Brujería matemática

En un concurso de la tele un chico contestó 91 a un 11 x 8, y lo repitió más alto por si no le habían oído. Sin querer, me dejó pensando en si de verdad seguimos necesitando saber sumar.

Servilleta de papel de un bar con operaciones matemáticas garabateadas a bolígrafo junto a una taza de café.

El otro día estaba viendo un rato la televisión, uno de esos concursos de respuestas rápidas donde el cronómetro va comiéndose los segundos mientras el concursante suda, y apareció en pantalla una operación de lo más inocente: 11 x 8. El chico contestó sin pensarlo mucho: 91. El crono seguía corriendo, así que él, convencido de que el problema era acústico y no aritmético, repitió más alto, vocalizando bien por si acaso: 91. Unos segundos después, con el reloj a punto de dejarle sin nada, dio por fin con la respuesta buena: 88.

El crono no perdona

Que quede claro desde el principio que no vengo a reírme del chaval, o al menos no a reírme de él en el mal sentido. Un concurso de televisión es un campo de minas psicológico: los focos, el público, el presentador metiéndote prisa, la sensación de que millones de personas están viendo cómo te quedas en blanco por una operación que en el sofá de tu casa resolverías con una mano atada a la espalda. Desde el salón todo se ve facilísimo, y precisamente por eso el salón es el peor sitio desde el que juzgar a nadie. La presión hace cosas raras con el cerebro, y a todos nos ha pasado alguna vez eso de que se nos borre de golpe el dato más tonto del mundo justo cuando más lo necesitamos.

Así que la anécdota, en sí, no tendría más recorrido que la sonrisa del momento y ese gesto tan humano de repetir la respuesta equivocada más alto, como si el volumen pudiera arreglar lo que la aritmética no arreglaba. Se habría quedado ahí, en curiosidad de sobremesa, si no fuera porque unos días después la comenté tomando un café con una amiga y ella, en lugar de reírse conmigo, me devolvió una respuesta mucho menos divertida y bastante más inquietante.

Brujería matemática

Mi amiga es profesora, da clase a chavales de formación profesional, y lo primero que me soltó fue un "no me extraña" cargado de resignación. Y a continuación me contó que buena parte de sus alumnos, chicos y chicas que han terminado la primaria y la secundaria, que llevan toda la vida en el sistema educativo, no entienden los porcentajes ni saben hacer una regla de tres. No es una exageración ni una de esas frases que se sueltan para quejarse de la juventud. Es su día a día en el aula.

Me puso un ejemplo que me dejó pensando el resto de la tarde. Cuando les explica que un ejercicio cuenta un 30% de la nota, y que el resto se reparte entre un 50% y un 20%, sus alumnos no logran entender que un 8, un 2 y un 5 no salgan a una media de aprobado. Para ellos son tres números alrededor del aprobado, y que uno pese más que otro es una idea que se les escapa por completo. Y lo peor, me decía, no es que fallen uno o dos, sino que la clase entera la mira como si estuviera oficiando una misa en latín, haciendo algún tipo de brujería matemática incomprensible, y luego le llegan reclamaciones a montones de gente que sencillamente no entiende cómo ha puntuado.

No sé si esa clase representa a toda una generación; probablemente no, y sería injusto colgarles a los chavales de hoy semejante sambenito. Pero me hizo pensar en algo que cada vez escucho con más frecuencia, y ahí me di cuenta de que el concursante del 11 x 8 no era una anécdota aislada, sino la punta pequeña y televisada de algo mucho más grande y mucho menos gracioso. El chico del concurso al menos sabía que 88 existía y acabó llegando. Lo que me contaba mi amiga era otra cosa: no un despiste bajo presión, sino la ausencia de la maquinaria básica para entender cómo funcionan los números que gobiernan media vida cotidiana.

Para qué sirve una raíz cuadrada

Y aquí es donde toca ser honesto, porque yo también he jugado a este juego. Todos hemos cuestionado alguna vez, seguramente en plena clase de instituto y con cara de mártir, para qué demonios sirve en la vida real aprender a resolver una raíz cuadrada, una integral o una ecuación de segundo grado. Es una queja legítima y bastante razonable. Yo tengo hasta mi anécdota contraria favorita: una vez sí necesité aquellas matemáticas que juraba no volver a usar, cuando durante una temporada trabajando en Holanda acabé programando con ecuaciones diferenciales en un lenguaje llamado CHI. Pero soy consciente de que es una rareza de las que le pasan a cuatro gatos, y que no sirve para defender que todo el mundo deba saber integrar por partes.

