José María Palacios: una vida cargada de experiencias, entrevista rescatada de 1998

Una entrevista de 1998 a José María Palacios, profesor emérito de la Escuela de Ingenieros de Bilbao y expresidente de Labein, sobre sus años de estudiante en La Casilla, su paso por la industria siderúrgica de Etxebarria y cuatro décadas vinculado a la Escuela.

Antigua nave industrial siderúrgica con maquinaria de laminación y herramientas metálicas oxidadas, luz cálida entrando por ventanales altos

Se confiesa un enamorado de la pasta, pero no soporta los puerros. José Mari Palacios afirma que no tiene tiempo libre, pero que tampoco lo ha buscado. En la actualidad es representante de España en el SERDEC, miembro de la Comisión Española de Tecnología Siderúrgica, profesor emérito en la Escuela de Ingenieros y presidente de honor de Labein. Aun así, todavía a veces saca tiempo para ir a Vitoria, su pueblo, y estar con sus amigos.

Conocí a José Mari Palacios en el despacho de su amigo José Luis Arana, en la Escuela de Ingenieros, donde se había visto obligado a compartir espacio desde que las obras del nuevo edificio le privaron del suyo propio. Es una de esas personas de aspecto afable, buen humor y que disfrutan con una buena conversación.

José María Palacios junto al entrevistador, en la Escuela de Ingenieros de Bilbao
Yo junto a José María Palacios. Revista Dyna, 1998

Vitoria, Bilbao y la decisión de estudiar ingeniería

Para comenzar, cuente cómo se decidió a estudiar ingeniero.

Yo no soy de Bilbao. Como Jesucristo, tuve que nacer en Vitoria. Entonces, hacia el año 42 ó 43, allí comenzaba la industrialización. Y a quienes teníamos buenas notas del bachillerato nos encajaban directamente para ingenieros. No fue una vocación tan familiar. Y, como mi padre pensaba que Madrid y Barcelona estaban llenos de peligros para la juventud, me mandó a estudiar a Bilbao, lo más cerca posible de Vitoria...

Parece que se podía elegir. ¿Qué requisitos eran necesarios para entrar en la Escuela?

Primero había lo que se llamaba el Ingreso, para lo cual no había clases en la Escuela, y nos preparábamos en academias privadas. La mía fue la última promoción que hizo el Ingreso en la Universidad de Deusto.

Pero, ¿era necesario llegar con mucha nota?

Lo que contaba era aprobar el Ingreso, para lo cual había que estudiar bastante. Esa exigencia de estudios es la que marcaba la selección. Malas notas en bachillerato no habían supuesto que no pasaras ese Ingreso.

Usted estudió en el antiguo edificio de La Casilla. ¿Cómo eran las cosas en aquella Escuela? Supongo que no habría problemas de sitio.

Era una vieja Escuela y, como todo lo viejo, tiene su lado entrañable y su lado incómodo. También éramos menos y eso tiene sus ventajas e inconvenientes. Sin embargo, el país necesitaba más ingenieros de los que salían, porque en mi promoción terminamos menos de treinta.

Los años de cuadrilla y el tópico de que solo estudiaban los ricos

En este momento, José Mari Palacios recuerda a algunos de los cursos de la carrera, los profesores buenos y regulares, las principales dificultades, sus opiniones sobre ciertas materias, y, por supuesto, las relaciones con sus compañeros.

Quedan muy buenos recuerdos. Al ser tan pocos, nos llevábamos muy bien. Conocíamos prácticamente a todos los alumnos.

Es curioso porque hoy ni siquiera conocemos a muchos de los de nuestra propia clase.

Eso para nosotros era impensable. Incluso sabíamos dónde vivía uno. Y, además, los que éramos de fuera vivíamos todos en los alrededores de La Casilla. Eso tiene muchos aspectos positivos. Incluso más tarde, en el ámbito laboral, hemos mantenido la amistad de estudiantes.

¿Cómo era esa relación de amigos? ¿Se mantenía incluso los fines de semana? Ya sabe, el ambiente de cuadrillas tan típico de Bilbao...

