El fin de semana que fui radiactivo

Me inyectaron galio-67 un viernes y me dijeron que hiciera vida normal, pero que evitara a las embarazadas y a los niños. Crónica de tres días emitiendo rayos gamma por la calle, con una cuarta cerveza inexplicable de por medio.

Pasillo estrecho de un sótano hospitalario con azulejos verde pálido, una puerta metálica con el símbolo de radiación desvaído y una silla vacía apoyada en la pared

Un viernes por la mañana, hace diez o doce años, bajé unas escaleras del hospital de Basurto y salí de allí siendo, técnicamente, una fuente de radiación ionizante. Volví a casa en transporte público. Nadie me dijo nada. Yo tampoco.

El laboratorio está en el sótano

Todavía no he entendido por qué el servicio de medicina nuclear estaba en el sótano de uno de los pabellones. Supongo que hay razones excelentes —blindaje, estructura, la lógica acumulada de un hospital que lleva más de un siglo creciendo por capas—, pero cuando bajas esas escaleras la explicación técnica no te acompaña. Lo que te acompaña es una entrada estrecha, un pasillo que se estrecha aún más y una salita de espera con el techo demasiado cerca de la cabeza.

Es una claustrofobia muy concreta, la de los sótanos hospitalarios, y no viene solo de estar bajo tierra. Todo lo demás en un hospital está diseñado para tranquilizarte —los carteles amables, las plantas de plástico, la señalética de colores— y ahí abajo esa capa cosmética se ha ido cayendo. Quedan los azulejos, los tubos fluorescentes, las puertas pesadas. Y algún símbolo de radiación en un cartel que lleva descolorido desde antes de que tú nacieras.

Me habían citado para una gammagrafía con galio. Una prueba de la que jamás había oído hablar, cosa que en aquel momento me pareció tranquilizadora —si fuera grave la conocería, ¿no?— y que, visto desde aquí, era simplemente ignorancia con buena cara.

Qué es exactamente una gammagrafía con galio

La medicina nuclear funciona al revés que las radiografías. En una radiografía, la fuente de radiación está fuera de ti: un aparato lanza rayos X que te atraviesan y dejan una sombra en un detector. En una gammagrafía, la fuente eres tú. Te inyectan un radiofármaco, esperas, y luego una gammacámara se limita a escuchar lo que emites.

El galio-67 es un isótopo con una propiedad muy útil: una vez en la sangre, se comporta de forma parecida al hierro y tiende a acumularse allí donde hay inflamación, infección o determinados tipos de tejido tumoral. Necesita un par de días para concentrarse donde tenga que concentrarse, y por eso la prueba no es una prueba, sino dos citas separadas por un fin de semana. Su vida media, unos tres días, está calculada para eso: lo justo para hacer su trabajo y no mucho más.

Lo cual significa, dicho sin rodeos, que durante ese fin de semana yo iba a ser una fuente de rayos gamma que caminaba, cenaba y pagaba el metro.

El celador más amable de Bizkaia

Me atendió un celador tremendamente amable, de esos que han descubierto que la mitad de su trabajo consiste en bajar las pulsaciones de la gente. Charló conmigo, me explicó lo que iba a hacer, se rio de algo. Y entonces preparó la inyección.

Y ahí fue donde la amabilidad dejó de ser suficiente. Porque una inyección normal se pone con un guante y un algodón, y aquello venía con más protecciones de las que yo había visto nunca. Contenedores, blindajes, una coreografía muy medida de manos que se acercaban lo mínimo imprescindible. No hacía falta ser ingeniero para leer el subtexto: esto que va a entrar en tu vena es algo de lo que yo, que lo manejo todos los días, me protejo con cuidado.

Uno entiende perfectamente la asimetría. A mí me inyectan galio una vez en la vida y a él le pasan por delante cuarenta pacientes al mes; su dosis acumulada es un problema y la mía no. La estadística es impecable. Pero la estadística no viaja bien por el nervio óptico cuando estás viendo a un señor manipular con pinzas lo que te va a meter en el cuerpo.

"Evite en lo posible el contacto con niños y embarazadas"

Y entonces vino la frase. Puedo hacer vida totalmente normal ese fin de semana, me dijo. Sin restricciones. Solo que, en lo posible, evitara estar con niños o con mujeres embarazadas.

Perdona. ¿Simplemente estar?

No tocar. No compartir cubiertos. No respirar cerca. Estar. Me acababan de inyectar algo que afecta a las personas a distancia, sin contacto, sin mediación, atravesando la ropa y el aire y probablemente una pared fina. ¿Cómo de radiactivo soy exactamente? Nadie me dio una cifra. Nadie me dio un radio de seguridad en metros, que es lo que mi cabeza de ingeniero estaba pidiendo a gritos: dame un número, dame un umbral, dame algo con lo que operar.

