El mapa que se encoge
En casa vivo en una realidad de aceptación tan completa que casi no la noto. Pero cada vez que, como pareja gay, abro un mapa para planear un viaje, el mundo se vuelve un poco más pequeño que el de cualquier pareja heterosexual.

Salgo de casa por la mañana en Uribarri, paseando al perro y en algún momento del camino le cojo la mano a mi pareja para equilibrarme al recoger los desperdicios. No pasa absolutamente nada. Nadie gira la cabeza, nadie baja la voz, ningún camarero duda al vernos entrar juntos y pedir dos cafés. Esa nada es, en realidad, un lujo enorme, y como todos los lujos que se disfrutan a diario, ha dejado de sentirse como un lujo para convertirse en el aire que respiro. Vivo en una ciudad y en un país donde ser quien soy no cuesta nada. Hasta que hago la maleta.
El privilegio que casi no se nota
Cuesta explicar hasta qué punto uno se acostumbra a la seguridad. Llevo años midiendo mi vida en Bilbao sin la calculadora que tantos otros llevan puesta desde niños: sin pensar si tal calle, tal bar o tal comentario van a traer problemas. Esa despreocupación es la conquista de mucha gente, y precisamente por eso se vuelve invisible. En parte es herencia: otros pelearon antes que yo, en condiciones mucho más duras, y me dejaron un terreno ganado que no siempre recuerdo agradecer. Pero no todo fue herencia. A mi generación, que se hizo adulta con la Transición aún reciente, también le tocó pelear por su parte de esa libertad, y esa pelea la viví de cerca. La libertad de hoy no me la encontré puesta como quien hereda un piso amueblado: buena parte la levantamos entre varias generaciones a la vez, y a la mía le tocó su tramo de obra.
El problema de esa comodidad es que deforma la percepción del mundo. Desde aquí es fácil creer que el planeta entero avanza en la misma dirección, que lo de mi barrio es la norma y no la excepción. La televisión, las series, las bodas de los amigos, todo confirma esa sensación de que el debate ya está ganado. Y en buena parte de Europa occidental lo está. Pero Europa occidental es un pañuelo si lo pones sobre un globo terráqueo.
Viajar es una de las cosas que más me gustan en el mundo. De hecho, terminé dedicándole un blog entero: Bilbonauta (abre en ventana nueva). Y viajar tiene la virtud incómoda de recolocarte en tu sitio. Te recuerda que el aire que respiras en casa no se respira igual en todas partes, y que la frontera entre lo cotidiano y lo prohibido a veces está a solo tres horas de avión.
Cuando viajaba solo, el mundo no preguntaba
Durante muchos años viajé solo, y solo se viaja de una manera curiosamente cómoda para un hombre gay: nadie te pregunta nada. Un hombre que aparece solo en un hostel de Ammán, en una excursión por los templos de un país cualquiera o en la barra de un bar de Estambul es una página en blanco. La gente le supone, por defecto, heterosexualidad, y esa suposición funciona como una capa de invisibilidad que uno no ha pedido pero que le protege.
Recuerdo varias conversaciones efímeras en las que se dio por hecho que en casa me esperaba una mujer, o una novia, o nada, y en las que no me molesté en corregir a nadie. No era un armario, era simple economía de la conversación: para un intercambio de veinte minutos con alguien a quien no vas a volver a ver, el dato era irrelevante. Otras muchas veces la cuestión ni siquiera asomó. Un hombre viajando solo es, para el mundo, un misterio que a casi nadie le apetece resolver.
Esa discreción no me pesaba porque no la había elegido; venía de serie con el formato del viaje. Y ahí está la trampa. Uno puede pasarse años creyendo que viaja como un hombre libre cuando en realidad viaja como un hombre indescifrable, que no es lo mismo. La libertad de verdad se mide en los momentos en los que uno es perfectamente legible y aun así no pasa nada.
Dos cepillos y una cama de matrimonio
Todo cambia cuando el viaje deja de ser en singular. Dos hombres que llegan juntos a una recepción pidiendo una habitación con cama de matrimonio, ya no son una página en blanco: son una frase completa, y en algunos lugares del mundo una frase incómoda. El momento del mostrador, ese trámite banal que una pareja heterosexual resuelve sin pensar, se convierte para nosotros en una pequeña prueba de temperatura del país en el que estamos.
He aprendido que el detalle más revelador no suele ser una ley ni una mirada, sino algo tan doméstico como una cama. En bastantes hoteles de países hostiles, dos hombres que reservan juntos se encuentran con que les han preparado dos camas separadas, o con que les ofrecen añadir un colchón supletorio, como si compartir cama fuera un malentendido que conviene corregir de oficio. Las grandes cadenas internacionales suelen hacer la vista gorda y dar la cama doble sin comentarios, precisamente porque cobran en la moneda universal de la discreción. Pero el gesto está ahí, y uno lo nota.
No es miedo, exactamente. Es la conciencia repentina de haberte vuelto visible en un sitio donde la visibilidad tiene un precio que en casa hace décadas que nadie paga. Y es también la certeza incómoda de que la persona que tienes al lado, a la que quieres, se ha vuelto visible contigo. Viajar solo era jugarme mi propia tranquilidad; viajar en pareja es jugarme la de dos.
