Por qué la web de 2005 era más tuya que la de hoy

Antes de los algoritmos, antes de los feeds infinitos, antes de que te convirtieran en audiencia, internet era un sitio donde la gente hacía cosas porque quería hacerlas. Y eso se notaba.

Pantalla de ordenador antiguo mostrando una página web personal de principios de los 2000

Había algo en la web de aquellos años que no sé explicar del todo bien pero que reconozco en cuanto lo veo: una especie de personalidad. No la personalidad de una marca ni la de un perfil construido para el algoritmo. Una personalidad de verdad, con sus inconsistencias, sus obsesiones particulares, su sentido del humor, sus colores elegidos a mano y a veces bastante mal. La web de 2005 era fea con frecuencia. Era irregular. Era técnicamente torpe en muchos casos. Pero era de quien la había hecho, y eso se notaba en cada píxel.

Hoy navego por sitios que están perfectamente diseñados, perfectamente optimizados, perfectamente alineados con lo que las métricas dicen que funciona. Y a menudo no tengo ni idea de si detrás hay una persona o un departamento de marketing.

Qué había antes de que las plataformas se lo tragaran todo

Para entender lo que se perdió conviene recordar lo que había. A mediados de los años 2000, internet todavía era, en buena parte, un espacio de aficionados. Gente que montaba su página porque le apetecía, porque quería hablar de algo, porque tenía fotos del gato que compartir o porque llevaba años leyendo ciencia ficción y quería dejar sus reseñas escritas en algún sitio. No había detrás ninguna estrategia de contenidos, ningún análisis de palabras clave, ningún objetivo de monetización. Había un tema y había ganas.

GeoCities seguía viva. Los blogs proliferaban en Blogger y en LiveJournal y en WordPress recién llegado. Cada sitio tenía su estética propia: fondos de textura, tipografías elegidas sin demasiado criterio, imágenes que tardaban en cargar porque las conexiones eran lentas y nadie había oído hablar todavía del rendimiento web. Flickr era el sitio donde la gente ponía sus fotos, y sus fotos eran fotos de verdad, no contenido. MySpace permitía que cada perfil fuera un pequeño desastre personalizado que decía más de su dueño que cualquier bio redactada con cuidado.

Era todo un poco caótico. Era todo mucho más interesante.

Los blogrolls y el arte de descubrir sin algoritmo

Una de las cosas que más echo de menos de aquella web es la manera en que se descubrían las cosas. No había un feed de recomendaciones. No había un sistema que analizara tus preferencias y te sirviera más de lo mismo en formato infinito. Había blogrolls.

El blogroll era esa lista de enlaces en la barra lateral de un blog — los blogs que su autor leía, los sitios que le parecían interesantes, los amigos que también escribían. Era una declaración de gustos completamente manual, sin intermediarios, sin optimización. Si una persona cuya escritura te gustaba enlazaba a otra, tenías una razón para ir a mirar. Y si esa segunda persona también te gustaba, mirabas su blogroll. Y así ibas tejiendo tu propia web particular dentro de la web.

Era lento. Era imperfecto. Te perdías cosas. Pero las cosas que encontrabas las encontrabas de verdad, no porque un sistema hubiera decidido que debías encontrarlas. Había un placer en esa búsqueda que no existe en el scroll infinito de hoy, que te lleva al siguiente contenido antes de que hayas terminado de digerir el anterior.

Los comentarios como conversación, no como métrica

Otra cosa que se ha perdido, o que ha mutado hasta volverse irreconocible: los comentarios como lugar de conversación real. En los blogs de aquella época los comentarios eran — cuando funcionaban bien, que no siempre — una extensión del artículo. Gente que añadía perspectivas, que discutía en serio, que llevaba la conversación a sitios que el autor no había anticipado. No había contadores de likes. No había métricas de engagement. No había ningún incentivo para decir lo más impactante posible en el menor número de caracteres para maximizar la difusión.

Había gente hablando. Con la lentitud y la profundidad con que se habla cuando no hay límite de caracteres y cuando no te juegas los seguidores.

No idealizo eso en exceso. Los comentarios también eran el territorio del troll, del spam y de las conversaciones que se iban al garete de maneras espectaculares. Pero había algo posible ahí que hoy es muy difícil de reproducir en el ecosistema actual, donde todo está diseñado para la reacción rápida y donde la profundidad no escala.

Qué pasó, contado de forma muy breve

Lo que pasó es que llegaron las plataformas. Facebook primero, Twitter después, Instagram, TikTok. Cada una con su promesa: más audiencia, más fácil, más inmediato. Y la promesa era real. Publicar en Facebook te daba visibilidad que tu blog personal no podía alcanzar. La fricción desapareció. Y con la fricción desapareció también buena parte de lo que hacía especial aquel primer internet.

Porque la fricción no era solo un problema técnico. La fricción era también el filtro. El hecho de que montar una página costara algo significaba que la gente que la montaba lo hacía porque realmente quería hacerlo. Cuando publicar es instantáneo y sin coste, el volumen sube y la señal se diluye. Y cuando además hay un algoritmo que decide qué ves, dejas de ser explorador y te conviertes en audiencia.

Es el cambio que más me pesa. Que hayamos pasado de ser gente que hace cosas en internet a ser gente que consume lo que internet nos pone delante.

Por qué importa recordarlo

No escribo esto desde la nostalgia vacía. O sí, también desde la nostalgia, pero no solo desde ahí. Lo escribo porque creo que lo que se perdió no está perdido del todo y porque creo que vale la pena entender por qué aquello funcionaba de la manera en que funcionaba para intentar recuperar algo de ese espíritu.

Que internet era mejor cuando la gente tenía sitios propios no es solo una impresión sentimental. Tiene una explicación estructural: cuando el contenido vive disperso en mil sitios distintos, cada uno con su personalidad y su criterio editorial propio, la web es un ecosistema plural. Cuando el contenido se concentra en cuatro plataformas que compiten por el mismo segundo de atención, la web se convierte en un mercado homogéneo y ruidoso donde los incentivos empujan sistemáticamente hacia lo más simple, lo más viral, lo más emocional en el sentido menos bueno de la palabra.

La web de 2005 no era perfecta. Era lenta, era fragmentada, era técnicamente complicada para quien no tenía conocimientos. Pero era más plural. Y la pluralidad tenía valor aunque nadie se lo pusiera nombre entonces.

Lo que todavía se puede hacer

Hay gente que lleva años intentando recuperar algo de aquello. El movimiento IndieWeb — del que he escrito por aquí antes — es la versión más articulada de esa recuperación: tener tu dominio, publicar ahí primero, usar las redes solo como amplificadores opcionales. No es para todo el mundo, y no pretendo venderlo como la solución universal. Pero es una respuesta coherente al problema que intento describir.

Lo que sí creo que es para todo el mundo, o al menos para quien quiera planteárselo, es la pregunta de fondo: ¿estás en internet o internet está contigo? ¿Tienes un sitio que es tuyo, donde publicas lo que te da la gana con el criterio que tú eliges, que seguirá ahí cuando la plataforma de turno cambie de dueño o cierre? ¿O simplemente tienes un perfil en el jardín de alguien?

No hay una respuesta correcta. Pero me parece una pregunta que vale la pena hacerse. Especialmente si recuerdas cómo era antes de que te la hicieran irrelevante.

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