El niño que escribía Junajo
De pequeño escribía mi nombre con las letras cambiadas y leía «Archines» en lugar de Arniches con toda la convicción del mundo. ¿Tuve una dislexia leve que nadie diagnosticó, o simplemente fui un niño normal haciendo cosas de niño? Cuarenta años después, ni yo lo sé.

Junajo. Así, con la ene y la a bailando fuera de su sitio, es como escribía mi nombre de pequeño. Juanjo se convertía en Junajo con una naturalidad absoluta, porque yo lo veía bien. Mi madre no. Mi madre me corregía siempre, y de aquello sacó una frase que se convirtió en una de sus preferidas durante años: «fíjate si eras tonto de pequeño que no sabías ni escribir tu nombre». La repetía como quien cuenta una gracia, en las comidas, delante de quien hiciera falta. A mí nunca me hizo ninguna. Nunca me reí con ella. Siempre me pareció un ataque innecesario e injusto, porque todos, absolutamente todos, hemos tenido que aprender para saber. Nadie viene al mundo sabiendo escribir su nombre. Solo que a algunos, además, nos lo recuerdan durante años.
Me he acordado de Junajo hace poco, sin venir a cuento, y de ahí ha tirado el hilo hasta un puñado de recuerdos que siempre había guardado por separado y que ahora me da por juntar. Porque si lo pienso, aquel niño de las letras cambiadas dejó algún rastro más.
Archines, con toda convicción
Fue en algún curso entre quinto y octavo de EGB. Lo sitúo con precisión porque el profesor era Tomás, y eso me sirve de calendario mental. Aquel día me mandó leer un texto en voz alta delante de toda la clase, una práctica habitual en la época que no sé si sigue haciéndose. Sospecho que no, o no tanto, y a lo mejor tampoco pasa nada. Yo creo que leía bastante bien. Fluido, con entonación, sin trabarme. Hasta que llegué a un nombre que no conocía: Carlos Arniches.
Leí todo el texto y terminé satisfecho de mi actuación. Lo que no supe hasta el final es que, en cada una de las tres o cuatro veces que aparecía el nombre del escritor, yo había leído «Archines» con la mayor de las convicciones. Ni una duda. Ni un titubeo. Archines, Archines y Archines. Solo cuando acabé, Sergio, un compañero de clase, se dirigió al profesor para señalar el detalle: pero si pone «Arniches». La respuesta de Tomás fue que no importaba, y ahí quedó la cosa.
Con los años he entendido lo que pasó. Yo no leía letra a letra: reconocía las palabras que ya conocía y las disparaba de un vistazo. Pero «Arniches» era nuevo para mí, no tenía dónde encajarlo, así que lo leí como pude, reordenando las letras hasta darles una forma que mi cabeza aceptara. Que me perdone don Carlos, porque con los años he llegado a conocer y respetar su obra. Aquel día, sin embargo, era solo un montón de letras sin dueño, y mi cerebro las barajó a su antojo.
La izquierda que siempre tengo que pensar
Hay otra prueba en el expediente, y esta sigue viva. Nunca he sabido distinguir la izquierda de la derecha con soltura. Arriba y abajo son inequívocos, instantáneos, no requieren ningún esfuerzo. Pero izquierda y derecha me obligan a un pequeño cálculo interno, a un instante de duda, y aun así todavía hoy los confundo de vez en cuando. Y no es solo teoría: más de una vez, con alguien indicándome «gira a la derecha» desde el asiento del copiloto, he girado hacia el lado contrario con total seguridad, tan convencido como cuando leía Archines.
Sospecho que la cosa viene de más atrás, de un problema con las direcciones en general. Todavía hoy, cuando escribo a mano una ge o una efe minúsculas, el trazo de abajo me sale hacia el lado contrario del que debería, porque es el que me pide la mano. Lo he hecho toda la vida y no he conseguido corregirlo: simplemente, mi mano decide que el rabito va para el otro lado y no hay manera de convencerla. Con la izquierda y la derecha, en cambio, he aprendido a disimular. He tenido cincuenta años para pulir el truco, así que ese instante de duda antes de mover el volante ya casi no se nota. Casi.
