Uso inteligencia artificial y no pienso pedir perdón

Escribo este blog con ayuda de IA, genero las imágenes de cabecera con IA y programo con IA. Sobre por qué usar una herramienta no convierte el trabajo en un fraude, y por qué el problema nunca fue la excavadora.

Excavadora amarilla aparcada en una calle vacía al amanecer, sosteniendo un pincel fino con la pala

Lo digo de entrada y sin anestesia: uso inteligencia artificial todos los días. En este blog, en mi trabajo, y en unas cuantas cosas que no vienen al caso. Las imágenes que encabezan cada artículo están generadas con IA. Los proyectos de ilustración que hay en la sección de garabatos están hechos con IA. Los textos que lees, incluido este, han pasado por una herramienta que me ayuda a ordenarlos, a limpiar las repeticiones y a cazar las comas que se me escapan. Y en mi trabajo de desarrollador web la uso a diario para escribir código y automatizar rutinas que hace cinco años me comían la tarde.

Lo cuento así, de golpe, porque parece que existe un sector que no solo presume de no usar estas herramientas, sino que desprecia de antemano cualquier cosa que huela a haber pasado por ellas. Como si el mérito estuviera en el sufrimiento y no en el resultado.

Nadie cava zanjas a mano

Hace un siglo, abrir una zanja en una calle significaba una cuadrilla de hombres, picos, palas y varios días de riñones destrozados. Hoy significa una máquina y una persona sentada a los mandos. A nadie se le ocurre decir que esa zanja no es una zanja de verdad, ni acusar al operario de haber hecho trampas. La excavadora no eliminó el conocimiento necesario para excavar: eliminó la parte del trabajo que consistía en romperse la espalda.

Porque el que maneja la máquina sigue teniendo que saber dónde se cava, a qué profundidad, por dónde pasa la conducción de gas que nadie marcó en el plano y qué terreno se va a venir abajo en cuanto lo toques. La máquina amplifica el gesto. No decide el gesto. Cualquiera que haya visto una obra sabe que la diferencia entre un buen operario y uno malo no está en la potencia del motor.

Ahora bien, seamos honestos con la comparación antes de que venga alguien a señalarlo: una zanja no aspira a ser una obra de autor. Nadie firma una zanja. La analogía funciona perfectamente para hablar de esfuerzo y de herramientas, y deja de funcionar en cuanto entramos en el terreno de la autoría. Así que vamos ahí, que es donde de verdad está la discusión.

La IA programa, pero no decide qué hay que programar

En lo profesional la cosa está bastante clara, y quien trabaja con esto lo sabe. La IA programa cada vez mejor. Escribe funciones limpias, resuelve problemas que antes te obligaban a peregrinar por foros y te ahorra las tareas repetitivas que no aportan nada. Pero necesitas saber exactamente qué pedirle, y muy a menudo necesitas reorganizar el flujo entero de trabajo para que lo que salga tenga calidad.

Sigo pensando lo mismo que hace veinte años: un código bien escrito no solo tiene que funcionar. Tiene que estar optimizado y tiene que estar ordenado. Y ese criterio no te lo da ninguna herramienta, porque la herramienta te devuelve siempre una respuesta plausible, con la seguridad absoluta de quien nunca ha tenido que mantener un sitio durante ocho años. Yo sí. Cuando algo se rompe un viernes por la tarde, el teléfono que suena es el mío, no el del modelo.

La responsabilidad no se delega. Puedes delegar la mecanografía, la sintaxis, la búsqueda de la función que no recuerdas. No puedes delegar el criterio de saber si esa solución va a seguir funcionando dentro de tres años, si va a poder mantenerla otro desarrollador o si estás construyendo una deuda técnica preciosa que estallará cuando ya no te acuerdes ni del proyecto.

Este blog lo escribo yo, aunque no sea escritor

Vamos con la parte que más pica. Yo no soy escritor. No tengo formación literaria ni pretensiones de tenerla. Y aun así todo lo que hay en este blog está escrito por mí, y lo sostengo sin ninguna incomodidad.

La IA me ayuda en la redacción, en la ortografía, en la forma. Me sugiere que corte un párrafo que se ha ido de madre, me señala que he usado tres veces la misma palabra en cinco líneas, me ordena una idea que tenía clara en la cabeza y confusa en el papel. Lo que no hace, en ningún caso, es pensar por mí. No me dice de qué tengo que escribir. Ningún modelo me sugirió escribir sobre Barbarella, ni sobre lo que era crecer siendo gay en el Bilbao de los noventa, ni sobre el sabor del pescado y la fruta, ni sobre un eclipse visto desde una calle cualquiera de mi barrio.

