Un año de experiencia por cada día. Y lo que eso le hace a la gente.

Este relato llegó a partir de una pregunta: ¿qué pasaría si pudieras vivir más de un año en un solo día? No como metáfora. Como intercambio real, con condiciones, con burocracia y con consecuencias que nadie había pensado del todo.

Mesa de cocina con dos tazas de café: una recién servida y humeante, intacta; la otra vacía y fría, olvidada. La silla de enfrente, vacía. Luz de mañana entrando por la ventana.

Para este relato, el punto de partida fue una pregunta de proporciones sencillas: ¿qué pasaría si el tiempo no fuera igual para todos?

No como metáfora —eso ya lo hace el envejecimiento, el trabajo, el dolor—, sino de forma literal: una civilización con una física distinta, en la que por cada día que pasa aquí transcurren más de cuatrocientos días allí, ofrece un intercambio de cuerpos. Voluntario, reversible, sin tecnología de por medio.

Lo que me interesaba no era el primer contacto en sí, sino lo que viene después. El boom inicial, la curiosidad, la fiebre por viajar. Y luego las consecuencias que nadie había anticipado: personas que regresan al día siguiente con más de un año vivido a sus espaldas. Parejas que dejan de ser contemporáneas. Hijos que vuelven con más edad que sus padres. Un mercado paralelo que surge cuando los candidatos del otro lado empiezan a escasear.

400,18 días es el tercer relato que escribo, y creo que tiene el mejor final que he escrito hasta ahora.

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