El Superman de David Corenswet me gusta, pero no me impone
He disfrutado Superman y Supergirl, y aun así hay algo que no termina de encajar cada vez que David Corenswet se pone la capa. No es el traje ni el físico. Es algo más difícil de explicar: presencia.

Hace casi un año escribí aquí por qué Superman sigue siendo mi superhéroe favorito. La idea central de aquel texto era sencilla: lo que hace grande al personaje no son sus poderes, sino la decisión que toma cada día de no usarlos en su propio beneficio. Un ser capaz de hacer cualquier cosa que elige, simplemente, portarse bien. Sigo pensando exactamente lo mismo. Y precisamente por eso llevo meses dándole vueltas a una sensación incómoda que me acompaña desde que vi el Superman de James Gunn en el verano de 2025, y que se ha confirmado este año con Supergirl.
La sensación es esta: el nuevo Superman me cae bien, pero no me lo creo. No me creo que ese hombre sea la persona más poderosa del planeta. Y he tardado bastante en entender por qué, porque la película me gustó, el actor me parece estupendo y no hay nada concreto que pueda señalar con el dedo como un error. Después de mucho pensarlo, creo que todo se resume en una sola palabra: presencia.
Antes de nada, lo que sí me ha gustado
No quiero que esto se lea como el enésimo lamento de un nostálgico que no soporta que cambien a su personaje. He disfrutado las dos películas. Superman me pareció un acercamiento fresco, luminoso, con un sentido del humor y una ternura que el cine de superhéroes había olvidado hacía mucho tiempo. Supergirl, con Milly Alcock como Kara Zor-El, se atreve a ir por un camino distinto, más áspero y más raro, lejos de la plantilla que lleva quince años saturando las carteleras. Ambas películas tienen personalidad, y eso ya es muchísimo decir en un género que produce productos intercambiables en serie.
Tampoco tengo nada contra David Corenswet. Es un actor innegablemente atractivo, alto, con una sonrisa que desarma y un físico al que, dicho sea de paso, su traje no le hace ninguna justicia. Su Clark Kent es encantador. Su Superman es amable, vulnerable, un poco torpe a veces, y se nota que todo eso está buscado. James Gunn quería un Superman humano, cercano, alguien que sangra, que duda y que se equivoca. Y lo ha conseguido.
El problema es que, al conseguirlo, creo que se ha perdido algo por el camino. Algo que no aparece en ningún guion y que no se puede diseñar en un departamento de vestuario.
Un colega con un disfraz que le queda grande
Cada vez que Corenswet aparece en pantalla vestido de Superman me pasa lo mismo. No noto que haya entrado alguien. No hay un cambio en la temperatura de la escena, no hay ese pequeño vuelco en el estómago que produce ver aparecer a una figura mítica. Veo a un tipo simpático, guapo, buena gente, que se ha puesto el traje de Superman. Podría ser un amigo tuyo en una fiesta de disfraces. Uno especialmente bien parecido, eso sí, pero un amigo al fin y al cabo.
Y cuando un personaje como Superman te produce la sensación de estar viendo a un colega disfrazado, algo falla en la base. Porque todo lo que el personaje significa depende de que te creas su poder. Si no percibes que ese hombre podría arrancar una montaña de cuajo, su decisión de no hacerlo deja de tener peso. La bondad de Superman solo es extraordinaria porque viene de alguien que no tiene ninguna obligación de ser bueno. Si lo que tengo delante parece un vecino majo, su bondad es la de un vecino majo. Agradable, pero perfectamente normal.
Me pasó algo muy parecido en 2006 con Brandon Routh en Superman Returns. Tenía el físico, tenía un parecido evidente con Christopher Reeve, tenía todos los ingredientes sobre el papel. Y sin embargo, cuando salía volando, yo veía a un chico guapo imitando a Superman, no a Superman.
Reeve y Cavill: dos maneras de llenar el espacio
La comparación inevitable es con los dos actores que, para mí, sí consiguieron que me creyera al personaje. Christopher Reeve lo hizo en 1978 con una inteligencia interpretativa que todavía hoy asombra. Su Clark Kent se encogía, arqueaba la espalda, hablaba un tono más agudo y parecía pedir perdón por ocupar sitio. Y cuando se convertía en Superman, se estiraba, bajaba la voz, cuadraba los hombros y de repente llenaba el plano entero. No era solo un cambio de ropa. Era otra forma de estar en el mundo. Reeve entendió que la presencia de Superman se construye precisamente por contraste, y que el público tiene que sentir la diferencia en el cuerpo antes de razonarla.
