Osakidetza se va a WhatsApp y nadie parece verle el problema

La sanidad pública vasca ha decidido comunicarse con sus pacientes a través de una plataforma privada americana. Que SMS y el correo electrónico existan no parece haber pesado demasiado en esa decisión.

Pantalla de smartphone mostrando la interfaz de WhatsApp con iconografía médica y el logotipo de Osakidetza integrados en una escena clínica futurista, fotografía realista con iluminación fría

La semana pasada me llegó un SMS de Osakidetza. Nada dramático: me pedían que activase el nuevo canal de comunicación que han puesto en marcha. El canal es WhatsApp. Solo tuve que leerlo dos veces para que me empezase a picar la cabeza.

La iniciativa está en marcha desde principios de 2026. La propia web de Osakidetza la describe como una forma de acercarse a la ciudadanía "de manera sencilla", sin necesidad de descargar aplicaciones nuevas. Un canal "ágil, cómodo y accesible" para recibir información de salud. Todo muy razonable sobre el papel. Demasiado razonable, quizás, como para no pararse a pensar qué hay debajo.

El problema no es WhatsApp: es que WhatsApp no es un protocolo

Cuando Osakidetza te enviaba un SMS o un correo electrónico, estaba usando infraestructuras de comunicación basadas en estándares abiertos. El SMS es un protocolo —viejo, limitado, pero abierto—. El correo electrónico es otro: SMTP, IMAP, POP3; décadas de estandarización que permiten que un servidor de correo del Gobierno Vasco hable sin fricciones con cualquier cliente, en cualquier dispositivo, de cualquier fabricante, sin pedirle permiso a nadie. Que tú decidas tener tu cuenta en Gmail o en Proton Mail es una elección tuya como usuario. La infraestructura subyacente no te impone nada.

WhatsApp no es un protocolo. Es una aplicación propiedad de Meta Platforms Inc., con sede en Menlo Park, California. No hay estándar abierto detrás. No hay interoperabilidad real con otros sistemas. No puedes recibir un mensaje de WhatsApp sin tener una cuenta de WhatsApp, sin que ese mensaje pase por los servidores de Meta, sin aceptar sus condiciones de servicio. Cuando Osakidetza decide que su canal de comunicación oficial es WhatsApp, no está eligiendo un medio de transporte neutro: está atando su comunicación institucional a una empresa privada extranjera, con sus propias políticas, sus propios intereses y su propia historia de gestión de datos.

"Tus datos siempre protegidos", dice la web

La página de Osakidetza sobre el servicio incluye una garantía tranquilizadora: "Tus datos siempre protegidos". Solo se usa el número de teléfono, afirman, no datos clínicos. El canal es unidireccional, insisten: recibes mensajes, pero no puedes responder ni hacer consultas.

Todo eso puede ser cierto hoy. Pero la pregunta relevante no es qué hace Osakidetza con los datos, sino qué hace Meta con ellos. Cada mensaje que Osakidetza te envía por WhatsApp genera metadatos: a qué número se envió, a qué hora, desde qué número de remitente. Meta sabe, por tanto, que eres usuario de Osakidetza, con qué frecuencia recibes comunicaciones sanitarias, en qué franjas horarias estás activo. No son datos clínicos en sentido estricto, pero son datos sobre tu relación con el sistema de salud. Y eso, en manos de una plataforma publicitaria, tiene valor.

La API de WhatsApp Business que utiliza Osakidetza para este servicio está regulada por los términos de Meta, que pueden cambiar. Lo que hoy es un canal neutro puede mañana imponer condiciones distintas, cobrar por el servicio, modificar qué datos retiene o simplemente dejar de funcionar si Meta así lo decide. Una administración pública que externaliza su comunicación a una empresa privada está asumiendo una dependencia que no controla y que no puede auditar con los mismos instrumentos que aplica a sus propios sistemas.

La dependencia de WhatsApp no es un caso aislado

Lo que hace Osakidetza no es una anomalía: es el síntoma de algo que está pasando en casi todos los ámbitos de la vida pública y privada sin que nadie lo esté cuestionando demasiado. WhatsApp tiene en España una penetración cercana al 90% entre los usuarios de smartphone. Es, de facto, la red de comunicación de este país. Los grupos de vecinos, las asociaciones, los colegios, los médicos de cabecera, los autónomos y las grandes empresas lo usan como si fuera un servicio público. Pero no lo es.

Esta naturalización progresiva tiene un efecto concreto: cada vez que una institución como Osakidetza legitima WhatsApp como canal oficial, hace más difícil que alguien que no lo use pueda relacionarse en igualdad de condiciones con esa institución. El canal es "complementario", sí, pero los canales complementarios de hoy suelen ser los obligatorios de mañana. Y mientras tanto, normalizamos que infraestructuras críticas de comunicación descansen sobre plataformas que responden ante sus accionistas, no ante la ciudadanía.

Qué alternativas existen y por qué no se usan

No hace falta reinventar nada. La Carpeta de Salud de Osakidetza ya existe y funciona. Las notificaciones push a través de la app propia son técnicamente triviales. El correo electrónico sigue siendo un canal universalmente accesible y con pleno control institucional. Los SMS, a pesar de sus limitaciones, son infraestructura de telecomunicaciones regulada y no dependen de ninguna empresa de redes sociales.

La respuesta honesta a por qué se elige WhatsApp y no estas alternativas es una sola: porque la gente ya lo tiene instalado y porque las tasas de apertura son extraordinarias. Es una decisión de eficiencia operativa a corto plazo que no evalúa —o no quiere evaluar— los costes a largo plazo en términos de soberanía digital, dependencia tecnológica y precedente institucional.

Eso es perfectamente comprensible desde una lógica de gestión. Lo que resulta difícil de entender es que nadie, en el proceso de aprobación de esta iniciativa, haya levantado la mano para señalar lo que estamos cambiando por lo que estamos ganando.

Una reflexión que nadie quiere tener

Seguiré usando Osakidetza, por supuesto. Iré a mis citas, pediré mis recetas, consultaré mi Carpeta de Salud. Pero no he activado el servicio de WhatsApp, y no lo haré. No porque sea un purista tecnológico —tengo WhatsApp instalado como todo el mundo—, sino porque me parece que hay algo importante en no normalizar que una institución sanitaria pública comunique datos relacionados con mi salud a través de una plataforma cuyo modelo de negocio es la explotación de datos personales.

Puede que sea una postura minoritaria. Probablemente lo es. Pero alguien debería decirlo en voz alta: que una sanidad pública que se precia de serlo debería comunicarse con sus pacientes a través de infraestructuras que controla, no a través de aplicaciones que controlan otros. Y que el hecho de que todo el mundo use WhatsApp no lo convierte en una buena idea institucional. Solo en una cómoda.

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