Este blog no gana dinero, y ese es exactamente el plan
Un amigo me preguntó cómo monetizaba este blog. La respuesta fue corta: no lo hago. Ni anuncios, ni patrocinios, ni siquiera métricas. Sobre el precio de escribir por gusto en un internet que ya no entiende ese concepto.

Estábamos hablando Javi y yo de la tarjeta sanitaria europea, de por qué caduca cuando caduca y de quién decidió que ese plazo y no otro era el razonable. Y entonces solté una de mis frases marca de la casa, esa que mis amigos ya me ven venir de lejos: "pues justo el otro día hablaba yo de eso en mi blog".
Javi se rió, porque ya me la ve venir. "Últimamente hablas mucho del blog, le estás metiendo caña". Y entonces, sin transición, la pregunta que a estas alturas parece obligatoria: "¿y cómo lo monetizas?"
Le contesté la verdad, con certeza y hasta con cierto orgullo: no lo monetizo. No hay anuncios. No hay enlaces de afiliado. No hay patrocinios, ni newsletter de pago, ni botón de café, ni nada que se le parezca. Se quedó mirándome como quien espera la segunda parte del chiste. No había segunda parte.
Y luego, ya en casa, pensé que esa conversación de treinta segundos daba para un artículo entero. Porque lo interesante no es mi respuesta. Lo interesante es que la pregunta se haya vuelto tan automática, y que se la haga incluso alguien que me conoce bien.
Lo que cuesta escribir aquí
Conviene empezar por lo concreto, porque no quiero que esto suene a pose de asceta digital. Este blog cuesta dinero. El dominio, el alojamiento en un proveedor europeo pequeño y honesto, unos euros más por guardar las imágenes en algún sitio. Casi cien euros al año, que es lo que gasta cualquiera en un par de meses de suscripciones que ni recuerda haber contratado. Poco, pero cuesta.
Lo caro es el tiempo. Escribir un artículo decente me lleva horas. Documentarme, corregirme, tirar a la basura el primer párrafo tres veces, buscar la imagen, revisar el enlace roto que llevaba dos años ahí. Nadie me paga por eso. Nadie me lo pide. Nadie me lo va a agradecer, en parte porque —ya llegaremos— no tengo forma de saber si alguien lo lee.
Un hobby como cualquier otro, solo que este escribe
Aquí es donde la conversación suele desatascarse, cuando propongo el marco correcto: esto es un hobby. Y todos los hobbies cuestan dinero.
Mi marido practica tiro con arco. Entre el material, las licencias federativas, las clases y ese ritual sagrado de sustituir un arco perfectamente funcional por otro que apunta un milímetro mejor, se gasta bastante más de lo que me gasto yo aquí. A nadie se le ocurriría preguntarle cómo monetiza el tiro con arco. Nadie le sugiere que abra un canal de reseñas de flechas, ni que meta publicidad entre diana y diana.
Lo mismo vale para quien paga un gimnasio al que va tres veces por semana, para quien se apunta a clases de cocina, para quien colecciona vinilos, cuida un huerto urbano o restaura muebles viejos en el garaje. Y sí, también para quien fuma: hay quien se gasta en tabaco en un mes lo que este blog me cuesta en un año, y ese gasto ni se cuestiona ni se rentabiliza.
El hobby se justifica solo. Consiste precisamente en hacer algo porque te apetece hacerlo, sin que medie una hoja de cálculo. Que el mío consista en escribir, y que lo que escribo acabe publicado en una dirección web accesible desde cualquier parte del mundo, no lo convierte en otra cosa. Lo convierte en un hobby con puerta abierta.
Por qué no quiero saber cuánta gente me lee
Este es el punto donde la gente me mira raro de verdad, más incluso que con lo de la publicidad. Este blog no tiene analítica. Ni Google Analytics, ni una alternativa respetuosa con la privacidad, ni un contador discreto en el pie de página. Nada. No sé cuántas visitas recibo. No sé qué artículo funciona mejor. No sé si alguien llegó ayer buscando algo y se quedó a leer, o si esto lo lee exactamente una persona que soy yo cuando reviso las erratas.
Es deliberado, y lo he contado alguna vez. Sé perfectamente cómo instalar métricas; es literalmente parte de mi trabajo. Precisamente por eso sé lo que pasa después.
Lo que pasa es que empiezas a escribir para el número. Descubres que los artículos sobre un tema concreto rinden mejor y, sin darte cuenta, el siguiente va sobre eso mismo. Descubres que los títulos de una determinada forma atraen más clics y tus títulos empiezan a parecerse entre sí. Descubres que el artículo largo y raro que te hacía ilusión no lo lee nadie, y dejas de escribir artículos largos y raros. El panel de estadísticas no te obliga a nada, pero te susurra constantemente, y a la larga se le hace caso.
