Por qué la cortina de ducha se te pega (y por qué la prefiero lejos)
Un apartamento en Vilna, una ducha del tamaño de una cabina telefónica y una cortina de plástico decidida a abrazarme entera. La ciencia tiene una explicación bastante elegante. Yo sigo queriendo una mampara.

Son las siete y media de la mañana en un apartamento alquilado de Vilna, el baño mide lo que un ascensor de portal viejo y la ducha es esa clase de plato en el que no puedes agacharte a coger el gel sin darte con el codo en la pared. Abro el agua, espero los quince segundos rituales a que salga caliente, entro. Y entonces sucede: la cortina, que hasta ese momento colgaba tranquila y con cierta dignidad, se despega de la vertical, avanza hacia mí como si tuviera intenciones y se me adhiere al muslo. Sin presentarse. Sin haberme invitado a un café antes para conocernos mejor.
Ojalá se hubiera quedado en la pierna, que es la versión benévola del fenómeno. La de esta mañana ha ido a por el cuerpo entero: pantorrillas primero, luego el muslo, luego la cadera y finalmente la espalda, en una progresión ascendente que tenía algo de abrazo y bastante de envoltorio de bocadillo. He salido de esa ducha con la sensación de haber sido embalado.
Y no es de hoy. Me lleva pasando toda la vida y en todos los países: en hoteles de tres estrellas de Andalucía, en pisos de Berlín, en habitaciones de Lisboa con vistas preciosas y baños diseñados por alguien que evidentemente no se duchaba. Es la constante universal del viaje. Cambian los idiomas, los enchufes, la marca del champú diminuto, pero la cortina siempre acaba encontrándote. Como esta mañana llevaba ya un rato obsesionado con ello, decidí buscar la explicación en condiciones. Y resulta que la tiene, que es bastante bonita y que incluso ganó un premio.
La teoría del vapor: popular, convincente y solo verdad a medias
La explicación que todo el mundo repite es la del aire caliente. El agua sale a cuarenta grados, calienta el aire del interior de la ducha, ese aire se vuelve menos denso, asciende, y en su lugar tiene que entrar aire frío del baño por la parte de abajo. Ese flujo empuja la cortina hacia dentro. Suena lógico, tiene la elegancia de las explicaciones que se entienden a la primera y encaja con la intuición de cualquiera que haya visto empañarse un espejo.
El problema es que es incompleta. La prueba es fácil de hacer y no requiere laboratorio: dúchate con agua fría. En pleno agosto, en un apartamento sin aire acondicionado, con el agua templada tirando a fresca. La cortina se te pega exactamente igual. Si el motor fuera solo la convección térmica, el efecto debería desaparecer o al menos reducirse mucho cuando no hay diferencia de temperatura. Y no desaparece. La corriente térmica ayuda, sí, sobre todo en invierno, pero no es la protagonista.
Durante décadas esto fue, literalmente, un problema abierto. Uno de esos misterios domésticos que todo el mundo asume resueltos porque parecen triviales y que en realidad nadie había resuelto, porque la mecánica de fluidos de un chorro de gotas cayendo en un espacio pequeño es un infierno de calcular.
Un huracán en miniatura sobre tu bañera
En 2001, un ingeniero llamado David Schmidt, de la Universidad de Massachusetts, decidió tomárselo en serio. Montó un modelo tridimensional de una ducha con cortina, lo dividió en cientos de miles de celdas de cálculo y puso un ordenador a simular durante semanas qué hacía el aire ahí dentro. No lo hizo por encargo de nadie: lo hizo porque le molestaba la cortina de su casa, que es la mejor razón que existe para hacer ciencia.
Lo que encontró es más elegante que la explicación del vapor. Las gotas de agua no caen por un espacio vacío: caen por aire, y al caer lo arrastran con ellas por fricción, igual que un río arrastra las hojas que flotan cerca de la orilla. Ese aire arrastrado hacia abajo tiene que ir a algún sitio, choca contra el plato, se abre, sube por los laterales y vuelve a entrar por arriba. Se forma una circulación cerrada, un remolino que gira sobre sí mismo dentro de la cabina.
Y aquí viene lo bueno. En la simulación de Schmidt ese remolino se organizaba como un vórtice de eje horizontal, algo parecido a un huracán tumbado y muy pequeño. Los vórtices tienen una propiedad conocida: en su centro la presión es menor que en el entorno, exactamente igual que en el ojo de un huracán de verdad. Ese centro de baja presión queda justo detrás de la cortina. Y la cortina, que pesa doscientos gramos y no tiene voluntad propia, hace lo único que puede hacer: irse hacia donde hay menos presión. Es decir, hacia ti.
La diferencia de presión es ridícula, casi imperceptible, del orden de unos pocos pascales. Pero una cortina de ducha tiene metro y medio cuadrado de superficie y una masa insignificante, así que una fuerza minúscula repartida por toda esa lámina basta y sobra para vencerla. El trabajo le valió a Schmidt el Ig Nobel de Física de aquel año, ese premio que se da a las investigaciones que primero te hacen reír y luego te hacen pensar. Muy merecido en ambos sentidos.