Henry Cavill fue todavía más lejos, y para mí es el Superman con más presencia que ha dado el cine. Se puede discutir todo lo que se quiera sobre las películas de Zack Snyder, su tono sombrío, su gusto por la destrucción masiva y sus problemas de guion. Yo mismo tengo muchas pegas. Pero cada vez que Cavill aparecía en pantalla, pasaba algo. Había una gravedad, una quietud, una forma de mirar desde arriba sin arrogancia que te hacía sentir que estabas ante algo que no era del todo humano. Cuando flotaba en silencio sobre una multitud, no parecía un hombre volando. Parecía un dios que había decidido, por el momento, no ser terrible.
Lo curioso es que en ninguno de los dos casos se trata solo del físico. Ambos eran espectaculares, sí, pero Corenswet también lo es, y es incluso más alto que Cavill. Lo que tenían Reeve y Cavill era otra cosa, una capacidad de ocupar el espacio, de transmitir poder contenido sin necesidad de hacer nada. Es algo que se nota en cómo se colocan, en cómo esperan antes de hablar, en cómo miran. Es muy difícil de explicar con palabras, y precisamente por eso es tan fácil notar cuando falta.
El relleno del traje y la tentación de lo natural
Soy perfectamente consciente de que el traje de Cavill llevaba musculatura de relleno, y de que parte de esa imponencia era literalmente espuma. También entiendo que con Corenswet se ha buscado deliberadamente lo contrario: un traje más de tela, más de cómic clásico, con sus calzoncillos rojos por fuera y un cuerpo que parezca real debajo. Es una decisión estética coherente con la película que Gunn quería hacer, más colorida, más cercana a las viñetas y menos solemne.
Pero aquí es donde me asalta la duda. ¿De verdad Superman necesita parecer natural? Batman puede ser un hombre, Spider-Man puede ser un chaval de barrio, y en esos personajes la naturalidad suma. Superman es otra cosa. Es un extraterrestre que ha llegado a la Tierra desde una civilización extinta y que tiene el poder de un ejército entero en cada mano. Intentar que parezca un tipo corriente es, en cierto modo, ir contra la esencia del personaje. Su humanidad no debería estar en su aspecto, sino en sus decisiones.
Tal vez Superman no tenga que ser cercano. Tal vez tenga que ser imponente, indiscutible, casi inaccesible a primera vista. Y que lo emocionante sea descubrir que ese ser inmenso, el que podría aplastarte sin darse cuenta, elige agacharse para rescatar a una ardilla o para preguntarte si estás bien. Esa distancia entre lo que parece y lo que hace es justamente donde vive el personaje. Si eliminas la distancia, eliminas la magia.
Cercanía y grandeza no están reñidas
Lo más frustrante es que no creo que haya que elegir entre un Superman humano y un Superman imponente. Reeve demostró que se pueden tener las dos cosas a la vez. Su Superman sonreía, bromeaba con Lois, era cálido y amable, y aun así nunca dejabas de sentir que estabas ante alguien fuera de escala. La calidez no restaba grandeza. La hacía más conmovedora.
Con Corenswet tengo la sensación de que la película ha confundido cercanía con pequeñez. Que para hacer a Superman más querible se le ha rebajado, se le ha puesto a la altura de los ojos del espectador en lugar de dejarle arriba y hacer que sea él quien baje. Y no es lo mismo. Un Superman que ya está a tu altura no tiene ningún mérito por estar ahí. Un Superman que desciende hasta ti, sí.
No sé cuánto de esto es responsabilidad del actor y cuánto de la dirección, la fotografía, el montaje o el propio concepto de la película. Probablemente sea un poco de todo. La presencia en pantalla también se construye con encuadres, con música, con silencios y con la manera en que el resto de personajes reaccionan ante alguien. Si todos tratan a Superman como a un compañero de trabajo, el espectador acaba haciendo lo mismo.
Lo que espero de Man of Tomorrow
Corenswet todavía tiene recorrido por delante. Su papel en Supergirl es secundario, la película es de Kara y tiene sentido que así sea, y en 2027 llegará Man of Tomorrow, donde volverá a llevar el peso de la historia. Me encantaría equivocarme. Me encantaría salir del cine el año que viene pensando que ahora sí, que el chico simpático se ha convertido por fin en el hombre de acero y que he sentido ese escalofrío que sentía de niño con Reeve y hace unos años con Cavill.
Porque el Superman de Corenswet tiene casi todo lo que le pido al personaje. Tiene bondad, tiene humor, tiene dudas, tiene corazón. Le falta solo una cosa, pero es la que convierte todo lo demás en algo extraordinario. Le falta que, cuando entre en la habitación, todos nos demos cuenta. Le falta que me crea que podría hacer cualquier cosa, para poder emocionarme de verdad cuando elige hacer lo correcto.


