Un experimento: mi primer relato de ciencia ficción

Llevo tiempo dándole vueltas a una idea que no encajaba en ningún sitio. Al final decidí escribirla como lo que era: un relato corto. Aquí está.

Un hombre de mediana edad sentado solo en una terraza del Casco Viejo de Bilbao, con un periódico desplegado sobre la mesa. La imagen tiene una calidad ligeramente onírica, como si el reflejo en el cristal del bar no terminara de coincidir con la realidad.

Hay ideas que uno carga durante un tiempo sin saber muy bien qué hacer con ellas. Esta llevaba varios meses dando vueltas: ¿qué pasaría si alguien se despertara cada mañana recordando el día que aún no ha vivido? No como una profecía, no como omnisciencia, sino exactamente igual que recordamos el día de ayer: con lagunas, con imprecisiones, con las cosas que no seguimos con atención simplemente ausentes.

No era material para un artículo. Era, inevitablemente, un relato.

Así que hice lo que no había hecho nunca: escribir ficción. El resultado es una historia de unas cuatro mil palabras ambientada en Bilbao, que arranca en marzo de 2003 y sigue a su protagonista, Izan, durante cuatro décadas. Sin spoilers: la premisa importa menos que lo que Izan decide hacer con ella, y el final me gusta especialmente porque no resuelve nada que no estuviera ya en el principio.

Lo he alojado en una sección nueva, Relatos, que igual se queda en uno o igual crece. Todavía no lo sé. De momento, aquí está El hombre que movía montañas.

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