El efecto bola de nieve que lo empeora todo
A la explicación del vórtice hay que añadirle un par de cómplices. El primero es la aceleración del aire por el hueco: cuando la cortina empieza a moverse hacia dentro, el pasillo entre la cortina y el chorro se estrecha, el aire que circula por ahí tiene que ir más rápido, y un aire más rápido ejerce menos presión lateral. Es Bernoulli, el mismo principio por el que dos barcos navegando en paralelo tienden a atraerse. Cuanto más se acerca la cortina, más se acerca la cortina.
El segundo cómplice es el efecto Coandă, esa tendencia de los chorros a pegarse a las superficies próximas en lugar de seguir recto. En una ducha grande no llega a notarse. En una ducha de setenta por setenta, donde la alcachofa está a un palmo del plástico, es una invitación en toda regla.
Súmalo todo: gotas que arrastran aire, un vórtice con el centro despresurizado, un hueco que se estrecha y se realimenta, y encima, en invierno, la corriente térmica empujando desde abajo. La cortina no tiene ninguna posibilidad de quedarse quieta. Está condenada por la física a acabar encima de ti.
La bañera perdona, el plato no
Con los años he aprendido que hay una diferencia enorme entre las dos situaciones clásicas, y no tiene que ver con el tamaño sino con la geometría.
Cuando la cortina cae dentro de una bañera, existe un truco que funciona casi siempre: mojar bien la parte baja de la cortina y pegarla contra la pared interior de la bañera antes de abrir el grifo. La tensión superficial del agua entre el plástico y el esmalte hace de adhesivo suave, la cortina queda anclada por abajo, y aunque el vórtice tire de la parte media, ya no puede entrar. Es un remedio casero, poco elegante y ligeramente humillante, pero funciona. Lo hago automáticamente desde hace años, como quien comprueba el bolsillo antes de salir.
El problema es el otro caso: el plato de ducha en el que la cortina cuelga por fuera y su borde inferior queda a diez centímetros del suelo, flotando en el aire, sin nada a lo que agarrarse. Ahí no hay truco que valga. No tienes superficie donde pegarla, no tienes peso que la ancle, y ese borde libre es justamente por donde entra el aire y por donde la lámina empieza a subir hacia ti. Es el caso de esta mañana. Es el caso, me temo, de la mayoría de los apartamentos vacacionales reformados en los últimos quince años, que cambiaron la bañera por el plato y mantuvieron la cortina, quedándose con lo peor de las dos configuraciones.
Y aun así la prefiero lejos
Entiendo la física. La física me parece preciosa. Y no me consuela lo más mínimo.
Porque lo que me molesta de la cortina no es que se mueva, sino lo que es: una lámina de plástico húmeda, tibia, con esa textura entre pegajosa y elástica, que se adhiere a la piel mojada con una fidelidad que ya quisieran algunas relaciones. Y que antes que a mí ha abrazado a mucha gente a la que no conozco. En un apartamento vacacional entra alguien nuevo cada dos, tres o cuatro días. Haz la cuenta de un año. Esa misma lámina lleva ahí desde que abrieron el piso.
Sé lo que me van a decir, porque me lo digo yo solo cada vez: la gente que toca esa cortina está duchándose, o sea, está en el momento más limpio del día. Es un argumento perfectamente razonable y probablemente cierto. Y me da exactamente igual. Lo que siento no es una objeción higiénica, es una repulsión física, y la repulsión física no atiende a razones estadísticas. Está en la piel, no en la cabeza. Hay un pacto tácito sobre qué superficies de una casa ajena estás dispuesto a tocar con el cuerpo entero, y la cortina lo rompe sin pedir permiso, precisamente en el momento en que estás más desnudo y menos preparado para negociar.
El alegato a favor de la mampara
Ojalá todos los apartamentos vacacionales del mundo decidiesen poner una mampara. Una hoja de vidrio templado, aunque sea una sola, aunque sea corredera, aunque sea de las baratas. La mampara no te roza. La mampara no se mueve por muchos vórtices que gires a su alrededor. La mampara se limpia con un trapo y se ve limpia o sucia de un vistazo, sin ambigüedades. Y sobre todo, la mampara respeta esa frontera invisible que uno agradece cuando está desnudo en el baño de un piso donde durmió hace tres días alguien cuyo nombre nunca sabrá.
Entiendo por qué los propietarios eligen la cortina. Cuesta quince euros frente a trescientos, se instala en diez minutos, no se rompe cuando un huésped la cierra de un portazo, no exige que el plato esté perfectamente nivelado y perdona los baños mal proyectados donde el agua acabaría saliéndose igual. En un negocio de márgenes ajustados y desgaste continuo, la cortina es la decisión económicamente sensata. Lo entiendo. Sigue pareciéndome una mala decisión.
Mientras tanto, si alquilas un piso y quieres que tus huéspedes te quieran un poco más, existen remedios intermedios que cuestan casi nada. Una barra curva, que gana quince centímetros de espacio interior y aleja el plástico del cuerpo. Un dobladillo con peso, o unos imanes que agarren al plato, que es la única forma de anclar ese borde inferior que flota en el vacío. Y cambiar la cortina cada temporada, que cuesta lo que dos cafés en el centro de cualquier ciudad europea.
Y si eres tú el que está dentro, a las siete y media de la mañana, en un apartamento cuyo nombre olvidarás en dos semanas, siendo envuelto de las pantorrillas a la espalda, al menos ahora sabes que no es cosa tuya. Es un vórtice. Un huracán diminuto girando sobre tu plato de ducha que ha decidido, sin consultarte, que hoy os ibais a conocer mejor.