Sesenta y cuatro países donde seríamos delito
Conviene poner números a la sensación, porque los números ayudan a no exagerar ni a minimizar. Según ILGA World, que lleva el recuento más serio que existe, sesenta y cuatro Estados miembros de la ONU siguen castigando por ley las relaciones consentidas entre personas del mismo sexo en 2025. No hablo de países donde te miran raro: hablo de países donde lo que hago en casa sin pensarlo constituye técnicamente un delito.
Dentro de esa cifra hay una escala que va de lo simbólico a lo atroz. En muchos sitios la pena es cárcel, desde unos meses hasta la cadena perpetua. Y en una docena escasa de países la pena prevista es la muerte: en la mayoría es una amenaza sobre el papel, con moratorias de décadas, pero en algunos, con Irán a la cabeza, se ejecuta de verdad.
Y el mapa se mueve, además, y no siempre hacia adelante: cada año algún país despenaliza y algún otro endurece sus leyes. Uno actualiza su lista mental de destinos como quien revisa el parte meteorológico, salvo que aquí lo que cambia no es si va a llover, sino si sería o no legal darle un beso a tu pareja en la calle.
La geografía de la discreción
Ahora bien, entre la ley y la realidad del viajero hay un margen enorme, y sería deshonesto no reconocerlo. Casi ninguno de esos sesenta y cuatro países va a la caza del turista extranjero por lo que haga puertas adentro de su habitación. Existe toda una geografía de la discreción, una zona gris donde miles de parejas como la mía viajan cada año sin incidentes, amparadas en un pacto tácito que se podría resumir en "no preguntes, no lo cuentes".
Dubái es el ejemplo perfecto de esa contradicción. Sobre el papel, las penas son durísimas; en la práctica, hace años que no hay constancia de turistas detenidos por conducta privada, y la ciudad funciona con una tolerancia no escrita hacia el visitante internacional que se mantenga invisible. Catar, en cambio, demostró durante el Mundial de 2022 que su margen es mucho más estrecho: hubo detenciones y abusos documentados por Human Rights Watch pese a todas las promesas oficiales de bienvenida. Y en ambos sitios el manual es el mismo: nada de muestras de afecto en público, nada de símbolos, las aplicaciones de contactos bloqueadas y accesibles solo con VPN, cuidado con lo que publicas mientras estás allí.
Y aquí está, para mí, el verdadero coste, el que no aparece en ninguna estadística. No es tanto el riesgo de acabar en un calabozo, que es remoto, como la obligación de volver a plegarme. De regresar, por unos días, a esa discreción que dejé atrás hace mucho y que ya no me pertenece. Ir a esos países es aceptar meterme de nuevo en un armario que ya no es mi talla, y hacerlo, además, arrastrando a mi pareja conmigo. Hay destinos preciosos que descarto no por miedo a lo que puedan hacerme, sino por pereza y por dignidad de tener que fingir.
Un mundo más pequeño que el de cualquier pareja
Así que, sin haberlo convertido nunca en una regla escrita del cien por cien, por norma general acabamos restringiendo nuestros viajes a países donde se respetan los derechos LGTBI. No es higiene emocional sin más; hay también un punto de activismo, aunque no sea de pancarta. Me niego a dejar mis divisas, mi tiempo y mis vacaciones en la caja de gobiernos que no reconocen mis derechos, y esa negativa es una forma de coherencia por muy invisible que resulte. No cambia nada a gran escala, lo sé, pero es la única palanca que tengo en la mano y prefiero usarla. Preferimos gastar lo que tenemos, que es limitado, en lugares donde podamos ser exactamente lo que somos en Uribarri, es decir, nada del otro mundo. Y esa decisión, repetida viaje tras viaje, tiene una consecuencia muy concreta: nuestro mapa es más pequeño que el de una pareja heterosexual.
Es una frase que da vértigo cuando la escribes. Dos personas que se quieren, con los mismos ahorros, las mismas vacaciones y las mismas ganas de ver mundo que cualquier otra pareja, disponen sin embargo de un planeta recortado. Continentes enteros pasan a la categoría de "mejor no", no por sus fronteras ni por sus visados, sino por lo que sus códigos penales opinan sobre el contenido de nuestra maleta emocional. El mundo, que a los veinte años me parecía infinito y abierto de par en par, resulta tener una letra pequeña que solo se lee cuando viajas acompañado.
No quiero cerrar esto con una moraleja luminosa, porque sería mentira y porque en este blog intento no mentirme. El mapa se ha encogido, y punto. Pero también es verdad que sigue siendo un mapa enorme, lleno de sitios donde entrar en un hotel de la mano no cuesta nada, y que el simple hecho de poder elegir dónde es seguro querernos es, en sí mismo, una forma de esa libertad que en casa doy por sentada. A veces la libertad no consiste en poder ir a todas partes, sino en no necesitar ir a los sitios que no nos quieren. Con eso, de momento, viajamos bastante lejos.