Las ideas salen de mis inquietudes, de mis obsesiones y de mis curiosidades, que son bastante mías y bastante raras. Una herramienta puede pulir una frase. No puede haber vivido un martes de 1993 en esta ciudad. Y esa es exactamente la parte que hace que un texto sea de alguien.

Buscando a Tom, o el trabajo que no se ve

Tampoco soy dibujante. Nunca he sabido dibujar y a estas alturas no parece que vaya a aprender. Así que cuando me apeteció crear una serie completa de ilustraciones para el proyecto de Buscando a Tom en Bilbao, me apoyé en una herramienta que servía a mi propósito. No me avergüenza lo más mínimo.

Lo que sí me llama la atención es la idea que mucha gente tiene de cómo funciona eso. Si alguien se imagina que detrás de una serie coherente de imágenes hay una frase escrita a la carrera y un botón, es que tiene la IA idealizadísima. Detrás hay un trabajo ingente de pensar cada escena, de decidir la luz, el encuadre, la época, el gesto, la textura del papel que quieres imitar. Hay escribir un prompt, verlo fallar, reescribirlo, cambiar una sola palabra y descubrir que esa palabra lo cambiaba todo. Hay descartar decenas de imágenes por una que sirve. Hay depurar, corregir, unificar el estilo para que la serie tenga sentido como conjunto y no parezca un muestrario.

Se parece bastante más a dirigir una sesión de fotos que a pedir un café. La herramienta ejecuta. La mirada, el criterio y el descarte siguen siendo trabajo humano, y es la parte que más horas se lleva.

El problema no es la herramienta, es el vacío

Creo que buena parte del rechazo viene de una confusión razonable. Lo que molesta a la gente, con toda la razón del mundo, es el contenido vacío: los artículos escritos para rellenar, las imágenes sin ninguna intención, los textos que nadie ha querido escribir y que nadie va a querer leer, generados en masa para colocar publicidad.

Pero eso no lo inventó la IA. Las granjas de contenido llevan décadas funcionando. Los blogs que refritaban a otros blogs, los titulares diseñados para el clic, los textos escritos a destajo por gente mal pagada que no tenía el menor interés en el tema. La IA ha hecho todo eso más barato y más abundante, que no es poco, pero no ha creado el problema.

El criterio nunca ha sido cómo está hecha una cosa, sino si hay alguien detrás. Si hay una intención, una mirada, alguien que ha decidido qué quería contar y por qué. Un texto puede estar escrito íntegramente a mano y no tener absolutamente nada dentro. Y al revés.

Los pánicos anteriores, que también los hubo

Esto tampoco es nuevo, y quienes llevamos un rato en esto lo hemos visto varias veces. Hubo un momento en que usar Dreamweaver en lugar de escribir el HTML a mano en el Bloc de notas te descalificaba como desarrollador de verdad. Hubo quien decía que la fotografía digital no era fotografía porque no pasaba por el laboratorio. Hubo quien despreció Photoshop, los gestores de contenido, los frameworks, el sintetizador, el bolígrafo frente a la pluma.

Siempre aparece el mismo argumento, con distinto disfraz: si no duele, no vale. Y siempre acaba igual, con la herramienta integrada en la normalidad y con el debate desplazado a la siguiente. Lo interesante es que el purismo nunca protegió la calidad. La protegía, cuando la protegía, la gente que tenía algo que decir.

Las críticas que sí me parecen serias

Dicho todo esto, no pienso hacer el papel del entusiasta que niega los problemas. Los hay, y son reales.

Está el asunto de los datos de entrenamiento y del consentimiento de los artistas cuyo trabajo alimentó estos modelos sin que nadie les preguntara. Está el consumo energético y de agua de las infraestructuras que sostienen todo esto, que no es un detalle menor. Está la precarización muy concreta de ilustradores, traductores y correctores que están viendo cómo se les cae el suelo. Y está la homogeneización estética, esa sensación creciente de que todo empieza a parecerse a todo.

Son conversaciones que merecen tenerse en serio, y son completamente distintas de decir que quien usa una herramienta es un impostor. Ser consciente de esos problemas no me obliga a abstenerme, pero sí me obliga a no fingir que no existen. Cualquiera que te venda esto como una revolución sin coste te está vendiendo algo.

La zanja sigue estando donde yo he decidido

Al final vuelvo a la máquina y al terreno. La excavadora levanta la tierra, es cierto, y lo hace muchísimo mejor y más rápido de lo que la levantaría yo con una pala. Pero la zanja está donde yo he decidido que esté, tiene la profundidad que yo he decidido y va a servir para lo que yo he decidido que sirva.

Eso es lo que no delego, y es lo único que me parece que importa. El resto es discutir sobre el mango de la pala.

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