Sin métricas, en cambio, solo queda un criterio: si el texto me interesa a mí. Publico sobre coming out tardío y sobre la distorsión de imagen en televisores de tubo. Sobre la baldosa bilbaína y sobre relatos de ciencia ficción. Sobre soberanía digital y sobre una revista de 1998 que apareció en una caja. No hay nicho, no hay línea editorial, no hay coherencia comercial posible. Un cajón desastre, exactamente lo que quería.
Escribir sin saber si te leen es un poco como cantar en la ducha. Y cantar en la ducha, resulta, es de las pocas actividades verdaderamente libres que nos quedan.
Cuándo internet dejó de ser un sitio y pasó a ser un negocio
Hace veinte años nadie me habría preguntado cómo monetizaba mi blog. La pregunta habría sonado tan extraña como preguntarle a alguien cómo monetiza su diario de viajes o su colección de postales.
El internet de entonces estaba lleno de páginas personales que no querían nada de ti. Webs con fondos horribles, listas de enlaces a los sitios de tus amigos, secciones de "sobre mí" escritas en primera persona con una sinceridad que hoy daría vergüenza ajena. Aquello no era rentable y no pretendía serlo. Era gente hablando en público porque le apetecía hablar en público.
Lo que ocurrió después lo he visto ocurrir despacio, año a año, desde dentro. Primero llegaron los anuncios, y de pronto cada visita a una página valía una fracción de céntimo para alguien. Después llegaron las redes, que nos enseñaron a todos a contar seguidores como quien cuenta dinero. Después vino la costumbre de escribir pensando en el buscador antes que en el lector, y empecé a encontrarme recetas de tortilla precedidas de mil palabras sobre la infancia de la autora en un caserío que probablemente no existía. Y ahora buena parte de lo que sale en las búsquedas son textos que nadie quiso escribir y que nadie quiere leer, ahí solo porque al final del túnel hay un céntimo esperando.
En ese paisaje, una página que no vende nada, no rastrea a nadie y no mide su propio éxito no es solo inusual. Es prácticamente ininteligible. De ahí la pregunta de Javi, que no era una impertinencia sino un reflejo. Ha aprendido, como todos, que las cosas en internet están ahí para sacar algo.
Si no pagas con dinero, pagas con privacidad
Y ese es el punto que más me importa de todo esto, porque la alternativa a pagar el dominio y el alojamiento de mi bolsillo nunca fue "que sea gratis". La alternativa era que lo pagases tú, sin enterarte y sin firmar nada.
Poner publicidad aquí significaría instalar rastreadores de terceros que te siguen fuera de esta página. Poner analítica invasiva significaría construir un perfil tuyo que yo no necesito. Mover esto a una plataforma "gratuita" significaría regalarle a esa plataforma lo único valioso que hay en la ecuación: tu atención, tus datos y, de paso, mi texto, que pasaría a ser combustible de su modelo de negocio.
Esos casi cien euros al año son, entre otras cosas, el precio de no tener que hacerte nada de eso. Es una cifra sorprendentemente pequeña para lo que compra. Compra que puedas leer esta frase sin que se dispare una subasta en tiempo real por tu globo ocular. Compra que yo pueda escribir la siguiente sin calcular su rendimiento.
Una rareza bastante concurrida
Me gusta ser una rareza. Lo digo sin ninguna coquetería: he pasado gran parte de mi vida siéndolo en asuntos considerablemente más serios que la publicación web, y he aprendido a encontrarle el gusto.
Pero conviene no confundir la invisibilidad con la extinción. Ahí fuera hay muchísima gente haciendo exactamente esto. Blogs personales que nadie promociona. Wikis caseras sobre asuntos incomprensibles. Sitios dedicados a un solo tema durante quince años. Gente publicando en su propio dominio, con su propio diseño imperfecto, sin cookies y sin embudos de conversión. El movimiento IndieWeb tiene nombre y comunidad; los directorios y los anillos de enlaces han vuelto; los lectores de feeds siguen funcionando perfectamente para quien los quiera usar.
Lo que ocurre es que el internet comercial nos pasa por encima. Ocupa los buscadores, ocupa los timelines, ocupa la conversación entera, y desde debajo de todo eso cuesta ver que hay una capa de web sin monetizar que sigue viva y que probablemente sea más grande de lo que sospechamos. No aparece en las estadísticas porque, en muchos casos, ni siquiera lleva estadísticas.
Así que la respuesta completa a la pregunta de Javi, la que no le di porque en una conversación de bar no toca, sería más o menos esta: no monetizo el blog por el mismo motivo por el que mi marido no monetiza sus tardes de arco. Porque hay cosas que uno hace para poder seguir siendo alguien que hace cosas.


