El fin del mérito: de Duchamp a Trump pasando por Bad Bunny
Hemos normalizado que la competencia técnica sea opcional para ser considerado artista, experto o líder. Y eso tiene consecuencias que van mucho más allá del arte contemporáneo.

Fue en la Tate Modern de Londres. No recuerdo exactamente en qué año, pero sí recuerdo con una precisión irritante el momento en que me encontré frente a un urinario dentro de una vitrina. The Fountain, de Marcel Duchamp, 1917. O más exactamente: una réplica autorizada del original, que se perdió, de un urinario que Duchamp compró en una ferretería de Nueva York, giró noventa grados, firmó con un pseudónimo y presentó a una exposición de arte como obra propia.
Me detuve delante bastante más de lo que me habría detenido delante de un urinario en cualquier otro contexto. Que es, supongo, parte del asunto. Pero lo que me quedó no fue admiración ni revelación: fue una pregunta que lleva años sin darme una respuesta que me satisfaga del todo. ¿Cuándo decidimos que esto era arte, y quién tomó esa decisión por el resto de nosotros?
El truco de Duchamp y por qué funcionó solo una vez
Seré justo con Duchamp antes de criticarlo, porque creo que la crítica fácil le hace más daño al argumento que a él. The Fountain no era una broma sin más. Era una intervención filosófica deliberada: Duchamp estaba cuestionando quién tiene la autoridad de definir qué entra en un museo y qué no, qué merece el estatuto de arte y qué lo excluye. En 1917, cuando el arte estaba codificado en academias y el acceso a los espacios expositivos dependía de jurados con criterios muy rígidos, ese gesto tenía una carga provocadora real. Era una pregunta formulada con un objeto de ferretería: ¿y por qué no esto?
El problema no es que Duchamp hiciese esa pregunta. El problema es que la respuesta que dio el mundo del arte fue convertir la pregunta en respuesta permanente. Si cualquier objeto colocado en un contexto artístico puede ser arte en virtud de ese contexto, entonces el criterio ha desaparecido por completo. La provocación que tenía sentido como excepción se convirtió en norma, y la norma dice que el proceso de creación, el oficio, la técnica y el dominio de un lenguaje visual son opcionales.
Puedo no ser fan de Picasso —y de hecho su obra me genera reacciones muy distintas según el período— pero cuando estuve delante del Guernica o de Las señoritas de Avignon lo que vi, además de todo lo demás, fue trabajo. Años de dibujo, de estudio de la forma, de desarrollo de un lenguaje propio que rompía con la tradición desde dentro, no desde fuera. Hay algo que Picasso sabía hacer que yo no sé hacer, y esa asimetría es parte de lo que convierte su obra en referencia. The Fountain no tiene esa asimetría. Duchamp no hizo nada que cualquiera de nosotros no pudiéramos haber hecho con veinte minutos y una ferretería cercana.
Que la obra genere debate y permanezca en la memoria es un argumento que me han dado muchas veces como respuesta. Y es verdad: aquí estoy, hablando de ella. Pero provocar reacción no es suficiente condición para ser arte. Un accidente de tráfico también provoca reacción y permanece en la memoria. La diferencia está en la intención creativa y en el proceso, y ahí The Fountain llega con las manos vacías.
Los tertulianos y la extinción del experto
Esa lógica —que el impacto sustituye al mérito como criterio de legitimidad— no se quedó en los museos. Migró a los medios de comunicación con una velocidad y una naturalidad que, vista en perspectiva, resulta asombrosa.
Durante décadas, cuando en un programa de televisión o de radio se quería abordar un tema complejo, se buscaba a alguien que supiese de ese tema: un médico para hablar de salud, un economista para hablar de mercados, un historiador para poner en contexto un conflicto. La autoridad del invitado venía de su conocimiento específico, de años dedicados a una disciplina. Era un modelo imperfecto —los expertos también tienen sesgos, también se equivocan— pero partía de una premisa sensata: que no todo el mundo sabe lo mismo sobre todo.
Lo que tenemos ahora es algo distinto. La figura del "colaborador" o "tertuliano" que opina con igual soltura sobre la última sentencia del Tribunal Supremo, la estrategia defensiva de Ucrania, los hábitos alimentarios de los adolescentes y el último escándalo del corazón es ya tan familiar que hemos dejado de encontrarla extraña. Estos perfiles tienen presencia, tienen carisma, generan audiencia. Son buenos en televisión, que no es lo mismo que ser buenos en nada de lo que comentan.
El problema no es que tengan opiniones. Tener opiniones es razonable y hasta necesario: yo mismo las tengo sobre casi todo, y parte de para qué sirve este blog es para formularlas en voz alta. El problema es la presentación. Cuando un medio de comunicación pone a alguien así en pantalla como si su comentario tuviese el mismo peso que el de un especialista, no está democratizando el debate: está nivelando hacia abajo la calidad de la información que recibe la audiencia. Y la audiencia, con el tiempo, deja de distinguir entre un análisis y una ocurrencia bien dicha.
Bad Bunny y el espectáculo como sustituto de la voz
Este año Bad Bunny actuó en la Super Bowl. Actualmente está instalado en Madrid con diez conciertos seguidos en el mismo recinto, una hazaña logística y comercial que dice mucho sobre su capacidad de convocatoria. No voy a discutir ninguna de esas dos cosas: la dimensión del fenómeno es real, el espectáculo que entrega es de primer nivel en términos de producción, puesta en escena y capacidad de movilización. Es un artista, en el sentido amplio del término, de una eficacia indiscutible.