Y a partir de ahí, los pensamientos locos. ¿Y si voy por la calle y me cruzo con una chica y no sé que está embarazada y no me aparto lo suficiente? ¿Y si me siento en el metro al lado de alguien en la semana ocho, que ni siquiera lo ha contado en el trabajo todavía? Durante unos minutos, en aquella salita del sótano, me convertí en un peligro público con carné, condenado a atravesar Bilbao calculando trayectorias.

No dije nada de todo esto. Asentí, di las gracias y me fui a casa.

Vida normal, dijeron

La instrucción era hacer vida normal, así que hice vida normal, que es lo que uno hace cuando le dan permiso para ello y no tiene ganas de pensar más en el asunto. Vivía solo, de modo que la recomendación apenas afectaba a mi vida cotidiana. No tenía ningún plan especial. El sábado salí con mis amigos como cualquier otro sábado.

Y aquí conviene bajar el dramatismo, porque lo he ido subiendo a propósito. La precaución no iba de cruzarse con alguien un segundo en la calle, sino de contacto prolongado: dormir en la misma cama, tener un crío en brazos durante horas, esa clase de cercanía sostenida que multiplica una exposición minúscula hasta convertirla en una exposición meramente pequeña. Distancia y tiempo son las dos únicas variables que importan aquí, y en una barra de bar ambas juegan a tu favor. Además, si yo hubiera sido un peligro real me habrían dejado ingresado, no suelto por Bilbao con una palmadita en la espalda.

Así que aquel fin de semana no hubo angustia ninguna. Hubo una broma interna, contada a los amigos de siempre entre ronda y ronda, y la posibilidad remota pero no del todo descartable de convertirme en Hulk en cualquier momento.

La cuarta cerveza

Tengo bastante poca tolerancia al alcohol. Nunca la he tenido. Con dos cervezas ya empiezo a notar el efecto y en la tercera ronda suelo pedirme un refresco sin ninguna clase de vergüenza. Es un dato tan estable de mi vida como la talla de zapato.

Aquella noche de sábado, en la cuarta ronda, un amigo me miró raro y me preguntó: Juanjo, ¿cuántas cervezas llevas? Me puse a contar. Creo que es la cuarta, dije. ¿Y estás bien?

Estaba perfectamente. Ni el más leve efecto. Ninguna de las señales que conozco de memoria: el calor en la cara, la lengua un poco más suelta, esa sensación de que el volumen del bar ha subido un punto. Nada. Cuatro cervezas y la cabeza clara como a media mañana.

Nunca lo llevé más allá. No pedí la quinta ni monté un experimento, en parte por prudencia y en parte porque a esas alturas de la noche la conversación ya se había ido a otro sitio. La anécdota quedó ahí, exactamente donde la había encontrado.

La explicación aburrida y la explicación buena

La explicación aburrida es que el galio no tiene absolutamente nada que ver. La cantidad de citrato de galio-67 que te inyectan es minúscula —lo que interesa es su radiación, no su química—, no interactúa con la alcohol deshidrogenasa ni con nada que se le parezca, y desde luego no está descrito en ninguna parte que module los efectos del etanol. Lo que probablemente pasó es lo de siempre: había comido bien, había bebido despacio, había dormido mal la noche anterior por los nervios de la prueba, estaba con la cabeza en otro sitio. El cuerpo tiene un margen de variabilidad mucho más ancho de lo que a uno le gusta admitir, y en ese margen caben perfectamente cuatro cañas.

La explicación buena es que durante setenta y dos horas fui un hombre con isótopos en la sangre y superpoderes menores.

Me quedo con las dos, cada una en su cajón. Una la sé cierta y la otra la sé mejor.

El lunes, el escáner y el CD

El lunes no volví al sótano. El escáner se hacía en una clínica de Begoña, ni siquiera en Basurto, en una sala luminosa y perfectamente normal que desactivaba de golpe toda la atmósfera acumulada el viernes. Alguien tenía la gammacámara y alguien tenía el galio, y resulta que no eran el mismo edificio. Nadie te cuenta esas cosas de antemano.

La gammacámara es un aparato grande y silencioso que se coloca muy cerca de ti y no hace nada, o eso parece: no zumba, no gira con estrépito, no emite. Solo escucha. Estás un buen rato tumbado, quieto, mientras una máquina te presta la atención más literal que te va a prestar nadie en toda tu vida.

Me dieron los resultados en un CD, que es un detalle que sitúa la escena en el tiempo mejor que cualquier fecha. Debe de andar por casa, en alguno de esos cajones donde acaban los objetos que uno no sabe si son basura o son un archivo. Nunca lo he abierto. Tampoco tengo ya un ordenador que pudiera leerlo, y sospecho que ese CD sobrevivirá exactamente hasta la próxima mudanza.

Lo que quedó fue esto: la memoria de un pasillo estrecho, un celador amable manipulando con pinzas lo que iba a entrar en mi vena, y un fin de semana entero en el que caminé por Bilbao emitiendo rayos gamma en todas direcciones.

El lunes por la tarde ya no era radiactivo del todo. El martes fui a trabajar. La vida siguió su rutina, que es lo que hace siempre, incluso después de que te conviertan brevemente en una estrella muy pequeña y muy discreta.

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