El ambiente era muy distinto al de ahora. Eso de salir los viernes y sábados y no saber a qué hora se vuelve, no existía. Fueron años difíciles hasta en la comida y eso hacía muy importante el hecho de regresar a la casa materna a reponer calorías. Todos los que éramos de fuera, tanto guipuzcoanos como alaveses, volvíamos regularmente a casa los fines de semana. Es decir, íbamos a Licenciado Poza dos veces al día, ¡más que vosotros!, pero solo porque comíamos y cenábamos allí.

Ha comentado que fueron años duros para todos. Por lo tanto, ¿es cierto el tópico que dice que en aquel tiempo solo estudiaban los ricos?

Creo que no es completamente exacto porque en la vida no hay verdades absolutas. En mi caso, mi padre destinó un dinero justo para mi carrera y eso me obligó a hacer todos los cursos sin suspender nunca porque no había más dinero. De todas formas, en mi época, en líneas generales, no voy a negar que el tópico es algo cierto. Hay demasiados argumentos que lo avalan.

IAESTE, los idiomas y las prácticas que nunca hizo

Ya sabe que soy miembro de IAESTE, que no llegaría a España hasta 1950, más o menos. En aquellos tiempos de estudiante, ¿había alguna posibilidad de hacer prácticas en empresas, aunque no fuera en el extranjero?

Bueno, nosotros hicimos el Ingreso en el 45 y 46. Y creo que al final de la carrera algún año viajó alguien con IAESTE. Me parece fundamental por varias razones: la autoformación, conocer una empresa por dentro y la necesidad de dominar idiomas, que creo es uno de los fallos tremendos de esta Escuela.

Una empresa, sobre todo si es una multinacional, siempre te va a pedir disponibilidad, es decir, que estés dispuesto a ir a donde te manden, y conocimiento de idiomas.

Pero usted, personalmente, ¿no hizo ninguna práctica en el extranjero, ni ningún curso?

Insisto en que el tema de las prácticas es el otro gran fallo de la Escuela. Yo, personalmente, nunca me decidí, ni me apunté. Pero, para compensar, en mi vida profesional he tenido ocasión de viajar muchísimo, por muchos países. De todas formas, creo que el momento de hacer una práctica es ahora, en el que tú te encuentras y, si es posible, con una empresa que te tutele.

Laboratorios precarios y la figura de José Apráiz

Mientras la charla continúa un buen rato comentando las posibilidades ideales y reales de realizar prácticas para alumnos de la Escuela, José Mari Palacios insiste de nuevo en la importancia de una estrecha relación entre profesores y alumnos. Y destaca durante toda la conversación su preocupación auténtica por los problemas de los estudiantes.

En cuanto a las instalaciones de la Escuela, ¿ha habido una mejora considerable de los laboratorios desde entonces?

Los laboratorios, y especialmente el de Metalurgia, siempre se han caracterizado por lo que podríamos denominar pobreza o limitación de medios. Y lo que hay se debe al esfuerzo de un antiguo profesor: José Apráiz. Era director de una fábrica de aceros y traía muestras de aceros y probetas. Se compraron microscopios, se compraron hornos, con ideas de aquí...

¿Y los departamentos de otras especialidades?

Nosotros, aquí, quisimos que todas las personas pudiesen hacer prácticas, que todo el mundo tuviese la oportunidad de manejar aparatos. Y creo que, en líneas generales, la precariedad era la norma de todos los departamentos. Pero eso es normal en muchas universidades y escuelas de ingenieros.

Antes ha hablado de José Apráiz. ¿Cómo era su relación con él?

José Apráiz fue maestro mío en mis tiempos de estudiante, luego trabajé con él en la industria, en S.A. Etxebarria, y seguí trabajando con él hasta su muerte. Fue una gran persona y se esforzó mucho por dotar a nuestro departamento de unas instalaciones de calidad.

De alumno a profesor: cuatro décadas vinculado a la Escuela

Y, para usted, ¿cómo fue el paso de haber sido alumno de esta Escuela a volver como profesor?