Lo que no puedo aceptar es la narrativa que lo rodea, que lo presenta sin matices como uno de los grandes músicos de su generación. Porque lo que Bad Bunny hace en un escenario es muchas cosas, pero cantar —en el sentido de manejar la voz como instrumento con técnica, control y expresividad— no es la más prominente de ellas.
Aquí es donde anticipo la objeción más razonable, porque es una objeción que me hago yo mismo: la voz no tiene un único modelo legítimo. Bob Dylan nunca tuvo una voz académicamente bella y tiene el Nobel de Literatura. Tom Waits suena como si gargarizase con grava. El rap, el reggaetón, el spoken word tienen tradiciones enteras donde la voz es un instrumento rítmico y expresivo que no pasa por el conservatorio. Todo eso es cierto, y lo acepto.
Pero hay una diferencia entre una voz no convencional que domina su propio lenguaje y una voz que el sistema de amplificación y producción sonora hace funcionar en un contexto de espectáculo total. El problema no es Bad Bunny: el problema es que nadie en los medios que lo cubren parece tener interés en hacer esa distinción. Se presenta el envoltorio como si fuera el contenido, el impacto como si fuera la excelencia, el número de asistentes como si fuera una medida de calidad artística. Y cuando los números son suficientemente grandes, la crítica se vuelve socialmente incómoda.
Los libros que triunfan por su portada y el crítico que desapareció
Hay un cuarto ejemplo que me parece revelador, quizás porque es más silencioso que los otros tres. En los últimos años, la industria editorial ha visto cómo una parte creciente de sus ventas se concentra en títulos que se viralizan en plataformas como TikTok o Instagram, con frecuencia por razones que tienen poco que ver con la calidad literaria: la estética de la portada, la reacción emocional de un vídeo de quince segundos, la pertenencia a una comunidad de lectura que comparte más experiencias que análisis.
Eso no sería un problema por sí solo —siempre ha habido libros populares de calidad discutible y libros excelentes ignorados por el mercado— si no fuera acompañado de la desaparición casi total del crítico literario del espacio público. Las secciones de cultura de los periódicos se han reducido o reconvertido. Los suplementos literarios de referencia sobreviven con dificultad. Y en su lugar tenemos reseñas de treinta segundos filmadas entre velas y flores secas, donde el criterio de recomendación principal es "me hizo llorar en el metro". El criterio emocional no es ilegítimo —la emoción es parte de la experiencia literaria— pero cuando sustituye completamente al análisis, perdemos la capacidad colectiva de distinguir entre un libro que nos conmueve y un libro que está bien construido. Que no siempre son el mismo libro.
Trump, o adónde lleva todo esto
Llevo varios párrafos hablando de arte, televisión y música, pero hay un hilo que conecta estos ejemplos con algo más urgente. La misma lógica que convierte un urinario en obra maestra, que eleva a un opinador sin especialidad al rango de analista, que presenta un showman como gran cantante o un vídeo viral como crítica literaria, es la que hace posible que alguien como Donald Trump llegue dos veces a la presidencia de los Estados Unidos.
Trump no es un buen político en ningún sentido técnico del término. No domina el derecho constitucional, no tiene formación en política exterior, no ha demostrado capacidad de gestión institucional por encima de la media. Lo que sí tiene es una habilidad extraordinaria para el espectáculo político: el eslogan, el gesto, la provocación calibrada, la capacidad de generar reacción y permanecer en la conversación. Es, en ese sentido muy concreto, el Duchamp de la política: alguien que ha colocado un urinario en la vitrina del poder y ha conseguido que la mitad del público diga que es una obra maestra y la otra mitad no pueda dejar de hablar de él.
No estoy diciendo que Trump sea inteligente de la misma forma que Duchamp —las intenciones y los contextos son muy distintos—. Estoy diciendo que el mecanismo por el que ambos triunfan es el mismo: en una cultura que ha decidido que el impacto sustituye al mérito como criterio de legitimidad, el más impactante siempre gana.
Qué se pierde cuando el mérito deja de importar
No soy nostálgico por principio. No creo que todo tiempo pasado fuera mejor ni que las academias de arte del siglo XIX tuviesen razón en todo. Los criterios de excelencia también pueden ser excluyentes, clasistas, cerrados a lo nuevo. El mérito, mal entendido, puede convertirse en una barrera que protege a quienes ya están dentro y cierra la puerta a todo lo demás.
Pero la solución a un criterio demasiado rígido no es la ausencia de criterio. Lo que perdemos cuando el impacto sustituye completamente al mérito es la capacidad de hacer distinciones útiles: entre información y ruido, entre espectáculo y arte, entre popularidad y excelencia. Y sin esa capacidad, la conversación pública se vuelve más fácil de manipular, más sensible al más ruidoso, menos capaz de reconocer y sostener lo que requiere tiempo, esfuerzo y conocimiento para apreciarse.
La próxima vez que esté delante de un urinario en una vitrina, seguiré preguntándome lo mismo. Pero también me preguntaré qué otras decisiones, en qué otros ámbitos, estamos tomando con la misma lógica. Y si la respuesta empieza a parecerme demasiado larga, igual es señal de que algo hay que reajustar.


