosa rara de que el tiempo pasa de otra manera, y si coincides con alguien con quien puedes hablar de verdad, a veces se convierten en noches muy buenas. Había un compañero con quien compartía turno y compartíamos algo más importante: nos descubríamos música mutuamente con la intensidad de quien tiene horas por delante y pocas distracciones.
Fue en ese contexto cuando me obsesioné con el segundo disco: Una habitación propia. El título ya lo dice casi todo sobre qué tipo de artista era Virjinia Glück: alguien que cita a Virginia Woolf en el título de un disco de pop español de los noventa no está exactamente jugando a ser mainstream. Me pareció una declaración de intenciones magnífica.
Se lo recomendé a todo el mundo. A todo el mundo de verdad, no como figura retórica. A quien me lo pedía y a quien no me lo pedía. Me gané la reputación de ser el loco excéntrico que te soltaba nombres que nadie conocía y que se ponía muy pesado con ellos. Era una reputación justa. Me la merecía.
Lo que queda cuando alguien desaparece
Virjinia Glück publicó esos dos discos y desapareció del panorama musical. No fue un retiro gradual, con declaraciones y despedidas. Simplemente dejó de estar. Lo cual, pensándolo bien, tiene algo coherente con el tipo de artista que era: alguien que no iba de lo que había que ir, que no encajaba en los moldes que el mercado pedía, que hizo lo que tenía que hacer y punto.
Eso nos dejó huérfanos a los que habíamos caído en la trampa. Y a la vez nos dejó algo mejor que más discos mediocres: dos joyas con mayúsculas, cerradas en sí mismas, sin el desgaste de carreras que se alargan más de lo que deben. Sobre todo el primero, por lo que tiene de descubrimiento, por ese punto de guardar un secreto que se siente cuando le das algo a alguien y piensas que muy pocos lo han oído antes que tú.
Treinta años después
Todavía lo escucho. Y todavía, cuando termina, tengo el mismo pensamiento que tenía en el 96: es muy bueno, este disco es muy bueno.
No ha envejecido de la manera en que envejecen las cosas que pertenecen a su época. No suena a los noventa de la manera en que suenan a los noventa otras cosas de los noventa. Tiene esa rareza de las obras que se sitúan un poco al margen del tiempo, que no se anclan en tendencias porque nunca estuvieron del todo dentro de ninguna. Es un disco de 1996, sí, pero cuando lo pones parece existir en otro espacio, uno que no caduca.
Treinta años. La cinta de casete ya no está, hace mucho que la superé en formatos sucesivos, pero la música sigue ahí. Y yo sigo siendo el que te la recomienda sin que me lo hayas pedido, con el riesgo de que me taches de loco excéntrico.
Es un riesgo que estoy dispuesto a correr.
Si nunca has oído hablar de Virjinia Glück, su canal de YouTube es el mejor sitio por el que empezar: youtube.com/user/virginiagluck (abre en ventana nueva). Empieza por "Si tu quieres". Ya me contarás.