Concedo, por tanto, el argumento fuerte del otro bando. Es verdad que en la vida rutinaria hay pocos usos directos para las raíces cuadradas y las integrales, y que la mayoría de la gente sobrevive estupendamente sin haber vuelto a tocar una desde que salió del instituto. Nadie hace la compra despejando incógnitas ni calcula la hipoteca con un logaritmo. Hasta ahí, de acuerdo. El problema es que del "no necesito integrales para vivir" hemos ido resbalando, muy poquito a poco y sin darnos cuenta, hasta un "no necesito saber cuánto es 11 x 8 porque para eso está el móvil". Y esos dos "no necesito" no son en absoluto lo mismo, aunque se disfracen con la misma ropa.

La coartada de la calculadora

Porque la réplica inmediata, la que cualquiera me suelta en cuanto saco este tema, es la de la calculadora. Para qué me voy a saber las tablas de multiplicar si llevo en el bolsillo un aparato que las resuelve al instante y sin equivocarse. Y suena de lo más lógico, tan lógico que da casi pereza discutirlo. Pero fíjate que la pregunta escondida detrás es bastante más gorda de lo que parece: que una máquina sepa hacer algo, ¿es motivo suficiente para que nosotros dejemos de saberlo? ¿Delegar es lo mismo que entender?

Yo creo que no, y no por nostalgia de dinosaurio, aunque un poco también. Saberte las tablas o poder estimar un porcentaje de cabeza no va de sustituir a la calculadora en velocidad, esa batalla la perdimos hace décadas y con razón. Va de otra cosa más sutil: de tener el criterio para darte cuenta cuando el resultado que te devuelve la máquina, o el que te canta el del súper, o el que aparece en la letra pequeña de un contrato, está mal. Si no tienes ni idea de cuánto debería salir aproximadamente, te tragas cualquier cifra que te pongan delante sin pestañear. La aritmética básica no compite con la calculadora: es lo que te permite no ser un pasajero ciego de tus propias cuentas.

Un súper sin monedas

Y ahora sumemos a la ecuación el mundo hacia el que vamos, que en realidad ya casi es el mundo en el que estamos. Un mundo sin efectivo, donde nadie cuenta monedas ni comprueba si las vueltas del súper están bien porque todo se paga con una tarjeta o acercando el teléfono. Un mundo con el móvil pegado al bolsillo las 24 horas, listo para hacer por nosotros cualquier operación que se nos ocurra. En ese escenario, la pregunta incómoda se afila del todo: ¿de verdad seguimos necesitando saber sumar y restar?

Reconozco que tiene su lógica plantearlo. Si la máquina cuenta el cambio, si la app divide la cuenta del restaurante, si el banco te avisa cuando te pasas, ¿para qué cargar la cabeza con algo que se ha vuelto invisible? Pero es justo ahí donde me planto, porque me parece que confundimos no tener que hacer una cosa con no necesitar saber hacerla. El día que no seas capaz de intuir que un "segundo a mitad de precio" a veces sale más caro, de calibrar si un interés es un abuso o de mirar una factura y notar que las cuentas no cuadran, habrás delegado algo más que una operación aritmética. Habrás delegado la capacidad de sospechar, que es una de las más valiosas que tenemos.

Seré un dinosaurio

Así que sí, probablemente sea un dinosaurio, y de los que ya se ven venir el meteorito. Me he criado en un mundo donde saberse las tablas de multiplicar no era una opción ni un adorno, sino el suelo mínimo sobre el que se construía todo lo demás, y me cuesta un horror aceptar que ese suelo se esté convirtiendo en algo prescindible, en una habilidad de coleccionista como saber leer un mapa de papel o hacer punto. Puede que el tiempo me quite la razón y que dentro de unas décadas calcular de cabeza sea una excentricidad tan simpática como inútil.

Pero mientras tanto voy a seguir defendiendo, con toda mi cabezonería de fósil, que unas matemáticas básicas no son un requisito escolar que se abandona al salir por la puerta del instituto, sino una herramienta para andar por la vida con los ojos abiertos. No para lucirse en un concurso ni para impresionar a nadie, sino para no acabar aceptando cualquier cifra solo porque venga de una pantalla. El chaval del 11 x 8 acabó dando con el 88, y eso, con crono y focos incluidos, ya tiene su mérito. Lo que de verdad me preocupa no es él, sino toda esa clase que mira los porcentajes como si fueran brujería. Porque el día que entender un número básico se viva como un acto de magia, el truco no lo estará haciendo el profesor. Nos lo estarán haciendo a todos.

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