El contenedor sellado
Seguí el protocolo al pie de la letra durante treinta días, sellé el contenedor y fui al ambulatorio a entregarlo. Entonces me dijeron que el riesgo bacteriológico era mi responsabilidad.

A finales de enero operaron a mi madre. La hospitalización fue bien, y cuando le dieron el alta nos explicaron que el postoperatorio incluía un mes de inyecciones de heparina diarias. Me enseñaron cómo administrarlas, me indicaron que tendría que comprar las jeringuillas en farmacia, y me facilitaron un pequeño contenedor de plástico rígido —amarillo, sellable, con el símbolo de residuos biológicos— para ir guardando las agujas usadas. Al terminar el ciclo, solo tendría que sellarlo y entregarlo en el ambulatorio de referencia para que pudieran gestionarlo correctamente.
Perfecto. Un sistema pensado. Una cadena de responsabilidades clara.
Tengo cierta animadversión a las agujas. No patológica, lo justo para que ponerle una inyección a otra persona me generara alguna resistencia interna. La superé sin drama. Era lo que tocaba.
Durante treinta días, cada tarde, una inyección. Sin saltarme ninguna. El contenedor se fue llenando. El día que terminó el ciclo lo sellé, lo guardé, y esperé una visita de mi madre al médico para acompañarla y, de paso, devolver el contenedor.
Ese fue mi primer error de cálculo.
El mostrador
Me acerco a recepción con el contenedor en la mano y pregunto dónde puedo entregarlo. La administrativa me mira y me dice: martes y jueves de once a una.
Lo proceso. Hoy es lunes.
Le explico, con toda la buena fe del mundo, que no necesito cita ni quiero nada especial: solo dejar el contenedor para que puedan gestionarlo. Vuelve a decirme que solo se recogen los martes y jueves de once a una.
Le digo que esa política me parece contraproducente, que el único efecto práctico de ponerle tanta fricción a la devolución es conseguir que mucha gente acabe tirando las jeringuillas en el contenedor de basura ordinario, que es exactamente lo contrario de lo que debería buscar el sistema. Y entonces viene la respuesta que no esperaba.
Que ese contenedor es un riesgo bacteriológico. Y que yo soy el responsable.
La inversión
Voy a ser preciso en lo que está ocurriendo aquí.
He seguido el protocolo al pie de la letra. He comprado las jeringuillas donde se me indicó. He usado el contenedor que me facilitaron. Lo he sellado cuando tocaba. He ido al ambulatorio a entregarlo. Todo correcto, todo responsable.
Y el resultado es que la persona que debería facilitarme la entrega me dice que la responsabilidad del riesgo bacteriológico es mía. Como si el problema fuera yo, y no un sistema de recogida que solo funciona dos días a la semana en horario incompatible con tener un trabajo.
No cuela. La responsabilidad de Osakidetza no termina en el momento en que me ponen el contenedor en la mano. Si quieren que yo gestione correctamente los residuos sanitarios —y tienen toda la razón en quererlo— tienen que proveerme de los medios para hacerlo sin que me cueste una hora de trabajo en pleno horario laboral. No pueden imponerme una obligación sin proveer los medios para cumplirla. Ya lo aprendí en otra historia con mi madre y la red de metro, pero eso es otro artículo.
La técnica de responsabilizar al usuario para simplificar los procesos internos es una coartada, no una política. Y además es contraproducente: un sistema que hace difícil lo correcto obtiene exactamente los resultados que merece.
La solución que no existe
El ambulatorio está abierto de lunes a viernes de ocho a ocho. El contenedor está sellado. Hermético. Etiquetado.
Habilitar una caja pequeña detrás del mostrador de recepción donde el usuario pueda depositar el contenedor en cualquier momento no requiere ningún proyecto especial. Los contenedores se acumulan. Se recogen y transportan juntos cuando hay suficientes para gestionar. Es exactamente para eso para lo que sirven los contenedores sellados: para que el manejo individual de cada unidad no sea un problema.
El horario restringido no protege a nadie. Protege la logística interna de Osakidetza a costa de la del usuario. Y cuando el sistema no ofrece una vía cómoda para hacer lo correcto, una parte de los usuarios acaba haciendo lo incorrecto. No por mala voluntad, sino porque nadie organiza su semana en torno a una recogida de agujas.
Treinta segundos
Cinco minutos después de la conversación en recepción, mientras esperaba con mi madre en el pasillo para su cita médica, apareció la enfermera que la atiende habitualmente. Me vio con el contenedor en la mano, lo entendió de inmediato y me lo recogió sin drama, sin formularios y sin martes y jueves de once a una.
Treinta segundos.
El problema tiene solución. Solo que en recepción nadie tiene instrucciones para aplicarla, y cuando le preguntas al sistema cómo hacer lo correcto, el sistema te devuelve la pregunta.
Lo peor no es la norma absurda. Es que la respuesta a la norma absurda sea que la responsabilidad es tuya.


