Por qué tu banco te cobra por no hacer nada con la cuenta

Si tengo el dinero quieto no doy trabajo, así que debería salirme más barato. Pues no. La comisión de mantenimiento no se cobra por lo que haces, se cobra por lo que no le dejas ganar al banco.

Interior de una oficina bancaria abandonada, con los mostradores cubiertos de polvo y una libreta de ahorros olvidada sobre el mármol

Tenía una cuenta abierta en un banco al que llevaba años sin entrar. La abrí en su día para una cosa muy concreta, la cosa concreta se acabó, y ahí se quedó ella, con un saldo que daba risa y una tarjeta caducada en algún cajón. Un día llegó el extracto y el único movimiento del trimestre era la comisión de mantenimiento comiéndose el saldo a mordisquitos. Y pensé lo que pienso siempre en estos casos: pero si yo aquí no molesto a nadie.

Esa es la queja que casi todos hemos formulado alguna vez, y está construida sobre una idea que parece de puro sentido común. Si el banco me cobra por darle trabajo, y yo no le doy ninguno, lo justo sería que la cuenta parada fuese la barata y la cuenta con cincuenta movimientos al mes la cara. Ocurre exactamente lo contrario. La cuenta dormida paga, la cuenta que no para de moverse suele estar exenta. Merece la pena entender por qué, porque la explicación no es que los bancos sean malvados por deporte. Es peor: es que la lógica es impecable, solo que no es la lógica que tú creías.

Lo que cuesta dinero no es usar la cuenta, es que la cuenta exista

El error de partida está en imaginar que una transferencia le supone al banco un esfuerzo. En un banco digitalizado, mover dinero de aquí a allá cuesta una fracción de céntimo. Es un apunte contable que viaja por una infraestructura ya pagada. Puedes hacer cuarenta transferencias en un mes y el coste marginal para la entidad sigue siendo aproximadamente cero.

Lo que sí cuesta, y cuesta igual todos los meses hagas lo que hagas, es sostener la existencia administrativa de esa cuenta. Cada cuenta abierta obliga al banco a mantener tu identificación al día, a vigilarla con sistemas de prevención de blanqueo, a informar de ella a Hacienda, a mandarte comunicaciones legales, a guardarla en unos sistemas que alguien mantiene y audita, y a aportar al Fondo de Garantía de Depósitos en función del saldo que cubre. Nada de eso se suspende porque tú no la toques.

Y hay un detalle que a mí me pareció fascinante cuando lo entendí: la vigilancia de una cuenta inactiva no es más barata, es más cara. Las cuentas dormidas son el objetivo favorito de quien busca una cuenta mula, precisamente porque nadie las mira. Titular despistado, saldo pequeño, ningún movimiento que llame la atención. Así que el banco tiene que estar más encima de la cuenta que no usas que de la que usas, no menos. Si a ese coste fijo le sumas que un saldo de trescientos euros parados genera un margen de intereses ridículo, el resultado es que tu cuenta olvidada es estructuralmente un negocio en pérdidas. La comisión no compensa tu trabajo. Tapa un agujero.

Las condiciones de exención no premian la actividad, miden la rentabilidad

Aquí está la otra mitad del asunto, y es la que a mí me parece más reveladora. Cuando el banco te dice que te quita la comisión si domicilias la nómina, si haces seis compras al trimestre con la tarjeta o si contratas un producto de inversión, no te está premiando por trabajador. Te está identificando como cliente rentable por otra vía.

Piénsalo pieza a pieza. Domiciliar la nómina significa que el banco ve tus ingresos, tus gastos y tu capacidad de endeudamiento, y por tanto sabe a quién ofrecerle una hipoteca o un préstamo para el coche antes que nadie. Además sabe que no te vas a ir, porque cambiar de banco cuando tienes la nómina y ocho recibos domiciliados da una pereza que actúa mejor que cualquier cláusula de fidelidad. Cada compra con tarjeta le deja al banco su parte de la tasa de intercambio que paga el comercio. Y si has picado en el fondo de inversión o en el plan de pensiones, las comisiones de gestión que pagas al año son de otro orden de magnitud, no de los diez o doce euros al mes del mantenimiento.

