Una sala de espera, dos androides y una pregunta incómoda
La ciencia ficción usa los robots de formas muy previsibles. Me interesaba explorar una distinta: el androide como activo económico familiar. Y lo que pasa cuando ese activo envejece.

Llevo tiempo pensando que la ciencia ficción usa los robots de formas bastante previsibles: como amenaza, como herramienta, como espejo filosófico. Casi nunca como lo que serían en realidad si existieran: activos económicos dentro de una unidad familiar.
De ahí surgió este segundo relato. La premisa es sencilla: en un futuro no demasiado lejano, las familias compran androides para que trabajen y aporten un salario al hogar. No son mayordomos ni guardianes: son, literalmente, el sustento de la casa. Y cuando se vuelven obsoletos, el sistema es igualmente pragmático.
La sala de espera sigue a dos de esas unidades en el centro de gestión de recursos donde acaban todos los modelos fuera de servicio. Carlos lleva cuarenta y dos años trabajando en la construcción para la misma familia. Aitor pasó diecisiete años con Ana, que lo adquirió cuando era arquitecta y vivía sola. Los dos tienen hoy una cita que no eligieron.
Lo que me interesaba no era el drama de las máquinas que sienten —ese terreno está muy transitado— sino algo más incómodo: el parecido exacto entre cómo trata el sistema a los androides obsoletos y cómo trata a las personas mayores cuando dejan de ser productivas. Sin discurso. Sin moraleja. Solo una conversación en una sala de espera.