¿Tengo dislexia? No lo sé
Si sigo tirando del hilo, aparecen más cosas pequeñas. Al deletrear en voz alta, por ejemplo, me cuesta un mundo distinguir la ce de la de, y eso que no se parecen en nada, ni en la forma ni en el sonido. Y luego está el oído: nunca he sabido distinguir el sonido de la elle del de la ye.
Y aquí, sin embargo, es donde la hipótesis empieza a hacer aguas. Porque no distinguir la elle de la ye no tiene el menor mérito ni el menor misterio: es lo que hace hoy la inmensa mayoría de los hispanohablantes, que pronunciamos las dos igual sin que a nadie se le ocurra ver ahí un síntoma de nada. No hace falta ningún trastorno para eso; basta con haber nacido hablando castellano.
Y así, de golpe, la mitad de mis pruebas se desvanecen entre los dedos. Cabe también la otra posibilidad, la más sencilla y la que probablemente debería tomarme más en serio: que nunca tuviera absolutamente nada. Que fuera un niño normal haciendo cosas de niños —cambiar letras, leer palabras nuevas a ojo, tardar años en asentar la izquierda y la derecha— y que cuatro, o seis, o los recuerdos que sean, dispersos a lo largo de media vida, no signifiquen gran cosa. Uno reúne rarezas sueltas, las alinea con paciencia y de repente cree ver un patrón. Pero a lo mejor solo hay rarezas.
Puede que tuviera un grado leve de algo, lo bastante como para autogestionarlo sin enterarme. O puede que no. En mi entorno, en cualquier caso, no se hablaba de estas cosas: yo nunca oí la palabra dislexia hasta mucho después, y desde luego a nadie se le habría ocurrido aplicármela. Uno era despistado, o soñador, y a otra cosa.
No pretendo, a estas alturas, hacerme un autodiagnóstico cuarenta años tarde. Solo intento averiguar, con los pocos recuerdos que guardo, quién era aquel niño.
Un diagnóstico en cada clase
Y de aquí salto a un jardín en el que quizá no debería entrar, así que lo dejo en pregunta. Por lo que oigo a amigos con hijos, en cada clase hay hoy al menos un disléxico y algún caso de TDAH. Y no puedo evitar preguntarme si no habremos pasado de no diagnosticar nada a querer ponerle nombre a todo.
Que quede claro, porque el terreno resbala: detectar dificultades de aprendizaje me parece estupendo, y a mí de niño no me habría venido nada mal. La duda es otra. Quizá el umbral a partir del cual decidimos que algo es un problema convendría revisarlo. Y no tengo nada claro que el sistema, después de repartir etiquetas, tenga medios para atender todo lo que él mismo diagnostica.
No tengo respuesta. Solo la sensación incómoda de que a veces confundimos nombrar con resolver, y de que un niño con una etiqueta y sin apoyos no está necesariamente mejor que un niño sin etiqueta que aprende a apañárselas. Ni peor. Simplemente no lo sé, y desconfío de quien lo tenga demasiado claro.
La alumna en prácticas
El año pasado tuve una alumna en prácticas. Antes de empezar me avisaron, con ese tono de quien te entrega una instrucción de manejo, de que tenía dislexia. Cuatro meses después, tras la convivencia diaria y la supervisión constante de su trabajo, puedo decir una cosa: si no me lo hubieran dicho, jamás lo habría imaginado. Ni un indicio. Trabajaba perfectamente, que era, al fin y al cabo, lo único que yo tenía que evaluar.
Al principio pensé que a lo mejor el aviso sobraba. Luego me acordé de mí mismo, de esa milésima de duda antes de girar el volante que llevo media vida disimulando, y entendí que quizá era justo lo contrario. Que si no se le notaba nada no era porque no hubiera nada, sino porque había aprendido a que no se notara. Como yo. Como, imagino, tanta gente que carga con su pequeña rareza y ha construido, ladrillo a ladrillo, las estrategias para que el mundo no la vea.
Reordenar las letras
Me hace gracia que aquel crío incapaz de ordenar las letras de su propio nombre acabara dedicándose, entre otras cosas, a escribir. La vida tiene estos giros. Y me quedo con la imagen de aquel día en clase, leyendo «Archines» tres veces seguidas con total aplomo y llegando al final satisfecho de mi lectura. Puede que, en el fondo, todos avancemos así: reordenando las letras que todavía no entendemos y creyendo, mientras tanto, que las estamos leyendo bien.