Dicho en crudo: la comisión de mantenimiento no es el precio de un servicio, es el precio por defecto que pagas cuando no le das al banco ninguna otra manera de ganar dinero contigo. Es el gimnasio que te cobra la cuota entera aunque no aparezcas, con la diferencia de que en el gimnasio, al menos, sabes que la culpa es tuya.

Cuando el dinero parado se convirtió en un estorbo

Que esto se disparase en España tiene un momento y una causa muy concretos, y aquí hay una vuelta de tuerca que suele quedar fuera de la conversación de bar. Durante años, el Banco Central Europeo tuvo su facilidad de depósito en tipos negativos. Traducido: el dinero que un banco no colocaba en préstamos y aparcaba en el banco central no solo no rentaba nada, sino que aparcarlo costaba dinero.

Se produjo entonces una inversión completa del oficio. Los depósitos, que siempre habían sido la materia prima del negocio bancario, pasaron a ser un problema logístico. Tener mucho dinero de clientes quieto y sin colocar era una carga. Fue exactamente en ese periodo cuando la banca tradicional española convirtió el mantenimiento de cuenta en una fuente sistemática de ingresos y endureció hasta el absurdo las condiciones para librarse de él, con esos cuadros de requisitos que parecían las bases de un concurso.

Después los tipos volvieron a subir y el dinero parado volvió a ser rentabilísimo para las entidades. La estructura de comisiones, en cambio, se quedó donde estaba. Nadie devuelve por voluntad propia un ingreso que ya ha dado por consolidado, y menos si el cliente ya se ha acostumbrado a pagarlo.

La comisión que en realidad sirve de escoba

Hay una función más de la comisión sobre cuentas inactivas que conviene decir en voz alta: sirve para echarte. Cerrarle la cuenta unilateralmente a un cliente es jurídicamente incómodo, genera reclamaciones y da mala imagen. Cobrarle todos los meses hasta que se harte y la cierre él solito es limpio, silencioso y no sale en el periódico. El resultado es el mismo y la responsabilidad, formalmente, ha sido tuya.

Y si no la cierras ni te enteras de que existe, el asunto tiene un final que casi nadie conoce. Los saldos que permanecen veinte años sin movimiento y sin que nadie los reclame se consideran abandonados y pasan al Estado. Así que aquella cuenta que abrió tu tía para meter unas pesetas y de la que ya nadie se acuerda no está esperando pacientemente a que aparezca un heredero. Está en una cuenta atrás.

Donde la indignación sí está bien fundada

Todo lo anterior explica el mecanismo, pero explicar no es justificar. Lo que resulta indefendible es a quién le cae encima. Un mantenimiento de cuarenta o sesenta euros al año puede llevarse por delante un saldo pequeño entero, y los saldos pequeños son de las personas con menos margen para negociar, menos costumbre de comparar condiciones y menos energía para pelearse con una oficina. Es una comisión que, en la práctica, se cobra con más eficacia a quien menos puede pagarla. Un coste fijo aplicado sobre saldos desiguales siempre acaba siendo un impuesto regresivo, se llame como se llame.

La salida práctica tiene dos caminos. Uno es la banca cien por cien digital, que no cobra mantenimiento por la razón poco romántica de que su coste fijo por cuenta es una fracción del de quien sostiene una red de oficinas con personal y alquileres. El otro, y este merece subrayado, es la cuenta de pago básica: una figura que la normativa obliga a ofrecer a las entidades, con una comisión máxima muy limitada y directamente gratuita para personas en situación de vulnerabilidad. Es un derecho que existe, que funciona y que ningún banco te va a poner en el escaparate junto a las ofertas de hipoteca. Preguntar por ella en una oficina es un pequeño deporte de riesgo que recomiendo a todo el mundo.

Yo, en cuanto vi la comisión en el extracto, hice un movimiento con la cuenta para librarme de ella ese mismo trimestre, y después fui a la oficina y la cerré del todo. Prefiero perder diez minutos firmando un papel que seguir financiando, mes tras mes, la administración de un vacío.

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