De nuevo la clave está en que éramos tan pocos que los profesores llegaban a conocernos. Por lo tanto, cuando le pregunté a José Apráiz, que era catedrático aquí, si no necesitarían a alguien para prácticas —y así poder ganar yo un pequeño sobresueldo—, su respuesta fue que sí. Comencé trabajando en el año 53, tres días a la semana, de siete a nueve, o algo por el estilo.

Y fue profesor hasta 1991. ¿Por qué tanto tiempo en la Escuela?

Sí, han sido muchos años, hasta que me jubilaron en el 91. Pero, incluso ahora, soy profesor emérito y continúo vinculado a ella. Me gustaba, y me gusta, relacionarme con los jóvenes. Siempre me ha interesado y tal vez se deba a que con mis hijos tengo mucha diferencia de edad y no he querido volverme viejo.

O sea, que el balance de todos estos años es positivo.

Sí, sí. Para mí es estupendo y lo sigue siendo porque, como profesor emérito, mantengo actividades.

Etxebarria, Labein y el Comité SERDEC

Antes ha comentado su paso por Etxebarria, donde llegó a ser director metalúrgico. ¿Cómo fue el paso por esa empresa?

Como director metalúrgico, muy bien. Luego pasé a ser gerente de una sociedad que se dedicaba a exportaciones y luego pasé a director técnico en una sociedad de ingeniería que fundaron los sucesores de Etxebarria. Luego, ya me dediqué a la Escuela.

Respecto a Etxebarria, supongo que Bilbao es de esos pocos lugares que pueden presumir de haber tenido una fábrica metalúrgica en el corazón de la ciudad.

(se ríe). La chimenea que está en el parque era la chimenea de uno de los hornos de laminación.

De hecho, querían dejarse dos chimeneas, pero la otra, la mayor, estaba muy deteriorada.

Se hizo un estudio y un examen por Labein siendo yo presidente. El problema es que había habido muchos conductos subterráneos sin ningún tipo de estudios —la fábrica es incluso más vieja que yo—. Y esos conductos subterráneos quitan sección resistente al terreno. Esa chimenea, aparte de estar mal, estaba en un sitio en el que había habido muchos conductos subterráneos.

Con lo cual llegamos a su paso por Labein.

Creo que estamos muy orgullosos de lo de Labein. Cuando nos lo dio el Gobierno Vasco y comenzamos con la gente que quedaba de Labein, en la primera auditoría el patrimonio era negativo. En un período de once años, cuando lo dejé, el patrimonio era altamente positivo. Ahora se va a hacer Fundación y tiene su peso en Europa.

«La siderurgia ha sido un trabajo muy duro y ahora es más complicado»

Como clave fundamental de este éxito destaca que se eligió muy bien a la gente con la que se trabajó. Insiste en la importancia de saber delegar responsabilidades y encajar cada persona en el puesto adecuado. Como siempre, todo eso salpicado de viejas anécdotas e historias de antiguos compañeros.

Y finalmente, destacar que es el representante de España en el SERDEC.

Sí, ese comité de la CECA está formado por dos personas por país, excepto Dinamarca y Portugal, que va uno. Desde España voy con el director de Tecnología de Aceralia, que también estudió en esta Escuela. Pero seguramente lo dejaré este año porque es muy duro y Bruselas es una ciudad muy fría. Si fuera en Miami...

La conversación termina mientras me enseña proyectos de investigación provenientes del SERDEC y comenta que, además, está escribiendo un libro para la Comisión Española de Tecnología Siderúrgica.

En la despedida, no pude evitar pensar que José Mari Palacios encajaba casi perfectamente en el ideal que de pequeño tenía yo de aquel abuelo al que nunca conocí. Y sé que, si cerrase los ojos, sería fácil imaginarme sentado en su regazo mientras él me cuenta historias de una vida cargada de experiencias.


Entrevista publicada originalmente en Dyna, revista de la Escuela de Ingenieros de Bilbao, en el número especial del centenario de la Escuela, 1897-1998. Transcripción propia a partir del ejemplar en papel.

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